Malicia. La palabra que más odié del vocabulario de mi padre.
“Jorge, hay que tener malicia”, me decía. Seguido me subía los pantalones, me secaba el sudor (ustedes saben, ese que tiene uno cuando es gordito y no puede casi respirar), me acomodaba los espejuelos con mis dedos índice y pulgar, y con mis ocho años de edad, empezaba a argumentar como el mejor abogado que haya parido esta Isla.
Malicia es la antítesis de inocencia, o sea, sinónimo de estropearse el disfrute. Pero les daré una definición clara e incontrovertible. Malicia es: Inclinación a lo malo y contrario a la virtud; propensión a pensar mal.(Real Academia Española)
Propensión a pensar mal. Eso es lo que mejor define la palabra, y eso es lo que contamina nuestro disfrute en el amor, la amistad y en las relaciones diarias. Empero muchos me dirán que es una realidad que la mayoría de las personas llegan a fallar, y es mejor estar preparado a que te tomen por sorpresa. Así pensaba yo hasta hace poco más de un año, pero han llegado varias personas a mi vida que me han enseñado lo contrario.
Nunca pensé que la inocencia fuera lo suficientemente duradera como para mantener esa emoción en el amor, entiéndase, las maripositas, la ansiedad por la llamada venidera, los ojitos brillosos, etc. Sin embargo, he sabido conocer personas que, a pesar de no dejar que nadie se aproveche de ellas, parecen mantener esa emoción, esa expectativa de perfección y recrean un cuento de hadas cada vez que conocen a alguien nuevo... Lo sé, lo sé, seguramente pensarán que son cabezas huecas que sólo tienen pajaritos de colores en el cerebro.
Lamentablemente, para mi sorpresa, no lo son, por lo que he tenido que dejar las enseñanzas de mi padre metiditas debajo de la cama, y empezar a educarme para volver, de vez en cuando, a mi “chip” original: la inocencia.
La sociedad nos educa para protegernos. Es una guerra constante en la que respondemos a los mandatos sociales, con el único fin de sobrevivir, no de vivir a plenitud y justamente. La pérdida de la inocencia, en términos de supervivencia es sumamente práctica, pero en términos del regocijo de la vida y el amor es una pejiguera. Con el tiempo somos educados por nuestros padres, por la iglesia, por el Estado y por la sociedad en general para reprimir nuestro más natural estar y, poco a poco, hay quienes se lo toman muy en serio y terminan hiriendo a aquellos que viven más relajados, más conscientes de lo que les toca, de lo que realmente quieren para sí y no para nadie más. Al final del día, la enseñanza inusual llevó al inocente, al natural, a adoptar la malicia como su modus vivendi y lograr sobrevivir, y se arraiga cada vez más el círculo vicioso que nunca acabará.
En resumen, y muy a pesar de mi padre, la malicia es cosa temporera, porque para disfrutar las cosas en la vida, hay que dejarse llevar y deleitarse. Al fin de cuentas, si se nos rompe el corazón, lo importante es levantarse, ser más ponderado en la próxima ilusión y dejar que el agua corra, aún cuando un precipicio nos espere al final de la corriente.

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