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Antolín Maldonado

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19 de octubre de 2014

Tres regalos (1)

Si hoy día existimos y vivimos, es gracias a la obra de Jesús en la cruz. Resulta irónico entonces que otros creyentes nieguen su deidad.
Si hoy día existimos y vivimos, es gracias a la obra de Jesús en la cruz. Resulta irónico entonces que otros creyentes nieguen su deidad.

Hay tres regalos de valor incalculable que los cristianos hemos recibido y que son la razón de ser de nuestro existir y a la vez de nuestra fe. Son Jesús (el Hijo de Dios), la Palabra y el Espíritu Santo.

Indistintamente de que en su venida hubo gente que aun viéndolo dudó de que se tratara del Hijo de Dios, y aún hoy hay quienes dicen servirle a Dios pero no han recibido ni creído en Cristo como el Mesías, Él sí vino y realizó la obra redentora por la cual hoy día todos tenemos vida, incluyendo quienes no le recibieron, los que no lo aceptan y aun los que proclaman el nombre de Dios pero no el de Jesús.

Esos tres regalos en esencia contribuyen a restabler la relación del ser humano con Dios el Padre. Sobre todo Jesús, quien al morir por los pecados de la humanidad, fue el instrumento que Dios mismo envió para que esa relación que se interrumpió por el pecado del primer hombre, quedara restablecida.

¿Cómo saber que Jesús es uno de esos regalos que Dios envió a la Tierra? La Palabra misma lo establece.

“Y sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento a fin de que conozcamos a Aquél que es verdadero; y nosotros estamos en Aquél que es verdadero, en Su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios y la vida eterna. (1Juan 5:20).

Hay quienes históricamente han tenido problemas con aceptar que Jesús no solo es el Hijo de Dios, sino que es Dios mismo. Una de las tres personas de la Trinidad. Y cuando digo que hay quienes tienen problemas en reconocer al Hijo como Dios mismo, no estoy apuntando a incrédulos. Me refiero a seguidores de Dios.

Para negar la deidad de Cristo, se basan en que la Biblia misma habla de un solo Dios. Pero lamentablemente no les ha sido revelado tan grande misterio, y creo que en parte es por tener corazones endurecidos. Por eso, aunque la Palabra de Dios lo exprese claramente, no lo quieren aceptar. Y cuando una persona no desea aceptar una verdad, por más clara que esté, será imposible que la reciba.

“Y el testimonio es este: que Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en Su Hijo”. (1Jn 5:11) “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz. (Isaías 9:6)

¿Debemos poner en duda lo que dicen estos versos? ¿A caso debe la gente seguir haciendo como lamentablemente acostumbra; que le dan crédito solo a algunos versos bíblicos como Palabra de Dios, pero en otros que no se acomodan a sus ideas, le restan credibilidad?

La lista de versos para probar que Jesús fue Dios mismo encarnado en la Tierra no solo es interminable, sino que cada uno es una contundente verdad en sí misma. Y contrario a lo que muchos creen, la fe no está divorciada de la razón ni de la lógica. Al contrario, podemos usar la razón y la lógica para entender muchas de estas verdades, aunque ciertamente hay misterios de Dios que Él se los revela a quien Él quiere y cuando Él quiere.

Pero en este aspecto de aceptar al Hijo como a Dios mismo, yo le preguntaría a esos que niegan la deidad de Cristo, ¿cómo se sentirían si enviaran a un hijo de su sangre a una encomienda en representación suya, y ese hijo fuera rechazado, insultado y vituperado?

Si envío a uno de mis hijos en representación mía a cualquier tipo de gestión o lugar, esperaría que otros lo trataran tan bien o mejor de lo que esperaría que me traten a mí.

Pero evidentemente muchos no han entendido que el Padre envío al Hijo, y lo hizo esperando que lo respetaran como lo que es: Dios mismo.

Una parábola que citó Jesús a sus discípulos, es el mejor retrato de lo que ocurre cuando los seres humanos rechazan al Hijo de Dios.

“Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: ‘A mi hijo sí lo respetarán’. Pero cuando los labradores vieron al hijo, se dijeron unos a otros: ‘Este es el heredero. Matémoslo, para quedarnos con su herencia’. Ahora bien, cuando vuelva el dueño, ¿qué hará con esos labradores?” (Mateo 21:37-38, 40)

Por algo es que Jesús citaba él mismo las escrituras donde dice: “La piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser la piedra angular”. Esa piedra es Él mismo.

Un regalo supremo de Dios, que a la vez es Dios mismo porque vino a la Tierra a traer salvación, y lo que vino a hacer, lo hizo en nombre del Padre.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, a que dio a Su Hijo unigénito (único), para que todo aquél que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna”. (Juan 3:16) La Palabra dice también que Jesús no vino a condenar al mundo, sino a salvarlo. Entonces, resulta irónico que el mundo lo rechace. Y lo rechaza porque no lo han conocido, ni han procurado conocerle.

Esto, a pesar de que la Biblia declara en Jeremías 29:13 que “me buscarán y me encontrarán, cuando me busquen de todo corazón”. Interesante que estas palabras fueron declaradas al pueblo de Dios que había sido desterrado de Jerusalén a Babilonia por su desobediencia. Pero en su gracia y amor de siempre, Dios les prometió que si lo volvían a buscar de todo corazón, lo encontrarían.

Creo que eso es lo que necesitamos de nuevo. Abandonar los dioses de esta época hacia los cuales nos hemos desviado en nuestra atención, para volvernos a Dios y buscarlo de todo corazón.

Él no vino a condenar. Isaías 61:1-3 declara a lo que vino el Mesías: “El Espíritu del Señor DIOS está sobre mí, porque me ha ungido el SEÑOR para traer buenas nuevas a los afligidos. Me ha enviado para vendar a los quebrantados de corazón, para proclamar libertad a los cautivos y liberación a los prisioneros.

En otras palabras, no vino a condenar. Pero vale aclarar lo siguiente que está escrito en Juan 3:18: “El que cree en Él no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”.

El Hijo no solo fue un regalo dado a los hombres, a la raza humana, sino que en Él están todas las riquezas. Colosenses 2:3 declara, “en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento”.

Si hoy podemos hablar de Dios, de que existe, que es poder, que nos ama y que extiende su gracia y amor, podemos hacerlo por medio de su Hijo, quien siendo Dios mismo se rebajó para hacerse accesible a nosotros, pero no para que le despreciáramos, sino para que recibiéramos su regalo de vida.

“Aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre”. (Filipenses 2:6-11)

En la próxima ocasión hablaré del regalo que nos dejó Dios en su Palabra, y por qué debemos atesorarla.

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