Por Jaime Torres Torres
En ti habita la Fuerza de Dios cuando le hablas con gozo e ilusión a una persona sobre el cambio que el encuentro con el Señor ha propiciado en tu vida.
La Fuerza de Dios te asiste cuando visitas a un enfermo olvidado o denuncias las injusticias que afectan a tus semejantes, particularmente a los niños, porque son los “pequeños” del Señor.
También te ilumina cuando te conmueve el dolor ajeno o cuando sientes que no debes descansar hasta facilitar o canalizar que otros vivan una experiencia de fe como la tuya.
La energía que sientes; ese magnetismo extraño que te impulsa; esa iluminación misteriosa que pone palabras en tus labios y que te ayuda a discernir entre el bien y el mal es el poder del Espíritu Santo obrando en ti.
Y el Espíritu Santo es Dios mismo, en su tercera persona, conforme al misterio de la Santísima Trinidad. El Paráclito, el Consolador, la Fuerza de Dios... Así es conocido.
Muchos lo recibimos en el Bautismo y lo renovamos en el sacramento de la reconfirmación. Pero, con facilidad, se ausenta de nuestras vidas, especialmente cuando cedemos al egoísmo, germen de todos los males de la sociedad.
Sin embargo, cuando con sinceridad le abres tu corazón a Dios y cultivas tu amistad con El a través de la oración y la acción (el servicio a tu prójimo) el Espíritu Santo derramará sus dones en ti.
¿Cuáles son?
Sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.
Sabiduría - gracia de pensar, juzgar y sentir como Dios.
Inteligencia - dádiva de Dios para comprender su Palabra y la Verdad revelada.
Consejo - intuición divina para distinguir entre el bien y el mal.
Fortaleza - Armadura de Dios para vencer las tentaciones y sobrellevar la vida, a pesar de la adversidad.
Ciencia - Discernimiento para conocer los corazones humanos en su relación con Dios.
Piedad - Remueve la dureza de nuestro corazón y lo colma de ternura para Dios y los hermanos.
Temor de Dios - Amor y respeto a Dios. El que lo ama en verdad, se preocupa de no ofender al prójimo, a quien debemos amar como a nosotros mismos.
Y aquí no termina el banquete.
El corazón que cultiva una relación sincera con Dios recibe varios frutos del Espíritu Santo.
Y esos son: caridad, gozo, paz, paciencia, mansedumbre, bondad, benignidad, longanimidad, fe, modestia, templanza y castidad.
En otra palabras, el cristiano que activa como corresponde al Espíritu Santo en su vida se convierte en un Soldado de Dios que, a la hora de la verdad, estaría dispuesto a entregar la vida por sus hermanos.
Acá entre nos, conozco muchas mujeres y hombres impulsados a fuerza del Espíritu Santo por los senderos de la vida.
Nunca trabajan solos porque Dios los envió de dos en dos. Y revolucionan los ambientes que frecuentan con el discurso y la praxis del amor.
Me pregunto, no obstante, porqué las Iglesias no los usan más en las causas del ecumenismo, de la denuncia de las injusticias y en la práctica del amor que tanto hace falta en este mundo donde lo que amamos ayer no es suficiente hoy.
En esta hora, en que conmemoramos, 50 días después de la Resurrección del Señor, la promesa cumplida del Espíritu Santo que descendió sobre los discípulos, pidamos y exijamos que nuestros directores espirituales, pastores, curas, reverendos y diáconos vivan un nuevo Pentecostés que renueve las estructuras de las iglesias de arriba a abajo. Guiados por ellos, con la Fuerza del Consolador, todos seremos capaces de transformar nuestra Nación. ¡Amén!
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