Con frecuencia los hombres huimos de contemplarnos ante un espejo, no porque éste nos revela las arrugas o los rasgos físicos que nos alejan de los modelos de revistas, sino porque el espejo nos confronta con nuestras inseguridades más íntimas. Ser hombre no es nada fácil, como tampoco lo es ser mujer. La vida que vivimos hoy día nos pone de frente un sinnúmero de demandas, responsabilidades y expectativas que con frecuencia nos hacen sentir una fatiga mental, que provoca que operemos en automático. Los roles que se debaten como demonios en la mente de los hombres, en ocasiones nos llevan a medio vivir.
Resulta necesario redefinir funciones y obligaciones si es que nos interesa rescatar espacios para estar en nuestra intimidad y en las intimidades que alcanzan a la pareja, familiares y amigos. El hombre moderno, no importa si es obrero de construcción, vendedor, educador, estudiante o médico, tiene que ser caballeroso y sensible para poder ser considerado como un hombre libre y valioso.
La proyección tosca del hombre ya no define la hombría. El hombre de hoy necesita aprender a ser aliado de la mujer, no un dictador acomplejado que a base de golpes y gritos intenta dominar la libertad mental de su compañera. Necesitamos entendernos mejor para regularnos mejor. Se hace necesario buscar tiempo para atender pasatiempos, para reflexionar y para caminar solos, descalzos por la playa o el campo mientras revisamos la estela de nuestros actos y la ventana que nos permite mirar al futuro.
Hacer lo antes dicho, nos ayuda a encontrar nuestra singularidad y a validar lo que debemos hacer sin permitir que los estereotipos machistas nos serruchen las intenciones. En la intimidad es que se aprende a estar con uno mismo. Es cuando nos tornamos íntimos que podemos alcanzar lo que sentimos.
Debemos comprender como dice Schopenhauer que el hombre no quiere una cosa porque la conoce como buena, sino que la encuentra buena porque la quiere. Con ello quiero decir que podemos llegar a gustar de nuestra intimidad porque la queremos, porque sabemos relacionarnos con ella. Los hombres que más se admiran son los libres, lo auténticos y los de dulce corazón. Los hombres que las mujeres aman son los
que dejan ver sus debilidades a la luz de sus fortalezas, no los “perfectos” que todo lo tienen bajo control.
La nueva estirpe de hombres con H mayúscula que espero empiece a poblar la faz de la Tierra tendrá la tarea de descubrir de nuevo el fuego. Tendrá que hallar que las palabras son tan poderosas como las lágrimas. Esa estirpe de hombres nuevos tendrá que ser viril como la de siempre, pero sin las hincadas de los complejos que llenan de huecos las alas de sus espíritus. La nueva estirpe no sólo dependerá de nuevos nacimientos, también dependerá de transformaciones empezadas a hacerse hoy e impulsadas desde adentro, como se transforma la semilla, que explota como fruta, no como desecho. Con afecto, Dr. Cintrón Opio, contáctame en angelcintron@yahoo.com
