Aunque es indiscutible que otro atentado terrorista sería nefasto para la industria de viajes y la maltrecha economía mundial, todos nos preguntamos si es necesario tomar nuevas medidas de seguridad, o simplemente ajustar las que ya hay.
Yo no se usted amigo lector, pero si es viajero frecuente en algún momento tiene que haberle pasado lo mismo que a mi, o a mis compañeros de viaje: ser revisado de una manera tan minuciosa que se ha quedado muy poco a la imaginación de quienes están detrás de las famosas máquinas de rayos X. Por lo menos yo he sentido en alguna que otra ocasión que además de mis datos de identidad que me hacen única, un par de esos agentes, han conocido ‘datos de intimidad’ sin que pueda hacer nada por ello.
De hecho en este momento, hay un programa de pruebas en varios aeropuertos de la nación del que se dice incluye ‘scanners’ que son similares a ver a uno desnudo (claro, las protestas de entidades como la ‘American Civil Liberties Union’ no se han hecho esperar, por considerarlo una intromisión a la privacidad).
No se crea que exagero y que estoy influenciada por películas tipo ‘Matrix’. No tengo historias de horror en los aeropuertos, excepto por una vez que me pasaron a una fila que yo emocionada creía que era VIP, y resultó ser la de la revisión minuciosa que ellos juran que es al azar, o la del Aeropuerto de Düsseldorf en Alemania, a donde fui sólo por cuatro días a visitar un astillero, y levanté sospechas porque viajaba sola, y para ellos nada justificaba un viaje corto a un destino tan lejano donde la mayor parte del tiempo se me iba en los vuelos.
Esas son boberías comparadas con lo que he visto y escuchado. Personas en sillas de ruedas a los que los agentes de TSA creen que les ocurrirá un milagro frente a sus ojos, y quieren verlo levantarse de sus sillas para revisarlas en detalle; ancianos que yo juraría que no matan un mosquito, que hacen malabares dejando sus bastones para pasar por la máquina (porque en esos bastones sí es verdad que pueden ir armas, según TSA), o gelatina para el pelo confundida con un explosivo altamente peligroso. He visto de todo y el denominador común es que el pasajero se siente indefenso frente a los todo poderosos y poco simpáticos agentes de seguridad, que parecen tener la consigna de que uno es culpable hasta que se demuestre lo contrario.
Pero hay que seguir viajando. Nada de esas cosas hará que nos perdamos del privilegio de conocer otros lugares. Para que su viaje sea más cómodo, tengo unas recomendaciones:
Coopere con las autoridades, no lo tome personal (va a salir perdiendo), lleve sólo lo permitido en su equipaje, tanto de mano como de avión, oriente a sus niños sobre el proceso y sobre todo, no se le ocurra hacer bromas que en estos momentos pueden resultar más pesadas que nunca. Hacer chistes con frases como ‘cuidado, que te ven la cara de terrorista’ o ‘si me siguen molestando exploto una bomba’ son imperdonables, y en lo que se investiga si son ciertas usted la pasará muy mal.
Ah! Todavía no tengo respuesta al por qué tantos viajeros inocentes pagamos los platos rotos, mientras los verdaderos terroristas pasan exitosamente por seguridad. ¿Usted la tiene?
