Son las 12:00 a.m. Saco un muslo de cerdo de la nevera (por eso de que suene más a “healthy food”).
- (Interlocutor) “Es que fulanita estará siempre en su religión, amarrada al Señor”.
- “Yo no creo”, repliqué.
- (Interlocutor) “Es que fulanito no cree en Dios, eso es ignorancia”.
- “Yo no creo”, repliqué.
- (Interlocutor) “Es que la Biblia es la palabra de Dios”.
- “Yo no creo”, repliqué.
(Pausa) Debates difíciles para una madrugada. Miro hacia arriba, veo un sacacorchos y la botella de vino. Definitivamente “la sangre de Cristo”, que no parece tan sacrílega cuando bebemos más de la porción de gotero que nos dan en algunas iglesias, es un bálsamo para estos temas de delicada estirpe que no se deberían discutir mientras se adoba un pernil (sorry, lo dije).
A modo de compendio, articulo los temas que amenizaron mi madrugada: los artificios de la Biblia y las historias que parecen más producto del arte de escribir que del arte de historiar; Adán y Eva y la deuda más onerosa que ha tenido que pagar hombre alguno por una manzana; la reflexión Fortuñista que haría de las escuelas pequeños templos del Señor, no por convicción sino por votos ¡amén!; la maldad, que “es el resultado directo de no conocer a Dios”. Temas, temas y temas, mientras más se arraigaban, yo seguía agujerando el muslo de cerdo (bendito sea el eufemismo), para saciar mi hambre en varios días.
Mientras mi mente se desvanecía entre tanto debate interminable, fugazmente pensé en el pernil. Lo manoseo y me pregunto: ¿Será el mismo Dios que le impide a un judío comerse este trozo de carne, el que me permite aquí en Puerto Rico hartármelo porque es emblemático de la celebración del nacimiento de nuestro “Salvador”? Respuestas me sobran, pero el hambre va a poder con cualquier controversia.
Solté el pernil, y como si me hubiera llegado un haz divino de luz le increpé a mi interlocutor:
“¿Realmente crees que otro hombre pueda atribuirse la palabra Dios, luego ponerlas en papel y decirle a todo el mundo qué está bien o mal, cómo me debo comportar y en qué creer? ¿En serio piensas que un hombre tenga que decirte en qué Dios creer?” (¡Touché!)
(Interlocutor) “No. Pero cada cual tiene derecho a contar su historia y aunque su experiencia con Dios no es la misma que la mía, tal vez ello ayude a alguien a sentirse mejor cuando necesite algo de orientación” (¡Touché!)
Tragué la ligera y espesa lámina del vino que quedaba en la copa, y volví a servir.
La pata de cerdo quedó lista, y yo, sin remordimiento. Abrí la nevera, guardé la carne hereje, y bebí el vino -ahora un tanto más ligero porque la “sangre de Cristo” parece alivianar el espíritu y el paladar también-. Me senté en la cama y aquel monólogo seguía. A mi lado, en el gavetero, la biblia, Walter Riso, Don Manuel Ruiz, todos sirviendo de palabra de aliento. Mi mano, la que queda libre, pensando en cuál coger para contarles una historia. Al fin de cuentas, mi trayecto de la cocina al cuarto parece tener tanta sustancia como las historias de mis libros nocturnos, si sólo se trata de encontrar unas palabras para reflexionar.
-Recuerden que me pueden escribir a: jorge.colon@hotmail.com-

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