Los niños y los adolescentes son como el cristal: frágiles, sensibles a brillo, capaces de relucir con una belleza indescriptible y bellos, singulares, irrepetibles y simples. Por otro lado, los niños, como el cristal, son susceptibles a golpes, son: delicados, sensitivos a manchas, a rayazos permanentes y a quebrarse de manera tal, que resulta casi imposible, una vez rotos, volverles a componer sin que broten las cicatrices.
Los niños y los adolescentes son criaturas indefensas, adultos en adiestramiento como dice un colega, seres que dependen mucho de la aceptación , validación y las muestras de afecto de las personas que les rodean. Se les puede comparar con la fragilidad de las ramas de un árbol joven, ramas que se remenean ante el embate de los vientos. Si crecen rodeados de amor y paz, serán seres seguros y balanceados que repartirán felicidad a todos los que se encuentren en su paso por la vida. Y si crecen bajo un manto de miedo, maltrato, pobreza extrema, falta de amor y rechazo, se desarrollan como personas amargas, con baja auto estima y un sentido de culpa que muchas veces se traduce en una vida llena de estragos para ellos y los que con ellos viven.
No hay que ir muy lejos para ver la tristeza en la mirada de los niños que viven en hogares infelices, en los que predominan la desesperanza, el pavor a un padre maltratante, la falta de comida, la amenaza de un futuro incierto, determinado por las limitaciones del entorno y una sensación asfixiante de que para ellos no hay un espacio en este mundo.
Por eso algunos se suicidan. Cada vez que se nos suicida un niño o un adolescente el tejido social de nuestra patria se despedaza. Cada vez que una criatura toma la decisión de privarse de la vida, todos los ciudadanos de nuestro país nos debemos sentir hasta cierto punto responsables de esa pérdida, en circunstancias tan infames. ¡Que escándalo, que vergüenza, que fallo!
Nosotros los adultos, profesionales y de todos los sectores de la sociedad tenemos que asumir un rol activo en la construcción de abordajes de convivencia y aprendizaje de destrezas sociales y de manejo de conflictos, de manera que podamos cultivar generaciones de niños y adolescentes felices, capaces de lidiar de forma adecuada con los conflictos que les presenta la vida. Ya dije que los niños y los adolescentes son como el cristal, y hablo de vidrio valioso, de piezas frágiles que tienen el derecho a que les cuidemos y les aseguremos unas atenciones esmeradas, de forma que puedan llevar a cabo su función en el tiempo que les ha tocado existir.
Los niños se convierten en personas felices, poco a poco, día a día, a base de una mezcla sabia y poderosa de : amor y disciplina, retos y apoyo, libertad y reglas, opciones y consecuencias, besos, abrazos, felicitaciones, llamadas de atención, y una enorme dosis de terapia de realidad.
No importa si el niño vive en una casa humilde y sus padres no tienen muchos recursos financieros, si ese niño(a) se cría en un hogar lleno de amor y apoyo, su vida brilla como un sol y sus días son dulces como la miel.
Los otros días le pedí a un limpiabotas que trabaja frente a la tienda “Clubman” de Santurce que me brillara los zapatos y me contó tantas bellezas. ¡Dios mío! con el orgullo que me decía, “mis tres nenas se me gradúan, una de primero, otra de noveno y otra de cuarto años y la mai y yo ya les compramos los zapatos y los trajes para las graduaciones”. Siguió diciendo el limpiabotas, “les tengo de tó, porque las tres me pasaron de grado, si se me hubieran colgao no les regalaba ná, pero como las tres quieren ser profesionales se esfuerzan mucho y la mai y yo les damos to lo que ellas quieren”. “Dentro de mi pobreza yo siempre guardo chavos y les compro pollo de Kentucky, hamburguers de Burguer King, Coca Cola, porque la chiquita es loca con los refrescos aunque sé que eso le daña la parte dura de los dientes”.
De más está decir que mientras más hablaba aquel hombre humilde más me retorcía yo en la silla para no llorar, porque me estaba dando cátedra de vida, me estaba enseñando lo que no me enseñaron mis profesores de psicología. Llegó el momento en que no pude más y le dije “ señor usted es millonario, usted posee un tesoro que pocas personas tienen, su esposa y usted han sabido hacer de su hogar y sus hijas un paraíso de amor y gozo”. “Que mucho he aprendido hoy de usted”. Al irme con los zapatos brillando como ónix del más caro, caí en la cuenta de que para criar niños felices, no hace falta grandes producciones…lo que hace falta es amor, amor, amor, amor, amor, amor, el tipo de amor que derrota tempestades, que destroza las estadísticas y las predicciones de los especialista en problemas, amor del que nos lleva de la trastienda de la pena a la puerta de bronce reluciente que abre paso a la dimensión de la posibilidad de ser feliz, a pesar de los pesares.
Y para concluir esta columna deseo mencionar que la semana pasada asistí a la graduación de cuarto año de la Academia del Perpetuo Socorro, de Miramar. Una graduación emotiva y llena de logros para los graduados y sus padres y para la principal, Sister Armand Marie SSND, quien luego de décadas de entrega y logros, parte a otros llamados en la vida. En esa graduación volví a retorcerme en la silla, para disimular mis lágrimas al ver al jovencito Omar Alcover, graduado con honores, abrazar a su hermano con un abrazo que jamás olvidaré. Omar correspondió a su hermano menor los múltiples aplausos que su hermanito le regaló, de pie, a través de los ejercicios de graduación. Cuando esos dos niños se abrazaron, con aquel abrazo más fuerte que un enlace de metales fundidos, volví a comprender que la felicidad de los niños se construye con un material indestructible llamado, amor, amor, amor, amor… amor, amor, amor. Con afecto, Dr. Cintrón Opio, contáctame en angelcintron@yahoo.com
