Los milagros que hizo Jesús cuando vivió en cuerpo de hombre en esta tierra, creo que en ocasiones no han sido vistos como él anhelaba que fueran vistos. Como experiencias que nosotros somos capaces de provocar, siempre con el poder de Dios presente, pero actos para los que es necesaria nuestra participación.
Si no fuera así, entonces por qué Jesús dijo “En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores que éstas hará, porque yo voy al Padre. (Juan 14:12)
¿Que cómo podemos involucrarnos en un milagro? Con nuestra fe y nuestro proceder. Claro está, hay que tener presente y reconocer en todo momento que Dios es la fuente de ese poder. Lo aclaro antes que digan que estoy planteando una herejía.
O que lo confundan con la filosofía humanista de no reconocer la existencia de Dios ni mucho menos de Jesús. No estoy hablando de la línea de pensamiento de religiones falsas del presente siglo que han tratado de vender la idea de que todo lo que necesitas para ser feliz en la vida y tener éxito, está dentro de ti y que sólo tú tienes el poder.
Lo que persiguen con este tipo de pensamiento, es precisamente hacer creer que el ser humano puede vivir independiente de Dios. Que no necesita del Padre, de su Creador.
Con ese tipo de filosofía pueden tener un relativo éxito por un tiempo determinado. Pero cuando vienen las crisis verdaderas, esas que ninguna charla motivacional y todos esos 'autos' (auto sanación, auto ayuda, etc, etc.) no pueden resolver, es ahí cuando toda la falsedad que te hayan vendido se derrumbará.
Pero volviendo al tema principal de mi mensaje, Jesús mismo dejó ver que nosotros podríamos ser agentes de cambio, y eso incluye los milagros. En los tantos ejemplos de milagros y prodigios que hay en la Biblia, siempre estuvo involucrado alguien siendo el vehículo o el instrumento que Dios utilizó para manifestar su poder.
Aun en tiempos antes de Jesús, en el Antiguo Testamento, fue necesario que Moisés levantara la vara y declarara la Palabra para que entonces el mar se abriera y el pueblo de Israel pudiera escapar del enemigo.
Y en el Nuevo Testamento, aun cuando fue Jesús el que hizo el milagro de convertir el agua en vino, se necesitó a alguien más para traer el agua en las tinajas y a alguien, en este caso María, que tuviera fe, pues cuando se dirigió a los servidores les dijo, en Juan 2:5 “Haced todo lo que Él os dijere”. Estoy seguro que cuando ella dijo esto, no fue precisamente por librarse ella del problema y echárselo encima a su hijo Jesús. Es porque sabía quién era y lo que podría hacer.
Puede parecer contradictorio lo que digo, pero no lo es. Porque después del verso 12 de Juan 14, la Palabra nos dice en Juan 14:13-14, “Y todo lo que pidáis en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré”.
Esto nos deja saber que nuestra decisión, nuestra fe y nuestra acción nos pueden llevar a ver y vivir un milagro, pero en última instancia es Dios quien tiene el poder para realizarlo. Él sigue siendo la fuente. Tú solo eres el instrumento o el vehículo que Dios quiere utilizar.
Y como Dios es un Dios de orden, todo en su Palabra tiene unas condiciones. En este caso Jesús fue específico al decir en Juan 14:21 “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él”.
A buen entendedor con pocas palabras basta. No podemos pretender ver lo mejor de Dios y tener sus bendiciones y sus milagros, y por el otro lado vivir desobedeciéndolo a Él y a su Palabra.
En la próxima ocasión les hablaré, a la luz de lo que revela Mateo 15:32-38 acerca del milagro de la alimentación de los 4,000, y de cómo para recibir un milagro es necesario que creamos en Dios y en sus promesas por encima de las circunstancias.
No se trata de negarlas ni de ignorar la realidad, sino de actuar sobre ella con fe de que Dios puede cambiar esa circunstancia a tu favor. Amén.
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