Por Jaime Torres Torres
¿Qué es lo peor que le puede suceder a una persona? ¿Cuál es la ofensa o la agresión más grande que le podemos infligir a un ser humano? ¿Es posible odiar a quien más se amó?
Sí, sé que es un asunto muy personal y que no es nada fácil responder a estas preguntas, si partimos de la subjetividad de las emociones que se albergan tras las vivencias de cada cual.
Pero, comparto contigo, si en algo nos ayuda a crecer como personas, que hace más de tres décadas, fui objeto de una devastadora ofensa que a través de los años me persiguió como un fantasma eclipsando, cuando menos lo esperaba, mi paz y felicidad.
El año pasado, por una casualidad o Diosidad, me tropecé con la persona y mi primera reacción fue mirar profundamente a sus ojos y decirle: “yo te perdono”. Me quité un peso de encima, enorme, como recientemente me liberé al ser perdonado por un ser querido que herí profundamente.
La vida es un camino en el que nunca, por la complejidad y fragilidad de las relaciones, alcanzaremos la plenitud de la madurez en el amor y perdón. Perdona el que ama, no hay duda. Olvida facilmente, el que nunca ama. Pero a veces perdonar y perdonarnos cuesta cuando sospechamos, tal vez por nuestros prejuicios y subjetividades, que la afrenta o la agresión son resultado de una mente maquiavélica que se aprovecha de la vulnerabilidad del que expresa diáfanamente sus sentimientos.
Entonces, como la semilla mala, germinan espinas y zarzas que lastiman el espíritu, laceran el corazón, aturden la razon, quitan la paz y aniquilan, poco a poco, la felicidad.
Días atrás, en medio de un proceso doloroso por demás que reconozco me ayudará a mejorar y crecer como persona, pensé en la máxima evangélica que afirma que es mejor orar por nuestros enemigos. Jesus tuvo enemigos. Quien no es tu amigo, puede ser un simple conocido o sencillamente tu enemigo: alguien que ya no es tu amigo.
La oración ablanda la dureza del corazón y lo dispone al perdón y al autoperdón porque a veces cuesta más perdonarnos a nosotros mismos por el reproche de lo sincero, frágiles y transparentes que somos en una sociedad en que la gente amuralla sus corazones de tantas maneras y en que todos los días el amor y el interés salen de paseo al campo.
Perdona, 70 veces 7, el que ama de verdad. Y es más libre que el que piensa que no necesita pedir perdón.
Se perdona, 70 veces 7, el que se ama de verdad.
Se humilla, 70 veces 7, el que también ama.
Y así se liberan los odios, los resentimientos y los rencores. ¿Mi resolución? Me perdono... Me humillo las veces que sea necesario y pido perdon, en medio del dolor, de la contradiccion, de la duda y la desilucion...
“Padre Nuestro, que estás en los Cielos
Santificado sea tu Nombre;
Venga a nosotros tu Reino;
Hágase tu Voluntad, así en la Tierra
como en el Cielo; danos hoy nuestro
Pan de cada día, PERDONA NUESTRAS OFENSAS
COMO TAMBIÉN NOSOTROS PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN;
no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal. Amén.

Posee un Bachillerato en Artes con concentración en Comunicación Pública de la Universidad de Puert...


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