Quienes han ido a Dubai -el alucinante oasis que desde 1971 integra los Emiratos Árabes Unidos en compañía de otros 6- se despiden de él con la certeza de que visitaron un lugar fuera de este mundo, convencidos de que si el cielo existe, los arquitectos de esa utopía tomaron como modelo esta espectacular ciudad que hasta hace poco menos de cincuenta años era -literalmente- un desierto y que durante la última década se convirtió en el arquetipo del paraíso terrenal. Bañado por las aguas del Golfo Pérsico y con Irán como su vecino al “cruzar la calle”, Dubai ha vivido esta semana su propia versión de la historia de la “Cenicienta”, pero con un final que muchos temen termine un poco antes que la legendaria película de Walt Disney, al filo a la medianoche, cuando la carroza se convierte nuevamente en calabaza, los briosos corceles en ratones y la “buscapríncipes” vuelve a su trabajo como asalariada mal pagada. Y nada más, sin zapato de cristal, sin príncipe y mucho menos princesa. De alguna manera ese libreto comenzó a cumplirse el jueves pasado, cuando un escalofrío arropó a la velocidad de la luz el mundo financiero, luego de que Dubai comunicara afablemente a sus acreedores que no les podía pagar los $80,000 millones que les adeuda, que le dieran un “break” de seis meses, que muchas gracias y que les juraba a todos ellos -en especial a la “holding” Dubai World, con $60,000 millones en el pote- que esto no volvería a ocurrir. Ese sismo con epicentro en Dubai hizo evocar a muchos la estrepitosa caída de Lehman Brothers, que en septiembre de 2008 fue el detonante de la crisis financiera que todavía tiene a los mercados mundiales un poco a la deriva, más a la baja que a la alta y sin una tendencia sostenida que sugiera una total recuperación en un plazo razonablemente cercano. Con predicciones la mar de variadas, que oscilan desde aquellas que vuelven a escuchar trompetas apocalípticas de recesión hasta las que consideran que no hay que adelantar vísperas y aguardar con cautela el desarrollo de la historia, expertos financieros consideran que esta semana será crucial para conocer realmente el alcance no sólo del “terremoto” del jueves, sino de sus “réplicas” alrededor del orbe, tanto en las bolsas asiáticas y europeas, como en la de este lado del Atlántico, en especial en Wall Street que, como es sabido, cerró este viernes con descensos en el Dow Jones y en S&P de 1.48% y 1.72%, respectivamente. ¿Las razones?... simples No hace falta ser un genio para comprender claramente las razones fundamentales que precipitaron la incapacidad de este emirato para saldar sus deudas, entre ellas el hecho incuestionable de que, aunque este “Disney World para adultos” parecía gravitar en un cosmos de fantasía, su infraestructura económica está anclada de manera inexorable a la realidad de un mundo financieramente convulso. A la luz de lo que se observaba desde principios de este año, es razonable pensar que la solicitud de moratoria del pasado jueves no debió tomar demasiado por sorpresa a los analistas y a los mercados, aun a aquellos que confiaban en el optimismo con el que algunos medios de comunicación aseguraban a los inversionistas que Dubai tenía la capacidad para hacer frente a sus obligaciones. El razonamiento es muy simple: si yo puedo pagar mis deudas, no necesito de una campaña mediática para validar mi solvencia. Sencillamente pago y ya. En esencia, a Dubai se le comenzó a detener la centrífuga financiera poco después de la debacle en Wall Street del año pasado y su efecto dominó, con el desplome en el precio del petróleo y la paralización en el sector inmobiliario, con un descenso en los valores que en el primer semestre de este año bordeó el 50%. La opulencia urbana de Dubai -con poco más de dos millones de habitantes y donde todas las maravillas parecían ser posibles- amenaza seriamente con hundirse en la arena sobre la que se construyó, no sólo a fuerza de billones y billones de dólares, sino también -según documentan algunas publicaciones- con la mano de obra de cientos de miles de obreros, en su mayoría inmigrantes, a cambio de una paga miserable y considerablemente más baja que en sus países de origen. El mundo real y las calabazas El camino recorrido por Dubai entre el ocaso del siglo XIX y la primera década del XXI es sin duda meteórica. Hace apenas poco más de un siglo, esta ciudad no era otra cosa que una paupérrima parada en la ruta comercial entre Mesopotamia y el Valle del Indo, dominada por la familia Maktoum que aún influye en este emirato. Hoy el sueño se le comienza a convertir en pesadilla. ¿Qué pasará con Dubai luego de la última campanada de la medianoche? Perdonen la mala noticia, pero en el mundo real las calabazas siempre son calabazas.

Mario Alegre Barrios, oriundo de la Ciudad de México y residente en Puerto Rico desde 1977. Periodis...


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