Nunca como ahora parece tan cierta la idea de que en toda su vastedad el mundo moderno es también como un pañuelo, como una pequeña aldea en la que todo lo que ocurre en cualquier lugar de su geografía es sabido -y vivido con todas sus emociones inherentes- prácticamente también en todo sitio de una manera casi simultánea, sin importar lo remoto de sus coordenadas.
La reflexión viene al caso por la manera como se ha difundido por el mundo la noticia del descomunal fuego que ha convertido en una sucursal del infierno la sede del almacén de combustible de la Caribbean Petroleum Corp. en Bayamón, dato que -dicho sea de paso- corrige la percepción bastante generalizada de que esa área pertenece a Cataño.
Luego de una intensa jornada que se inicio para muchos con un estruendo y una sacudida sobrecogedores cuando apenas habían transcurrido unos minutos de este viernes, casi de inmediato el internet y las ya casi sacramentales redes sociales se convirtieron en el recurso fundamental para que infinidad de personas difundiesen sus impresiones iniciales y las primeras imágenes del voraz incendio que ha trastocado dramáticamente la ya de por sí aciaga agenda borincana de las últimas semanas.
Twitter y Facebook se erigieron en los canales de comunicación alternos a las agencias de noticias, cadenas de televisión y ediciones electrónicas de diarios de todo el mundo para un flujo torrencial de mensajes y también de fotografías en un proceso que revalida los cambios sustanciales e irreversibles que platean la configuración de un nuevo paradigma en el universo de la comunicación.
Casi 24 horas después, cada cual tiene su propia historia respecto a la manera como ha vivido esta experiencia y como la ha compartido, tanto con el vecino de la casa da al lado, como con familiares y amistades que viven en otros lugares del mundo.
Con un padre siempre joven que con poco más de 70 años es todo un “freak” tecnológico -con 3 computadoras en su casa y dos BlackBerrys, y cuentas en Twitter y Facebook para atender a una “vasta” red social social integrada únicamente por sus cuatro hijos y ocho nietos- la mañana de este viernes me dí cuenta cabal de que la ciudad mexicana de Guadalajara -donde él vive con mi mamá y dos de mis hermanos-, a 2,500 millas de San Juan, en realidad está tan lejos de mí como a la mano esté mi propio teléfono celular.
Con un horizonte dominado por la perspectiva impresionante de la gigantesca y espesa columna de humo del incendio mientras iba hacia El Nuevo Día por expreso Martínez Nadal, tomé varias fotos con el BlackBerry y se las envié de inmediato a mi padre por correo electrónico, con una sucinta explicación.
En ese momento eran las 8:34 de la mañana en San Juan, con dos horas menos en Guadalajara. Por la hora, pensé que el abuelo paterno de mis hijos aún estaría dormido. Y sí, lo estaba, pero la “oficina móvil de su BlackBerry de Telcel” lo despertó con mi mensaje.
Mientras seguía mirando el dantesco espectáculo que se elevaba justamente detrás del mogote aledaño a El Nuevo Día, recibí su respuesta: “¿En donde? Voy a buscar más información en internet”. Y -con mi madre- se preocupó. Y se solidarizó. Y -porque lo conozco- me atrevo a decir que hasta sintió un poco el calor del fuego.
Vi la hora. Eran las 8:39 a.m.
Todo el día me estuvo “texteando”. Y me sentí cerca de Guadalajara. A 2,500 millas de distancia.

Mario Alegre Barrios, oriundo de la Ciudad de México y residente en Puerto Rico desde 1977. Periodis...


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