Debo reconocerlo: esta semana me he sentido un poco imbécil. La sospecha no deja de ser inquietante, porque siempre tuve la esperanza de que, con la madurez, de alguna manera se me afinaría la lucidez, más por el paso del tiempo que por la inteligencia.
La razón de este pálpito está en Copenhague, en la cumbre climática, en lo que ahora parece no haber sido otra cosa que un gran circo en el que al final la semántica se convirtió en el parteaguas entre el optimismo y el pesimismo.
La semana que se consideraba crucial para alcanzar a más tardar al final del próximo año un acuerdo vinculante para reducir sensiblemente las emisiones de dióxido de carbono, concluyó este viernes con el anuncio de un pacto dominado por la retórica y la ambigüedad.
Mientras que el presidente estadounidense Barack Obama lo definió como “un histórico y significativo paso hacia adelante y la base sobre la cual hacer un mayor progreso”, para muchos el resultado se quedó demasiado corto, incluso para las modestas expectativas que había despertado esta cumbre en la capital danesa. Semántica pura.
¿Cuál es realmente la sustancia de ese acuerdo entre los llamados “gigantes” del orbe -Estados Unidos y China- y otros en vías de serlo -Brasil e India- que parece haber agudizado en el mundo la desesperanza respecto al futuro climático del planeta?
Quienes ahí estuvieron -en el Belle Center de Copenhague- dicen que los mandatarios que alcanzaron el acuerdo lo firmaron con las caras largas y que abandonaron el lugar a paso veloz, sin molestarse siquiera en posar sonrientes para la tradicional foto “de familia”, tan común en estas reuniones.
La esencia del pacto -que terminó con un carácter no vinculante, o sea, que ninguno de los países involucrados tiene la obligación legal de cumplirlo- mantiene el objetivo de que la temperatura global no ascienda en promedio más de 2 grados, pero no explica cómo, y dice también que se deben tomar medidas para lograr esto “lo antes posible”, cuando al inicio de la cumbre el objetivo era fijar ese plazo para el 2020.
Más allá de esta dramática vaguedad, nada concreto, nada decisivo, nada esperanzador y sí, en cambio, la incuestionable certeza de que ese acuerdo no es otra cosa que un intento por salvar las apariencias y maquillar el rotundo fracaso de la cumbre.
Me siento imbécil cuando no entiendo por qué los líderes del mundo no se han dado cuenta de que el status quo global impide que sea viable un drástico recorte en las emisiones de gases que calientan nuestro hogar en el universo.
Como bien dice Bjorn Lomborg -escritor danés, autor de Skeptical Environmentalist (Ambientalista escéptico)- para esos mandatarios “hubiese sido mejor regresar a sus países con las manos vacías y no firmar un tratado sin contenido”.
Ahora -reflexiona Lomborg- la única estrategia posible parece ser “cruzar los dedos durante otra década, después de diecisiete años de intentos fallidos para reducir la emisión de gases”.
No menos imbécil me siento cuando pienso nuevamente que en realidad el optimismo que en algún momento muchos sentimos respecto a esta cumbre no tenía razón de ser, si acaso sólo la estúpida candidez que de vez en cuando interfiere con la razón.
Ecuación lapidaria
Ahora, con la lucidez como faro, se vuelve más que obvio que el optimismo climático es imposible, sobre todo cuando es evidente que en la ecuación hay dos elementos cruciales: por un lado, la certeza inequívoca de que en asuntos como los que se discutieron en Dinamarca, los presidentes, reyes y primeros ministros del mundo tienen un poder que sólo es aparente, cosmético, superficial y que en realidad quienes deciden son los que mueven los hilos multibillonarios de la economía.
Asimismo, hay otra verdad lapidaria que se enmarca en la cotidianidad de millones de seres alrededor del mundo, personas como usted, amigo y amiga que lee estas líneas, personas como yo, miembros de una sociedad que en modo alguno está preparada para cambiar de manera sustancial un estilo de vida anclado simbióticamente a las comodidades que tienen como residuo los gases que están volviendo loco al planeta.
Polly Toynbee, del diario inglés The Guardian, comenta que “arreglar el clima no es un acertijo desde el punto de vista práctico sino simplemente un problema político”. “Podemos construir molinos de viento, calentadores solares y cualquier tipo de artilugio que produzca energía limpia, pero debe haber suficientes personas dispuestas a cambiar la manera como viven y pagar el precio que eso conlleva. Pero ni remotamente esto es así... ahora sólo un milagro podrá salvarnos”, sentencia.
Más allá del tono apocalíptico que respiran algunas reflexiones, en verdad no parece haber mucho espacio para caminar de manera firme hacia el futuro en un mundo digno de ser vivido por nuestros hijos y por nuestros nietos.
El sendero se angosta y las señales se confunden entre la ambigüedad y la retórica, entre la semántica y la imbecilidad. Crucemos los dedos.

Mario Alegre Barrios, oriundo de la Ciudad de México y residente en Puerto Rico desde 1977. Periodis...


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