Me hubiera gustado conocer a Amelie Van Esbeen, la anciana belga que se cansó -sí, literalmente se cansó- de andar por el mundo durante 93 años, que se hastió luego de casi un siglo de vivir una vida que al final se volvió insufriblemente tediosa y yerma, postrada en una cama a la espera de lo único que -según afirmó- podía hacerla feliz: la muerte.
Y la pidió. Lo hizo de una manera digna y también legal: solicitó al Gobierno que le aplicase la eutanasia. Sin melodrama, pero con fervor, como quien pide un favor a su santo predilecto.
En principio, las autoridades belgas le denegaron la petición. La pobre Amelie no cumplía con los requisitos que impone la ley de ese país para conceder un deseo de esa naturaleza: la anciana no padecía ninguna enfermedad incurable “grave” y tampoco sufría dolores crónicos “insoportables y que no puedan ser calmados”.
Ante la negativa, Amelie intentó suicidarse. Se las arregló para conseguir un cuchillo en el asilo donde vivía y se cortó las venas. Pero algo hizo mal... como todo en la vida, hay cosas que requieren un poco de práctica, y el suicidio suele ser una de ellas. Hay a quienes les resulta a la primera, a otros les toma un poco más.
Amelie decidió entonces dejar de comer. Al décimo día su reclamo se hizo público. “Mi vida está terminada. La única cosa que podría hacerme feliz es la muerte”, dijo con calma la anciana desde su cama, indiferente a los ruegos de su familia, formada por una hija nueve nietos y ocho bisnietos.
Unos días después, mientras seguía dándome vueltas en la cabeza la historia de Amelie, leí que finalmente su deseo se había cumplido gracias a la intervención de un médico distinto al que la atendía de manera habitual.
Días más, días menos, la pobre Amelie se murió cuando le dio la gana. La comprendí. Me conmovió.
También me hizo pensar una vez más en mi abuela, en la madre de mi padre, en mi tita Carmela, quien también tiene 93 años y que me dijo, la última vez que hablé con ella por teléfono, que estaba cansada de estar viva.
Como Amelie, mi abuela no tiene ninguna enfermedad incurable ni dolores crónicos intensos. Dice mi padre que está muy sana para su edad, sólo con los achaques habituales: un poco de diabetes y una memoria que se va poblando de ausencias diariamente.
“Mayito (así me dice) ya me quiero morir... nada más estoy esperando”, me dijo con una calma tan fría que me congeló el pecho.
Me quedé callado. No supe que decirle... ni siquiera lo que cualquiera hubiera respondido en ese caso, algo así como: “no abuela, no digas eso, que todavía no es tiempo” -¿me creería?- o “nos haces mucha falta”.
Esas palabras de mi abuela me alcanzan a ratos. También mi silencio...
