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Las cosas por su nombre

Benjamín Torres Gotay

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31 de agosto de 2014

La máquina de hacer dinero

Cuando Víctor Fajardo fue designado secretario de Educación en 1994, le brillaron intensamente los ojos, porque reconoció al instante el inmenso potencial que tiene la agencia más grande del Gobierno de Puerto Rico. Mas el potencial que él le vio desde el primer instante no era para levantar una generación que reconstruya esta vajilla hecha añicos en que no se nos ha convertido el país, sino otros usos menos, digamos, confesables.

En el 2002, cuando ya había caído en las redes del Gobierno de Estados Unidos por la multimillonaria estafa que le costó doce años tras las rejas, se sinceró. Buscaba todavía piedad de las autoridades puertorriqueñas, con las cuales tenía muchas deudas pendientes y se lo contó todo a un investigador de la Cámara de Representantes, con la esperanza de que a nivel estatal le trataban con menos saña que la que le prodigó el gobierno federal. 

El Departamento de Educación, le dijo Fajardo al investigador Federico Quiñones Artau, podía satisfacer sin contratiempos las glotonas ansias de fondos para hacer campaña del Partido Nuevo Progresista (PNP), gracias a que un inmenso ejército de suplidores estaba más que dispuesto a soltar billetes y billetes en pasillos oscuros para seguir contando con la buena voluntad de los que controlaban el descomunal presupuesto.

“El Departamento de Educación era un banco de dinero”, dijo Fajardo.

Nadie lo ha dicho con esa claridad, porque nadie ha tenido los problemas de Víctor Fajardo. Pero esa es la trágica historia del Departamento de Educación antes, durante y después del tiempo de víboras de Víctor Fajardo: los partidos políticos lo ven como un inmenso banco de dinero y, por lo tanto, colocan en puestos claves a quienes estén dispuestos a entrar en esos trambos y no a educadores y administradores competentes.

Por eso es que año tras año vemos los mismos problemas, porque al Departamento de Educación lo llenaron de capas y capas burocráticas para acomodar a politiqueros del norte y del sur, del este y del oeste, y los verdaderos talentos, los que tienen sembrado en el corazón el bienestar de los niños y se prepararon para hacer su aportación, esos no tienen espacio en la dirección de esa agencia. Ni en ninguna otra, dicho sea de paso.

Por eso es que a los salones de clase ni a los niños llega casi nada de los aproximadamente $3,500 millones que tiene de presupuesto el Departamento de Educación, que es por mucho el más grande del Gobierno. 

En las últimas dos semanas lo volvimos a ver. Hace meses se sabe que cientos de maestros se iban a retirar. En junio se aprobó el presupuesto, pero de mucho antes se sabía que venía un recorte grande.

Pero la partida de incompetentes y politiqueros que está en todos los puestos directivos del Departamento de Educación no pudo prepararse para evitarle a los niños, a sus padres y a la gente decente del país el trauma de las últimas semanas.

Es una herida sangrante en el corazón de nuestro país el infierno que han tenido que pasar los niños de educación especial y los de corriente regular que al día de hoy no han podido tomar ni un día de clases. Es una ofensa a la dignidad de todos nosotros que se haya perdido el precioso tiempo en que esas criaturas no pudieron educarse, porque eso no hay cómo recuperarlo después.

Son una tragedia que la inmensa mayoría de los niños que le entregamos al Departamento de Educación fracase en las materias básicas, el hacinamiento en los salones, la crónica falta de recursos a nivel del aula.

Y es una tragedia que seguirá siéndolo mientras al Departamento de Educación lo controlen políticos, porque la prioridad de estos es su supervivencia y en eso, como bien dijo Víctor Fajardo, el Departamento de Educación no falla.

Todos los intentos que se han hecho por romperle el espinazo a esa bestia han fracasado porque los políticos, y los seres dóciles que desde la sociedad civil le compran todos sus discursos y les siguen como las ratas siguieron al flautista de Hamelín, han torpedeado todo lo que se ha intentado hacer.

En los tiempos de César Rey, secretario de Educación durante el gobierno de Sila María Calderón, una firma estadounidense hizo un estudio sobre la estructura de la agencia que concluyó que sus telas de araña burocráticas son más densas que las de la antigua Unión Soviética, que había prácticamente que demolerla y volverla a hacer y dibujó la ruta para qu se lograra.

A Calderón, que a mitad de cuatrienio ya había decido que no volvía a aspirar, le faltó voluntad política para emprender la monumental tarea.

Por los pasados dos o tres años, 40 organizaciones comunitarias han estado intentando convencer al país y a la clase política de que establezca un mecanismo que permitan desarrollar un plan de diez años para reformar la educación pública, pero los políticos y su coro de inconscientes prácticamente lo han matado.

A la educación pública solo se le puede empezar a sacar de la crisis con dos movidas así: demoler el Departamento de Educación, duélale a quien le duela, y  un plan estratégico a largo plazo.

Para ninguna de las dos cosas se puede contar con la clase política porque implicaría demoler lo que a sus estrechos intereses le ha servido bien y porque tendrían que ponerse de acuerdo y ceder control, cosas que para ellos son impensables.

Prefieren, entonces, seguir lo que nos metió en este infierno:  inventar cada cuatro años nuevos “planes”  que no son más que excusas baratas para hacer los movimientos de personal que les permitan acomodar a los de su color en los puestos claves y seguir succionándole la vida al Departamento de Educación y, con ello, al país.

Mientras tanto, la educación pública sigue barranco abajo y con ella el país, pues un país sin un sistema educativo que sirva está irremediablemente abocado al fracaso, como vivimos y sufrimos aquí todos los días de nuestras vidas.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay)

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