Al margen de la tragedia ocurrida ayer en Massachussets, donde tres personas murieron y cientos resultaron heridas por las explosiones de un par de artefactos cerca de la línea de llegada del famoso Maratón de Boston, comentaba ayer una compañera sobre el lado positivo que emergió aun en medio de una desgracia como esta, como ocurrió también en Nueva York el 11 de septiembre de 2001 tras el ataque a las Torres Gemelas.
Resaltaba esta compañera la solidaridad instantánea de personas extrañas que espontáneamente reaccionaron para socorrer a los que resultaron heridos ayer con el atentado en Boston. Y lo hicieron arriesgando sus vidas, porque, ¿quién les garantizaba a ellos que no fuera a explotar otro artefacto? De hecho, se comprobó que había otros aparte de los dos que explotaron.
Extraños, como destacó esta compañera, se tiraron de inmediato a hacer torniquetes y a despejar el camino para que el personal de emergencias llegara más fácilmente a las víctimas. En su ayuda solidaria no les importó bañarse con la sangre del prójimo, y nada de cohibirse por el hecho de no tener mascarillas ni guantes. Resaltaba ella también el hecho de que muchos bostonianos abrieron las puertas de sus casas para dar albergue a desconocidos que quedaron varados en la ciudad y no tenían dónde pasar la fría noche.
Decía esta compañera que actos como este le devuelven la fe, en por lo menos algunos humanos. Concordé con ella, pero inmediatamente su pensamiento me llevó al siguiente cuestionamiento, y aclaro que no para restar mérito a la solidaria reacción de la gente que socorrió a las víctimas.
El cuestionamiento y reflexión vino porque es algo que nos tenemos que aplicar todos: ¿Por qué tenemos que esperar a que ocurran tragedias, para entonces mostrar nuestro lado humano, de solidaridad y de amor? Y claro que estos actos de solidaridad tienen que ocurrir también en momentos como el que se vivió ayer.
¿Pero por qué no tener también actos de solidaridad cotidianos con el vecino, el amigo, el familiar, el hermano de la iglesia, el de la calle? De seguro que no nos costarán tanto esfuerzo o riesgo como el que implica estar en medio de un atentado como el de Boston.
Una simple visita a quien está enfermo, una llamada a quien puede estar pasando una crisis familiar o en el matrimonio. Aunque sea para dejarle saber que estamos interesados en apoyarles. O incluso tener la valentía como muy pocos tienen, cuando haya que denunciar un patrón de maltrato o violencia doméstica en nuestro vecindario.
Como le comenté a esta compañera que planteó el tema, la reacción de la gente que socorrió a las víctimas, es algo que llena de esperanza. Y nos hace entender que en el fondo las personas sí se preocupan por su semejante.
Pero el problema es que en la rutina diaria nos hemos centrado demasiado en nuestro ego, en nuestros intereses propios e incluso en nuestros caprichos. Nos hemos fijado solo en nuestro entorno, olvidando a los demás. Nos hemos ocupado demasiado con nuestros propios problemas, y eso nos ha convertido en seres egoístas. Al punto de que como tenemos nuestras propias situaciones, se convierte en la excusa para no ayudar al que está peor que nosotros.
Que bueno que la gente se conduela y brinde su mano en esos momentos, como ocurrió con Nueva York y Boston. Pero debería haber solidaridad aun más, antes de que ocurrieran las tragedias. Me pregunto ¿por qué las veces que he viajado a Nueva York posterior a la tragedia del 11 de septiembre de 2001, no he visto el mismo espíritu solidario en las calles?
¿Por qué la Ciudad de los Rascacielos, la que nunca duerme, volvió al mismo estilo de vida egocentrista, atropellante y frío en que, a pesar de estar uno tan rodeado de gente, nos percatamos de que cada individuo vive allí como si estuviera solo en el mundo? Indiferente a los demás y a su entorno.
Por eso es que en el blog anterior expuse que la gente en el mundo anda buscando una paz que no es la verdadera. Una paz que realmente es pasajera. De hecho, en situaciones como esta, y con las constantes amenazas que ha lanzado Corea del Norte que podría detonar en una guerra que nadie desea, es común escuchar a la gente pedir paz.
