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Las cosas por su nombre

Benjamín Torres Gotay

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23 de noviembre de 2014

Batalla entre el ayer y el mañana

En lo profundo de la noche, cuando reina el silencio, el tumulto se apaciguó y hay tiempo de encontrarse con los pensamientos, se oye con una fuerza que ensordece.

Es como un tropel de caballos a lo lejos. El rumor lejano de una batalla de la que se hubiera desertado.

El susurro profundo de las entrañas de la tierra. Eso que oímos en esos momentos místicos en que nos encontramos con nosotros mismos, es esto: el cambio pujando por florecer y la parálisis defendiéndose.

Pelemos la fruta. Quitemos la cáscara. La pulpa. Lleguemos a la semilla. Al hueso. A la médula. A la esencia. Ahí lo vemos. Mucho de lo que en Puerto Rico nos atormenta y nos frustra, toda esta guerra, la gritería, la desolación, todo viene de lo mismo: fuerzas por ahora poderosas, y en este momento con éxito, intentan evitar que nuestra sociedad, como todas las sociedades modernas, avance hacia horizontes menos borrascosos.

En todos los rincones del planeta, pugna la razón contra la superstición y el miedo. A pesar del aislamiento propio de las colonias, Puerto Rico no es la excepción.

Eso es lo que hemos estado viendo aquí, con una frecuencia que aturde, en este tiempo de turbulencias. En los sitios en que superan estos atavismos, construyen sociedades más prósperas, menos violentas, más solidarias.

En sitios en que siguen dominando el miedo, los prejuicios y las supersticiones, siguen atascados en la violencia y el subdesarrollo.

Como nosotros. Como buena parte de América Central. Como África. Como todo eso que normalmente despreciamos y a los que,  a causa de esta manía nuestra por dejarnos dominar por el ruido y no por la razón,  terminamos pareciéndonos más de lo que quisiéramos reconocer.

Veamos, como principal ejemplo de esto, las valerosas gestas de derechos humanos que se dieron aquí en los pasados dos años. Pujándolo, con grandes esfuerzos, unos cuantos valientes lograron que se les otorgaran unos pocos derechos a los homosexuales, como han estado haciendo los países más modernos del mundo.

Ahora está prohibido discriminar contra ellos en el trabajo. Fue mucho menos de lo que se intentó, porque los enemigos de la modernidad, que tienen bajo su yugo medieval a varios legisladores, lograron suavizarlo.

Pero no se rinden. Continúan agazapados en las tinieblas, con las antenas paradas, atentos a cualquier avance, por minúsculo que sea, que atente contra su visión particular de la vida, para volver a movilizarse y mantener a nuestra sociedad atada a la época de las cavernas.

Esta semana, por ejemplo, se aprobó un nuevo Código Penal. Se intentó que tuviera sentido común, eliminando la absurda, retrógrada y disparada tipificación del adulterio como un delito penal. Se intentó que la prohibición del discrimen contra los homosexuales se extendiera a vivienda, servicios públicos y otros ámbitos de la vida.

De nuevo, los enemigos de la modernidad se tiraron a la calle y el Código Penal que se aprobó incluye el adulterio, que pertenece al ámbito más íntimo de una pareja, en la misma categoría del narcotráfico y abuso de menores y que se le pueda negar vivienda alguien solo porque manifiesta una sexualidad que, según algunas creencias, es pecaminosa.

Otra vez podemos ver cómo un intento de la sociedad por modernizarse, es combatido ferozmente, y derrotado, por los mismos que, si en su momento los hubieran dejado, no habrían permitido que se descubriera que la tierra es redonda.  

Nadie lo describió con más claridad que la senadora María de Lourdes Santiago: “me da mucha pena que al igual que ocurrió en ocasiones anteriores, esas mentalidades anteriores al diluvio, esas mentalidades cavernícolas, sigan prevaleciendo y favoreciendo que en este país hay gente que no vale tanto como los demás”.

 Ahora estamos amenazados con quedar atrapados en un anticuado debate sobre la pena de muerte, un castigo que carece de todo prestigio y que cada día es menos practicado.

La masacre familiar ocurrida el martes en Guaynabo, probablemente el crimen más horrendo que hayamos visto aquí en décadas, generó una reacción visceral que tiene a unos cuantos olvidando que de los 195 países miembros de la ONU, solo unos 20 tienen la pena de muerte.

Con las deshonrosas excepciones de Estados Unidos y Japón, todos los demás países industrializados y sociedades modernas lo han abolido  en las últimas décadas. Incluso en Estados Unidos, las ejecuciones están en su punto más bajo desde que el bárbaro castigo fue reinstalado en el 1976.

No hay razón para pensar que, en este momento, aunque nunca se sabe con la afición al absurdo que hay aquí, que la Legislatura ni el Ejecutivo se van a meter en ese bochinche.

Pero el auge que ha tomado el tema en los pasados días nos desnuda otra vez como una sociedad con mucho de primitiva, enredada en ideas viejas, atascada en debates hace tiempo dilucidados como absurdos.

Ojalá y fueran los ejemplos antes expuestos los únicos que ilustraran cuánto empeño ponemos en aferrarnos al prejuicio y a la ignorancia para no ver cuáles pueden ser las claves para superar este tiempo de confusiones y desengaños. Mas no lo son: mire a su alrededor, edúquese, estudie, quítese los prejuicios y verá cuánto perdemos como país y como sociedad por no querer ver lo todo: que el que avanza, poco a poco, va viendo.  

No le tema.

benjamin.torres@gfrmedia.com  @TorresGotay

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