Mario Alegre Barrios
27-Abr-2009

El virus, la nostalgia y los curas

Durante 21 años viví en México. En la "Ciudad de...". En el “de efe”. Ahí nací y ahí pasé una niñez, una adolescencia y una juventud temprana inolvidables que a menudo me alcanzan, se sientan a mi lado y me hablan de esas ausencias irrevocables que me acompañarán hasta el último de mis días.

Desde hace 31 años mi país es más un recuerdo que una realidad inmediata, ecuación que a ratos el regreso invierte por unos cuantos días y el paréntesis se puebla de padres y hermanos, de calles y olores, de palabras y texturas.Se puebla también de la certeza de que hace mucho tiempo mi lugar dejó de estar ahí.

Esa nostalgia no tiene cura, pero con el tiempo deja de doler. En verdad nunca se va: se asienta, se le suavizan las aristas y se convive con ella en paz, a sabiendas que lo contrario sería una guerra imposible de ganar.

Esta tregua indefinida se rompe a ratos, en especial cuando suceden cosas como la que ahora hiere a México: la epidemia de influenza porcina y la inmensidad del miedo colectivo que parece haberse instalado en buena parte de los millones de personas que habitan lo que alguna vez fue también mi realidad.

De la misma manera como me ocurrió durante el devastador terremoto de 1985, ahora me nace nuevamente una zozobra y una tristeza profundas, no sólo por todos los míos, sino también por todos los mexicanos que no conozco y que en estos instantes están viviendo una pesadilla que parece tomada de un filme hollywoodense de ciencia-ficción, con un potencial todavía indefinido pero que en el temor y la incertidumbre colectivos se proyecta hasta alcanzar proporciones apocalípticas.

Los medios de comunicación reportan que diversos sectores del Distrito Federal parecen propios de una ciudad fantasma, con las calles desiertas y el miedo como huésped detrás de los muros de las casas, donde sus habitantes protegen nariz y boca con mascarilla, casi paralizados, cuidándose muy bien de acercarse al otro por temor a contagiar o ser contagiado. La nueva ley no escrita prohibe los abrazos y las caricias. También los besos, que la saliva -aun del ser más querido- puede ser portadora de ese nuevo virus que en algunos casos tiene la vocación de ser mortal.

El Gobierno mexicano ha declarado un estado de emergencia de una magnitud cuya dimensión no tiene paralelo en mi memoria de medio siglo. Como consecuencia, se han suspendido las clases en todos los niveles, se han cancelado todas las actividades que congregan multitudes (cines, partidos de fútbol, conciertos... en fin).

A los enormes problemas causados por el virus mismo, se añade otro que abona a la desazón ciudadana: la gente tiene serias dudas de los informes que da el Gobierno. Muchos no le creen y no porque con su incredulidad intenten minimizar la gravedad de la situación. Al contrario: sospechan que lo que sucede es mucho más terrible que lo que revela la versión oficial.

Ese sentir se ancla a la idea de que el Gobierno ha tomado medidas extraordinarias de emergencia precisamente porque la situación ha desbordado su capacidad para manejar una realidad que se le ha escapado de las manos... y también ha dado al traste con su atávica costumbre de manejar las crisis del país con mentiras o, en el mejor de los casos, con medias verdades.

Finalmente, mientras el pasado fin de semana infinidad de entidades comenzaban a cancelar actividades para evitar las aglomeraciones -o las realizaban sin público, como en el caso de los partidos de fútbol- la esclerótica Iglesia católica mexicana se negaba a suspender las misas dominicales, testimonio monumental de la imbecilidad con la que esa institución fundada -según los que creen- por un mandato del Cielo maneja sus negocios en la Tierra.

Pobres de mis paisanos. Mi afecto y mi solidaridad desde la distancia. Por la influenza... y también por los curas.

sobre el autor

Mario Alegre Barrios

Mario Alegre Barrios, oriundo de la Ciudad de México y residente en Puerto Rico desde 1977. Periodista de El Nuevo Día desde hace 20 años. Fue edit...

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