Y por supuesto que ante situaciones como esta aspiremos a la paz. Pero queremos que haya paz en el mundo, comenzando por los hogares. Interesante que haya quien pida por la paz del mundo, más que por convicción propia porque se oye lindo decirlo, pero no pueda convivir con quienes le rodean.
Hay quienes no pueden vivir en paz ni siquiera en su entorno familiar, ni en su matrimonio. No se llevan bien con sus vecinos, y se pelean por colindancias de terrenos.
La paz verdadera es la que el Señor nos permite experimentar independientemente de las circunstancias a nuestro alrededor. Y de hecho, es una paz que edifica y nos permite reaccionar con cordura en medio de una 'guerra' que se vive día a día en la calle. Una paz que cuando la conocemos y permanecemos en ella, nos ayuda a reaccionar con amabilidad cuando otros reaccionarían con violencia.
O nos permite detenernos a analizar con calma la situación, por difícil que sea, escuchar las sabias palabras de alguien y tomar decisiones correctas, o discernir cuál es un buen consejo para luego tomar acción. Como el pasaje en Juan 21:3-6 en que los seguidores y discípulos de Jesús habían tenido una jornada sin éxito al salir al pescar, y al llegar Jesús a ellos les instó a volver a tirar las redes.
“Simón Pedro les dijo: —Voy a pescar. Ellos le dijeron: —Nosotros vamos contigo. Entonces fueron y subieron en el bote, pero no pescaron nada esa noche. Ya era de mañana cuando Jesús vino y se paró en la orilla, pero los seguidores no sabían que era él. Entonces Jesús les preguntó: —Muchachos, ¿tienen pescados? Ellos le contestaron: —No. Jesús les dijo: —Lancen la red por el lado derecho del bote y encontrarán algunos. Así que la lanzaron, pero no pudieron subirla al bote porque tenía muchos peces”.
Las circunstancias decían que la realidad era que no había nada que buscar allí. Habían pasado largas horas tratando de pescar algo, y a la hora que Jesús llegó a decirle que lanzaran la red de nuevo, no era la propicia para atrapar algo. Pero aun en su incredulidad, obedecieron y vieron el resultado.
Sí. Ya sé. Para muchos estos son puros cuentos. Lástima por ustedes que no podrán ver un milagro de estos hoy día, tan solo porque no pueden creer. Y sí, en su arrogancia dirán algunos que no necesitan un milagro, cuando la realidad es que le día menos pensado pueden necesitar uno, como la cura de un familiar con enfermedad terminal, la salvación de un hijo que sufrió un terrible accidente, etc. Pero en cambio, para el que cree, que glorioso es saber que el Jesús de la Biblia es el mismo que se hace presente hoy en nuestras vidas, y que suple, trae paz, restauración y nuevos comienzos cuando dejamos que tome el timón de nuestra vida.
Tras mi reflexión de ayer, y que aquí acabo de compartir, muy sabiamente la compañera me contestó que todos debemos abrir los ojos a la solidaridad cotidiana, tanto a las oportunidades de ejercerla, como para agradecerla cuando la recibimos. Como decía ella para concluir, quizás nos demos cuenta de que abunda más de lo que uno cree a primera vista. Es precisamente en esos actos en donde también vemos la mano de Dios, condoliéndose con los necesitados.
Sí. Condoliéndose. Porque aunque unos querrán de nuevo echarle la culpa a Dios por lo que allí ocurrió, en vez de reconocer que todo es culpa del odio y la venganza del ser humano que ha escogido separarse de Dios, el Señor se ocupa de enviar consuelo al dolido. Por eso mueve a personas a socorrer, consolar y dar la mano a su prójimo en medio del desasosiego. Y en medio de la tragedia, abraza, ama, consuela y te hace saber que en medio de la tormenta, él está contigo; no se ha bajado de la barca.
O escríbeme a arios@elnuevodia.com

Fue uno de cinco periodistas del hemisferio, y el único de Puerto Rico, en ser reconocido en el 2006...


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