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Vicios, virtudes y valores

Pablo A. Jiménez

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20 de febrero de 2010

En la cárcel

Visitar la Escuela Industrial de Mujeres en Vega Alta es una experiencia transformadora. Desde hace tres años, he tenido la oportunidad de visitar la cárcel regularmente. Y hoy deseo compartir con ustedes esa experiencia.

Llegué a la Escuela Industrial por medio de Raquel, una líder de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en Espinosa que forma parte del cuerpo de capellanas voluntarias. Raquel me trajo los formularios necesarios para tramitar el permiso de entrada a la institución penal. Como parte del proceso, es necesario presentar certificados de buena conducta y someterse al examen de las autoridades.

Obtenido el permiso, la directora del programa de capellanía asigna las fechas para los estudios bíblicos y los servicios religiosos. En mi caso, el grupo al que pertenezco visita la Escuela Industrial entre cuatro y seis veces al año. El grupo incluye a la capellana voluntaria, a hermanas que tienen el don de cantar y otras hermanas que van a orar por las confinadas. Mi rol es predicar u ofrecer estudios bíblicos. En ocasiones especiales, se tramitan permisos especiales para llevar grupos de arte dramático o grupos musicales. Sin embargo, lograr estos permisos es difícil y muchas veces son denegados.

El día del evento el grupo llega a las puertas de la Escuela Industrial y espera afuera. El espacio de espera es pequeño y tiene pocos asientos. La capellana voluntaria habla con los guardias penales, quienes asignan a un oficial para acompañar al grupo durante el servicio religioso. Si no hay un oficial disponible, el grupo no puede entrar. El grupo tampoco puede entrar si el día ha traído problemas de disciplina, pues participar de los servicios religiosos es un privilegio.

Si hay un oficial disponible, el grupo entra a la institución penal. Cada persona debe entregar su tarjeta de identificación al oficial, quien la devuelve a la salida. No se permiten aparatos electrónicos ni objetos de metal, así que los teléfonos se quedan en los autos y los llaveros en una gaveta. Tampoco se puede entrar con dinero. Sólo se permite entrar con la Biblia, algún libro de cánticos y algunas pistas para cantar en discos compactos.

El oficial lleva al grupo a la capilla, donde espera a las confinadas que deseen asistir al servicio. Por lo regular, sólo participan en el culto las confinadas de seguridad mínima y, en ocasiones, la de mediana. Las confinadas llegan y comienza el servicio religioso. La capellana dice unas palabras de saludo. Las confinadas dirigen los cánticos, las oraciones y las lecturas bíblicas. En ocasiones, cantan himnos especiales y hacen cortos dramas o pantomimas. También tocan los instrumentos musicales y manejan los equipos de sonido.

El servicio tiene dos momentos emotivos. Uno es la oración por los visitantes, donde las confinadas hacen un círculo alrededor del grupo invitado. Otro es la ofrenda, donde las confinadas entregan a Dios expresiones de alabanza, dado que no tienen dinero para dar.

Terminadas las devociones, tenemos los cánticos especiales por las personas visitantes y el sermón o estudio bíblico. Cuando uno se coloca ante la audiencia puede apreciar la diversidad del grupo. Entre las confinadas hay mujeres de todos los estratos sociales, de diversos grupos étnicos y de diversa orientación sexual. Hay jóvenes y ancianas, algunas puertorriqueñas y otras extranjeras. Algunas se sientan solas y otras en pareja. Unas pocas, casi siempre recién llegadas, lloran en silencio y con amargura. Casi todas las demás tienen la misma expresión, mezcla de recelo, indiferencia y menosprecio.

Cuando uno comienza a hablar, los rostros endurecidos pueden desanimar hasta al orador más experimentado. Pero cuando la palabra de Dios comienza a hacer su labor, esos rostros endurecidos se transforman. Los ceños fruncidos se suavizan. Las mujeres antes indiferentes comentan las enseñanzas con sus vecinas. Al final, es impresionante ver como las personas que al principio parecían más endurecidas, terminan en orando en el altar.

Las hermanas visitantes ministran a las confinadas que piden oración. La ministración consiste en oraciones de intercesión, por ellas y por sus familias. Los hombres que podamos acompañar al grupo nos quedamos atrás, intercediendo a la distancia por las confinadas. En nuestras oraciones pedimos que Dios tenga misericordia de las confinadas, tanta misericordia como ha tenido de nosotros.

Al final de la experiencia, nos despedimos son amor. Las líderes del grupo y las confinadas más conmovidas son las últimas en salir. Algunas confinadas aprovechan para pedir oraciones especiales  y otras dan testimonio del bien que le ha hecho la experiencia. Así vuelven a sus celdas y galeras, con un poco más de esperanza.


La capilla se vacía y el grupo visitante espera hasta que la oficial a cargo le indica que puede salir. Recogemos nuestras tarjetas de identificación y nuestras demás pertenencias. Cada uno vuelve a su auto para volver a sus casas o lugares de trabajo. Empero, uno no sale igual. Se lleva en la mente y en el corazón las imágenes de las confinadas, de sus  tatuajes y de sus muchas lágrimas. Uno se va, sabiendo que Jesús de Nazaret —quien también estuvo confinado— se queda con las mujeres de la Escuela Industrial.

¿Qué opina usted? Le invito a compartir su opinión, comentando tanto el contenido de esta columna como los comentarios de otros lectores.

El Rev. Dr. Pablo A. Jiménez es el pastor de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) en el Barrio Espinosa de Dorado, PR. Para contactar el Rev. Jiménez, o acceder varios de sus escritos, grabaciones de audio o vídeos, visite http://www.drpablojimenez.com

 

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