En mi penúltima salida, con el permiso de los amigos Salseros, me resisto a creer que La Negra se marchó.
Con su inseparable bombo; con sus túnicas de lino fino tejidas, como generosa ofrenda por las manos callosas y sudorosas de sus hermanos tucumanos; con su oscura cabellera como una noche sin luna y sin estrellas, con su sonrisa transparente de alma en paz con la Paz; con su tesitura de lucha incansable, su registro de exilio purificador y su fraseo de verdad insobornable, la música de Mercedes Sosa siempre representó y representará, PARA MI, la banda sonora más elocuente de la Libertad. Si, a tono con los pensamientos de Galeano, Memmi y Fannon, se quiere música para recorrer las venas abiertas de una América Latina que aún se desangra; si se desea una tonada para esbozar el retrato del colonizado del siglo 21 y si se busca una trova para salvar a los condenados de la tierra, la Voz de América es indispensable. Cumplía 5 ó 6 años cuando la Negra develó sus canciones con fundamento y le aclaró, a sus Hermanos y su Gente de América, que no cantaba por cantar.
Como su zamba, 31 años después, se me antoja una plena pa’ no morir ahogado en las turbulencias del Borinquen de 2009. Porque aquí, más que nunca, la tierra grita. Y aunque grite, las máximas de la Parra y el Che, en agradecimiento a la existencia y al aliento que la sostuvo hasta la Victoria, consuelan; animan y fortalecen su Canción inmortal.
Con Mercedes, descubrí que el Sur y el Caribe también existen; que los pies y el talón de América se encuentra en la Patagonia y que, aunque el imperio no se entere, en dirección al viento florece un pueblo que canta por el Niño de mañana y Siempre.
Católica como yo, celebró, con su registro de contralto que se resiste a la opresión, la Misa Criolla y le cantó a la Navidad con el sentimiento que intérprete alguno jamás desbordó en una canción.

Siempre me perseguirá, con dulce nostalgia, la memoria de nuestro encuentro en un hotel del Condado, en ocasión de uno de sus juntes con Lucecita para el concierto "Una canción por América sin fronteras".
Dos horas antes de escribir estas líneas encontré el casete de la entrevista que, realmente, discurrió como una conversación entre amigos. Estaba sola en una habitación en penumbras y nos sentamos frente a una mesita con vista al mar, a través de una ventana cuyas cortinas desnudaban al Sol.
"De qué deseas hablar? Qué necesitas de mi?", me preguntó, abrazando sus ojos negros a los míos, con una sonrisa y ternura maternal. 20 años atrás era demasiado joven para comprender el entrelíneas de sus reflexiones sobre el Che, de las dictaduras de América, el exilio y la opresión de los imperios.
Y a cada pregunta, por más sencilla que resultase mi premisa, Mercedes Sosa respondió con la palabra firme, tierna y contundente del amor, la Amistad, la empatía y la humildad.
"Cómo escribir la historia? Me habló de tantas cosas, que no sé por dónde empezar", recuerdo que le comenté a la editora de entonces.
"Evoca sus canciones y escribe", me respondió.
A esta hora posiblemente aún me las ingenio en el rastreo de las entrevistas con La Negra que tuve el privilegio de firmar con mi "byline" y que fueron publicadas por El Nuevo Día. Pero confieso que poco importan en comparación con las vibraciones que el alma de la Negra perpetúa en cada audición de "La maza", "María, María", "Gracias a la vida", "Todo cambia", "Solo le pido a Dios", "Años", "Alfonsina y el mar", "Si se calla el cantor", "Hermano dame tu mano" y "Unicornio".
Ese es su testamento a America; su herencia, su tesoro y legado.
En mi penúltima salida desciende el telón de un ciclo más… Mercedes Sosa se marcha y con su partida, trova adentro, los pobres de América y Puerto Rico lloran con la Esperanza.

