Por Jaime Torres Torres
El don de la fe entraña la certeza y la convicción de que Jesucristo resucitó de entre los muertos. Una verdad indiscutible que cambió el curso de la humanidad y que, como su nacimiento hace 2009 años, dividió la historia en un antes y después.
La promesa cumplida es motivo suficiente para vivir felices, albergando la esperanza de que en el ocaso de nuestra vida terrena tu alma y la mía emprenderán el paso a la luz de la gloria eterna.
La fe es un don de Dios y, así como oraban los discípulos de Jesús, cada día le debemos pedir que la aumente. Y si la pedimos con sinceridad el Padre la concederá a manos llenas.
Además de la fe, podemos confiar que Jesús resucitó porque hubo unos testigos que lo documentaron, aparte de que en la geografía de Tierra Santa podemos visitar unos lugares y monumentos que así lo sustentan.
Uno de los testigos de la Resurrección de Jesús fue el apóstol Pedro, primer vicario de Jesús y eslabón de una sucesión cronológica que, a pesar de sus fortalezas y debilidades, altas y bajas o luces y sombras, avanza en el Tercer Milenio en el pontificado de Benedicto XVI.
Pero, más allá de la historia y la geografía, el amor es la mayor evidencia de que Jesús resucitó de entre los muertos.
Semanas atrás, durante una dinámica con un grupo de confinados, les dije: “Asumamos que soy un ateo, ¿cómo me podrían convencer de que Jesús resucitó?”
Uno, muy sagaz e iluminado, respondió: “porque, de lo contrario, usted no estaría aquí”.
Y en ese relevo de amor, hablando con humildad, debemos descubrir la verdad de la Resurrección.
Si Cristo no resucitó, seguramente Madre Teresa de Calcuta no se hubiese consagrado a los pobres más pobres de la India; Sister Isolina Ferré no se hubiese entregado en alma, cuerpo y mente a restaurar la dignidad de los olvidados de la Playa de Ponce; el sacerdote Arnulfo Romero no hubiese pagado con su martirio las denuncias de la opresión e injusticias de El Salvador; y los apóstoles Pedro y Pablo, entre tantos testimonios, no hubiesen derramado su sangre en defensa de la Verdad.
Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe, dijo el apóstol Pablo.
Yo creo en la Resurrección de Jesús. Y la conmemoración en la presente pascua, 1976 años después, es motivo de gozo, felicidad y regocijo.
Las primeras palabras del Resucitado fueron “La paz esté con ustedes”.
Y esa Paz, en tiempos en que la gente se desvela y vive con miedo a perder sus empleos y su comodidad, el mundo no la comprende porque no la conoce.
Y la gran misión es que el mundo crea con nuestro testimonio de amor.
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