Una de las definiciones de sacrificio, según el diccionario de la Real Academia Española es: acto de abnegación inspirado por la vehemencia del amor.
Y de acuerdo al mismo diccionario, algo que se hace con vehemencia es algo que se hace sin pensarlo, sin razonar.
Si de repente te vieras en la situación de que tu pequeño hijo se lanza a la calle a buscar una pelota o juguete perdido, y espontáneamente se apresurara un auto hacia él en plena carretera, lo más seguro es que sin pensarlo, guiado por el impulso, te lances a sacarlo del alcance aunque en el esfuerzo recibas el golpe tú.
Posiblemente te mueva el amor por tu hijo, pero tal vez en otra ocasión la situación no deje tiempo ni para razonar o pensar en ese amor, sino que el mismo instinto te llevará a lanzarte.
Hasta cierto punto es una ventaja ese instinto o reflejo, porque si un niño cae a una piscina y me detengo a pensar qué pasará si me lanzo, si no sé nadar, el pobre niño estará en problemas si no actúo rápido.
En un incendio, si te vieras en la situación de un ser querido encerrado en una habitación y las llamas impiden el paso, el ardor de las llamas casi abrazando tu piel quizás te impidan entrar a rescatarlo, porque por el dolor que te causan las llamas sabes que tal vez ya todo está perdido y si lo haces será peor. Morirás tú también.
¿Pero sabes que aunque Jesús sabía todo el dolor que iba a sufrir en carne propia, aunque tuvo el tiempo para analizar y conocer todo lo que pasaría, y que aun así habría hoy gente que lo negaría, optó por obedecer y cumplir el propósito para el que fue enviado?
Lucas 19:10 dice que el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.
Pero imagínense la posición de Dios nuestro Padre. Viendo a su hijo insultado, golpeado, escupido, y no poder hacer nada porque él mismo lo entregó en sacrificio para que nosotros tuviéramos salvación. El Padre también hizo un sacrificio entregando a su Hijo amado. Si no lo hubiera hecho, su justicia, que es tan perfecta como su amor, nos hubiera destruido. Pero Jesús llevó la carga de nuestro pecado. Y pagó las consecuencias sin tener culpa.
Sabes que me he preguntado, cómo un pecador, un incrédulo o alguien que áun no ha conocido al Señor, podrá entender eso de que Jesús murió por él y por mí, si ni él ni yo estábamos allí.
Pero el Señor me llevó a entender dos cosas, respecto a mi pregunta.
En primer lugar, ni tú ni yo estábamos durante la creación del mundo, pero aún así seguimos disfrutando aún hoy de su existencia. Seguimos gozándonos de sus múltiples beneficios y bellezas. Sus recursos como el agua, la tierra para sembrar y cosechar. Porque aunque tú no siembras, lo que compras y llevas a la mesa es producto de lo que otros sembraron.
En segundo lugar, que del mismo modo que disfrutas de algo de lo que no fuiste partícipe, así mismo cada uno de nosotros somos culpables de la muerte de Cristo.
¿Por qué? Te daré un ejemplo como respuesta. Sabes que aunque te duela, si tu cónyuge muere endeudado, por ley tienes que cargar y cumplir con esa deuda aunque no la hayas contraído tú. Igualmente los hijos, si sus padres mueren y dejan deudas, los herederos, así como heredan lo bueno, también tienen que responder por lo no tan agradable como las deudas.
Adán y Eva dejaron ese legado de pecado. Al cederle su autoridad a Satanás dejándose tentar, pagaron un precio que aún hoy estamos pagando.
1Pedro 1:18-20 dice: “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, (el rescate fue) no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros.
Ahí vemos que recibimos esa herencia pecaminosa, aunque no quisiéramos. Pero la buena noticia es que hemos heredado también las buenas promesas del Padre, y más aún, la salvación que Jesús compró a precio de sangre para todos y cada uno de nosotros.
Solo reclama tu herencia. Reconoce a Jesús. Acéptalo hoy mismo como tu salvador. El ya pagó el precio del pecado. No tienes que pagarlo tú, si aceptas su sacrificio como el regalo que te hizo.
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