Mis Amigos Judíos
Cuando empecé a estudiar en los Estado Unidos me hice muy amigo de tres muchachos judíos; Yakov, Binyomin y Samuel. Los tres, estudiantes brillantes y disciplinados proyectaban paz y simpatía. Al comienzo de nuestra relación, lo que más me impresionó de los tres era su religiosidad y apego a las costumbres y exigencias de la fe judía. Aparte de su sentido de apego a la tradición y a la vida de oración, estos tres jóvenes tenían dentro de su corazón un sentido de justicia y compasión que me impresionaba sobremanera.
Ver a un ambulante en la calle y detenerse a conversar con él, comprarle comida y mirarlo con amor era una constante. Parecía como si al ver a una persona necesitada sentían el impulso de identificarse personalmente con él o ella y la responsabilidad de hacer algo por su bienestar.
Binyomin en particular, quien era jincho como una salamandra era el más fervoroso y dedicado de los tres. Binyomin guardaba parte de su dinero para ir a comer a un restaurancito Kosher que había cerca de la universidad, para comprar medias y ropa interior para regalarle a “my homeless buddies” como él les llamaba. Cuando compraba unas sopas riquísimas, hechas con vegetales y verduras, siempre las compartía conmigo. Esa sopa me encantaba pues tenía un saborcito a cardamón y encima le ponían cebolla frita en aceite de oliva.
Los tres tenían barbas espesas y de sus cinturas colgaban unos cordones tipo cabulla, por supuesto jamás se quitaban el gorrito al que llamaban yarmulke.
Los viernes eran muy especiales pues Samuel y yo tomábamos juntos una clase de psicología cognitiva que terminaba justo a las cuatro de la tarde. Al salir de la clase ya Binyomin y Yakov nos estaban esperando en la esquina y los cuatro caminábamos hacia una sinagoga en la que al caer la tarde se celebraba la fiesta del Shabbat o Shabbos como ellos le llamaban. Luego del servicio religioso, que era muy peculiar y atractivo para mi, íbamos a una especie de salón de estar, en cuyo centro habían varias mesas llenas de sopas y ollas de comida humeante. El potaje de lentejas con cordero era sensacional, así como los pedazos de pan pita tostado para comer como humus y unas aceitunas grandísimas y ricas que sabían muy distinto a las que yo compraba en Puerto Rico. En esas cenas había niños hasta debajo de las cortinas; se la pasaban correteando, jugando y comiendo frutas con arroz blanco, mientras bebían jugos de frutas y té frío.
Un viernes en la tarde a Yakov se le ocurrió la brillante idea de invitarme a su casa a celebrar el Shabbos. La casa del joven quedaba a una hora y diez minutos de camino a pie, de nuestra universidad y tuve que caminar con él el tramo completo pues estaba prohibido ir en tren luego de caer la tarde. Esa noche por supuesto me quedé en su casa y la experiencia fue inolvidable pues luego de regresar de la sinagoga, en la casa celebramos con comida rica y humeante. Luego todos cantaron, y bailaron hasta después de las once de la noche, cuando yo estaba más rendido que un muerto.
Las hermanas de Yakov me saludaban con sonrisas amplias y bellas pero jamás me daban la mano para saludarme. Su mamá sí, al besar a Yakov, me daba un beso en la cabeza, al igual que su papá, un señor ancho de una barba espesa y unos ojos azules impresionantes.
Mi intención al contarles mis experiencias con mis amigos judíos es que ustedes vean que hay personas de otras culturas que tienen unos valores morales y una ideas religiosas preciosas, que me parece importante destacar y apreciar si es que queremos ser ciudadanos del mundo.
En un mundo globalizado y desdichadamente despedazado por las guerras y las posturas intransigentes de la gente, conocer seres nobles, sencillos y de unas costumbres tan acogedoras, añade encanto humano a la experiencia de estar vivo y de compartir este planeta con otros seres que son tan humanos como nosotros.
Ver a mis amigos rezar tres veces al día, leyendo con fervor de un Siddur ( libro de rezo judío) grueso y desgastado, me hizo concluir que no importa a que religión se pertenece o de que grupo étnico procedemos lo importantes es reconocer que todos somos personas, que reímos y lloramos por las mismas razones y que a fin de cuentas tenemos la responsabilidad de vivir una buena vida y mejorar este mundo como dice el mandato judío ( tikun olam) .
Los años pasaron y nosotros cuatro seguimos caminos distintos por las ruta de la vida, pero el año pasado, luego de enfrentar una situación que estremeció mi vida, mis conceptos humanistas y mi visión religiosa, logré reconectarme con Yakov. El hombre tiene nueve hijos ¿cómo podrá mantenerlos?, no sé. Vive en Brooklyn con su esposa Chaya y es trabajador social y rabino. Luego de nuestro reencuentro, hemos hecho un compromiso, hablar todos los jueves a las diez de la noche…y así ha sido, al llegar cada jueves mi teléfono suena o suena el de él y comienza la conversación, que al principio se me hizo difícil entender por su fuerte acento israelita.
El verano llegó y luego vendrá el otoño como siempre ocurre… y tenemos pautado vernos en Nueva York, el 22 de octubre. Nos sé si al verlo de lejos lo reconoceré, pues Yakov es un rabino ortodoxo que viste de negro y un sombreo ancho que creo lo hará lucir sobrio y formal. Una cosa sí es segura, reconoceré su sonrisa y ha prometido devolverme el bolígrafo Bic, blanco y azul, de veinticinco centavos, que hace años de años se me quedó en su casa y en honor a nuestra amistad jamás lo botó.
Un abrazo, Dr. Cintrón Opio, contáctame en angelcintron@yahoo.com
