El viernes 11 de septiembre de 2009 pude apreciar el marcado contraste entre dos madres.
Por un lado, tuve el privilegio de acompañar a la familia Cardona Santana en un momento de crisis. La matriarca de la familia, Saturnina Santana Nieves, agonizaba en un hospital. Esta mujer de 97 años tuvo doce hijos y crió dos más. Al día de hoy, sus descendientes directos suman casi 100 personas.
Fue impresionante ver a este clan, que ya abarca cuatro generaciones, llorar alrededor de la cama de "Tunta", como cariñosamente le llamaban a Saturnina. Mientras ella se apagaba poco a poco, sus hijos e hijas, nietos y nietas, y sus biznietos y biznietas recordaban a Tunta. Y el punto unánime de sus comentarios era su carácter.
Saturnina fue una mujer pobre y humilde. Quedó huérfana en su niñez y se casó durante la Gran Depresión. Recién casada, se hizo cargo de dos niños huérfanos, quienes eran poco menores que ella.
El evangelio fue la brújula que orientó el camino de Saturnina. Su fe le proveyó los valores necesarios para enfrentar y vencer la adversidad. Tunta le enseñó esos valores a su familia, con disciplina y amor. Y gracias a sus enseñanzas, todos sus hijos e hijas llegaron a ser personas de bien.
Saturnina falleció esa noche. Su familia lloró, pero lloró con esperanza. Lloró con la esperanza que proviene de la fe.
Cuando llegué a mi casa, como de costumbre, revisé mi correo electrónico antes de dormir. Entre los mensajes, había uno de mi hijo. Espantado, me envió un vídeo donde un grupo de niños y niñas bailaban reaggeton al estilo "kamasutra", es decir, imitando posiciones y movimientos sexuales. Y lo más espantoso era que quienes le obligaban a bailar así eran sus familiares adultos. Al final, una de las madres dirigió un "concurso" para determinar quién había sido el mejor bailarín o la mejor bailarina. La "ganadora" fue una niñita menor de 10 años vestida de princesita.
El contraste entre no podía ser más agudo. Por un lado, una madre ejemplar que le enseñó disciplina y valores a sus hijos e hijas. Por otro lado, una madre irresponsable que instaba a su hija vestida de rosa y con una tiara en el pelo a colocarse a gatas en el piso y chocar su trasero contra la pelvis de un niño para divertir a un grupo de adultos en proceso de emborracharse.
Esta experiencia me enseña que la sociedad puertorriqueña tiene dos caminos, representados por estas dos madres en contraste. O le enseñamos los valores más altos a nuestros hijos y a nuestras hijas, o le enseñamos los más bajos. Quiera Dios que escojamos el mejor camino.
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El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado, PR. Para contactar el Rev. Jiménez, o ver varios de sus escritos, grabaciones de audio o vídeos, visite www.drpablojimenez.com.
