Ángel Cintrón Opio
07-Jun-2009

Mis Amigos Judíos

Mis Amigos Judíos
Cuando empecé a estudiar en los Estado Unidos me hice muy amigo de tres muchachos judíos; Yakov, Binyomin y Samuel. Los tres, estudiantes brillantes y disciplinados proyectaban paz y simpatía. Al comienzo de nuestra relación, lo que más me impresionó de los tres era su religiosidad y apego a las costumbres y exigencias de la fe judía. Aparte de su sentido de apego a la tradición y a la vida de oración, estos tres jóvenes tenían dentro de su corazón un sentido de justicia y compasión que me impresionaba sobremanera.


Ver a un ambulante en la calle y detenerse a conversar con él, comprarle comida y mirarlo con amor era una constante. Parecía como si al ver a una persona necesitada sentían el impulso de identificarse personalmente con él o ella y la  responsabilidad de hacer algo por su bienestar.


Binyomin en particular, quien era  jincho como una salamandra era el más fervoroso y dedicado de los tres. Binyomin guardaba parte de su dinero para ir a comer a un restaurancito  Kosher que había cerca de la universidad, para comprar medias y ropa interior para regalarle a “my homeless buddies” como él les llamaba. Cuando compraba unas sopas riquísimas, hechas con vegetales y verduras, siempre las compartía conmigo. Esa sopa me encantaba pues tenía un saborcito a cardamón y encima le ponían cebolla frita en aceite de oliva.
Los tres tenían barbas espesas y de sus cinturas colgaban unos cordones tipo cabulla, por supuesto jamás se quitaban el gorrito al que llamaban yarmulke.

Los viernes  eran muy especiales pues Samuel y yo tomábamos juntos una clase de psicología cognitiva que terminaba justo a las cuatro de la tarde. Al salir de la clase ya Binyomin  y Yakov nos estaban esperando en la esquina y los cuatro caminábamos hacia una sinagoga en la que al caer la tarde se celebraba la fiesta del Shabbat o Shabbos como ellos le llamaban. Luego del servicio religioso, que era muy peculiar y atractivo para mi, íbamos a una especie de salón de estar, en cuyo centro habían varias mesas llenas de sopas y ollas de comida humeante. El potaje de lentejas con cordero era sensacional, así como los pedazos de pan pita tostado para comer como humus y unas aceitunas grandísimas y ricas que sabían muy distinto a las que yo compraba en Puerto Rico. En esas cenas había niños hasta debajo de las cortinas; se la pasaban correteando, jugando y comiendo frutas con arroz blanco, mientras bebían jugos de frutas y té frío.

 
Un viernes en la tarde a Yakov se le ocurrió la brillante idea de invitarme a su casa a celebrar el Shabbos. La casa del joven quedaba a una hora y diez minutos de camino a pie, de nuestra universidad y tuve que caminar con él el tramo completo pues estaba prohibido ir en tren luego de caer la tarde. Esa noche por supuesto me quedé en su casa y la experiencia fue inolvidable pues luego de regresar de la sinagoga, en la casa celebramos con comida rica y humeante. Luego todos cantaron,  y bailaron hasta después de las once de la noche, cuando  yo estaba más rendido que un muerto.


Las hermanas de Yakov me saludaban con sonrisas  amplias y bellas pero jamás me daban la mano para saludarme. Su mamá sí, al besar a Yakov, me daba un beso en la cabeza, al igual que su papá, un señor ancho de una barba espesa y unos ojos azules impresionantes.


Mi intención al contarles mis experiencias con mis amigos judíos es que ustedes vean que hay personas de otras culturas que tienen unos valores morales y una ideas religiosas preciosas, que me parece importante destacar y apreciar si es que queremos ser ciudadanos del mundo.

 
En un mundo globalizado y desdichadamente despedazado por las guerras y las posturas intransigentes de la gente, conocer seres nobles, sencillos y de unas costumbres tan acogedoras, añade encanto humano a la experiencia de estar vivo y de compartir este planeta con otros seres que son tan humanos como nosotros.

Ver a mis amigos rezar tres veces al día, leyendo con fervor de un Siddur ( libro de rezo judío) grueso y desgastado, me hizo concluir que no importa a que religión se pertenece o de que grupo étnico procedemos lo importantes es reconocer que todos somos personas, que reímos y lloramos por las mismas razones y que a fin de cuentas tenemos la responsabilidad de vivir una buena vida y mejorar este mundo como dice el mandato judío ( tikun olam) .


Los años pasaron y nosotros cuatro seguimos caminos distintos por las ruta de la vida, pero el año pasado, luego de enfrentar una situación que estremeció mi vida, mis conceptos humanistas y mi visión religiosa, logré reconectarme con Yakov.  El  hombre tiene nueve hijos       ¿cómo podrá mantenerlos?, no sé. Vive en Brooklyn con su esposa Chaya y es trabajador social y rabino. Luego de nuestro reencuentro, hemos hecho un compromiso, hablar todos los jueves a las diez de la noche…y así ha sido, al llegar cada jueves mi teléfono suena o suena el de él y comienza la conversación, que al principio se me hizo difícil entender por su fuerte acento israelita.


El verano llegó y luego vendrá el otoño como siempre ocurre… y tenemos pautado vernos en Nueva York, el 22 de octubre. Nos sé si al verlo de lejos lo reconoceré, pues Yakov es un rabino ortodoxo que viste de  negro y un sombreo ancho que creo lo hará lucir sobrio y formal. Una cosa sí es segura, reconoceré su sonrisa y  ha prometido devolverme el bolígrafo Bic, blanco y azul, de veinticinco centavos, que hace años de años se me quedó en su casa y en honor a  nuestra amistad jamás lo botó.


Un abrazo, Dr. Cintrón Opio, contáctame en angelcintron@yahoo.com
  
       

sobre el autor

Ángel Cintrón Opio El doctor Cintrón Opio es un educador en el área de la cognición. Realizó estudios en varias universidades, entre ellas la Universidad de Puerto Rico,...

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