Durante las tragedias -inmensas, como la del terremoto de Haití, o pequeñas, como las que a diario sacuden la vida de alguien en el planeta- el ser humano suele cuestionar el sentido que tiene la existencia frente a esas fatalidades más o menos inexplicables que siegan de golpe vidas -una o 200,000, importan igual- como parte de ese juego eterno en el que todos no somos más que peones.
El devastador sismo que destrozó el pasado martes la ciudad de Puerto Príncipe trastocó dramáticamente la inercia del inicio del 2010, revelándose a los pocos minutos como una tragedia de enormes proporciones y con una todavía incierta cantidad de víctimas, con cálculos que inicialmente fijaron los muertos en alrededor de medio millón, después en 50,000 y, hasta ayer, en 200,000, con cerca de 300,000 damnificados. Según se reportó ayer, ya 40,000 de los fallecidos habían sido sepultados.
Súbitamente -como a menudo sucede en catástrofes así- Haití se convirtió en el país “hermano” de todos, de gobiernos y ciudadanos comunes, de periodistas y políticos, de clérigos y campesinos, de ricos y pobres.
De inmediato los medios masivos de comunicación abrieron un caudaloso canal que ha llevado al mundo la crónica de los días infernales que viven los haitianos, acompañados a la distancia por un coro internacional de voces que se ha desbordado a través de las redes sociales -Facebook, Twitter, Myspace- los diarios, los teléfonos celulares, la radio y la televisión.
El alud es no sólo para clamar por ayuda para Haití, sino también para orar y exponer públicamente el enorme sufrimiento que los solidariza con esos “hermanos” que hasta el martes, poco antes del terremoto, vivían -sumidos en la invisibilidad- su otra tragedia, la cotidiana, la de la miseria extrema, la de la orfandad de esperanza y la de la indiferencia de sus -ahora, de pronto- “hermanos”.
De inmediato, olvidado consistentemente por el resto del mundo, Haití se ha vuelto visible por obra y gracia de un desastre natural cuyos devastadores efectos quizá no hubiesen sido tan catastróficos si todos los que ahora dicen ser sus “hermanos” -especialmente gobiernos e instituciones- le hubiesen tendido antes esa mano solidaria, si todos los millones que ahora le ofrecen se hubiesen utilizado previamente en apuntalar su paupérrima infraestructura urbana, hospitalaria y logística para responder con un mínimo de eficiencia ante una emergencia como la que ahora enfrentan.
Por otra parte, al cabo de cuatro días son ya tantas las imágenes sobrecogedoras, tantos los testimonios de dolor que, de tanto abusar de la emoción, la sensibilidad corre el riesgo de comenzar a adormecerse y derivar hacia la indiferencia.
En dramas tan visual y verbalmente intensos como el de Haití, ¿cuál es la medida exacta? ¿cuál es la dosis saludable de información que somos capaces de digerir antes de caer en el desdén o, lo que es peor, en lo trivial?
Inmersos en una nueva era tecnológica, los ciudadanos del mundo hemos presenciado a la velocidad de la luz -y desde la comodidad de nuestros hogares y oficinas- cómo este drama se instala cruelmente en la sangrienta historia de un pueblo marcado por una miseria perpetua, dictadores asesinos, más de 30 golpes de estado y una cadena interminable de desastres naturales -especialmente huracanes-, como parte de una trágica crónica que recurrentemente se encarga de impedir que el país salga de la sima que ocupa como el más pobre de América.
Víctima de esa eficiencia mediática, el cónsul haitiano en Sao Paulo, Brasil, fue puesto en evidencia ayer cuando se reveló que, luego de una entrevista periodística -y sin saber que los micrófonos estaban abiertos- dijo que el terremoto había sido “bueno” para su país, porque gracias a eso ahora “somos más conocidos” y que de esta manera llegará más ayuda para su maltrecha tierra.
Reitero -para la paz de todas las buenas conciencias hipersensibles- que de ninguna manera critico los esfuerzos que cada cual hace, desde sus circunstancias muy particulares, para ayudar en la desgracia haitiana. No hay duda de que es de una humanidad elemental hacerlo y solidarizarse en el esfuerzo.
No obstante, creo que hay maneras de hacerlo que rebasan lo límites de lo genuino y se convierten en un ejercicio melodramático, empalagoso, pródigo en una novelería muy propia de quienes tienen como inquietud fundamental “salir en la foto” y, mientras más sufridos, mejor.
A todos ellos y al pobre George Samuel Antoine -que así se llama el cándidamente imbécil diplomático- les digo algo: en realidad no hay nada nuevo bajo el sol, ni siquiera la tragedia haitiana.
Lo único que la hace diferente de todas las catástrofes inexplicables de antes es su inmediatez: en poco tiempo será parte de la anécdota y el figureo de muchos que ahora llaman “hermanos” a los haitianos se habrá esfumado.
¿Quién apuesta? Lamentablemente en un mes el mundo se habrá olvidado -otra vez- de que Haití existe y de que el porvenir de sus millones de habitantes está cancelado de manera irrevocable, como siempre ha estado.

Mario Alegre Barrios, oriundo de la Ciudad de México y residente en Puerto Rico desde 1977. Periodis...


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