De las enseñanzas que aprendí en esas visitas esporádicas que hacía a la misa dominical de la iglesia católica la más que recuerdo es: “ama a tu prójimo como a ti mismo”.
El problema es que creo que en el sermón diario se les olvidó poner una clausulilla que dijera: “¡Advertencia!, para darle dosis de amor al que está a tu lado, tienes que practicar primero contigo mismo”.
Por lo general, a la hora de experimentar cosas nuevas preferimos probarlas primero con los demás para evitar tener esos efectos secundarios que son siempre peores de lo que pintan; no obstante, en este caso el amor propio no tiene riesgos imprevisibles, por lo que podemos sentirnos tranquilos en la práctica.
Al iniciar el proceso, la primera duda que surge es cómo desarrollar amor propio. En mi opinión nace de la firme convicción de creer mucho en ti y ser tu propio “back-up” cuando la cosa se pone difícil. Es esa fe en uno mismo la que te lleva a forjar experiencias llenas de regocijo ante la autogestión. No es necesario contar con la aprobación de otros para actuar de una forma u otra, sino que se debe tener en la mente una grabadora que te repita cada segundo cuán capaz eres. Por tal razón, el amor y la valía del ser humano no se basa en la valoración de otros, sino en la valoración propia.
De esa forma concluí que nos debe bastar con nosotros mismos. En incontables ocasiones la felicidad y satisfacción con nuestro trabajo y nuestras decisiones se encuentra en la aprobación ajena, no obstante, es el orgullo de saber que tomamos las decisiones por voluntad e iniciativa propia lo que llena de grandeza nuestros pasos aún cuando nos hayamos equivocado. Por eso el ser humano, por lo general, sigue a los líderes cuando son decididos y determinados a pesar de que puedan ser muy errados en su andar, porque admiramos al que cree en sus acciones y su palabra.
Les recomiendo, que confíen en su andar por dudoso que parezca y aunque haya mil personas haciéndole morisquetas alrededor, debe bastarles con su decisión, con su opinión, y las demás deben venir como una pizca de sabor para su marcado caminar, siempre y cuando sea positivo y constructivo, o de lo contrario, ¡al zafacón!
Después de lograr ese amor propio, entonces podremos acudir al sermón dominical y entender la trillada frase que logró marcar mi escueto conocimiento religioso: “ama a tu prójimo como a ti mismo”.
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