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Las cosas por su nombre

Benjamín Torres Gotay

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21 de diciembre de 2014

La irrelevancia

Algún día nos pasará como esta semana a Cuba: con rostro circunspecto, haciendo alusiones a la larga historia en común, citando a uno de nuestros grandes poetas como Barack Obama citó a José Martí, el que sea presidente de Estados Unidos en ese momento se presentará ante el país para comunicarle al mundo que Puerto Rico ha sido descolonizado y que a partir de determinada fecha seremos X o Y, lo que hayamos finalmente escogido de manera inequívoca o acordado de tú a tú con Washington. 

Lamentablemente, ese día parece hoy más lejos que nunca. Mientras Cuba y Estados Unidos, que se han odiado por décadas con encendida pasión, que se han espiado mutuamente, que se han organizado y perpetrado atentados de uno y otro lado, que una vez estuvieron a punto de caerse a bombazos nucleares, empiezan finalmente a entenderse, nosotros, más que nunca antes, seguimos divididos y enconados los unos con los otros.

Y eso es un obstáculo prácticamente insalvable para solucionar nuestro eterno dilema de status.

Por causa de esto, mientras el mundo celebra que la enemistad entre Cuba y Estados Unidos, uno de los últimos vestigios de la odiosa guerra fría en el mundo, se haya disipado, la vieja colonia puertorriqueña, que no estuvo ajena a los traumas del enfrentamiento entre Washington y La Habana, yace olvidada en el fondo de la historia. 

Han llovido en estos días análisis sobre el impacto del nuevo orden entre Cuba y Estados Unidos en las siempre difíciles relaciones de Washington con América Latina. Nadie ha mencionado, ni de casualidad, a Puerto Rico. A nadie parece importarle que en plena América, en este Caribe ardiente, hay un país demasiado parecido a Cuba, una colonia de 3.6 millones de seres sometidos a los designios de un imperio que hace y deshace aquí como le viene en gana, sin que aquí podamos decir ni esta  boca es mía. 

Pocas veces ha dolido tanto nuestra irrelevancia internacional. Pocas veces se ha visto tan claro cuán invisibles somos.  Derramamos sangre y dolor a cuenta de las disputas entre Cuba y Estados Unidos y ahora nos dejan a la intemperie. 

Más allá de nuestras costas, celebran el entendimiento de Cuba y Estados Unidos como si esa fuera la única mancha de Washington en la región. Hasta Barack Obama, quien ocasionalmente ha venido aquí a hacer proselitismo o a ser amamantado con dinero para sus campañas, tuvo la audacia de invitar al mundo a “dejar atrás el legado del coloniaje y el comunismo”, sin sonrojarse ni por un momento ante el hecho de que su gobierno mantiene aquí una colonia a la que allá solo se le presta atención cuando necesitan un billetito para política o unos cuantos incautos para ir a hacer bulto a una convención.

Nosotros nos hemos buscado esto. Tratándonos unos a otros como enemigos, buscándonos siempre como darnos la puñalada por la espalda a nosotros mismos, incapaces de encontrar una pulgada de terreno común para atender nuestros problemas, de los cuales el status puede ser el principal, pero sin duda no el único, les hemos dado la excusa perfecta a los apologistas de la cobardía y el inmovilismo en Estados Unidos para no hacer nada. 

Hay un enredo de todos los demonios aquí, un laberinto dentro del cual nos pasamos chocando unos con otros. Casi nadie, fuera de aquí, entiende qué es esto de lo mejor de dos mundos. No es raro, habrá comprobado el que hable de este tema con un extranjero, que haya que explicarle de 20 maneras distintas, el enredo político en que vivimos, para que lo entiendan por encimita. 

Les hemos ayudado, organizando consultas de status amañadas, agarrándonos de explicaciones exóticas para no llamar las cosas por su nombre, tratando de irnos por la línea de fondo sin pagar, buscando siempre pasarse de listo el que está arriba y haciéndose el tonto el que está abajo, produciendo resultados casi imposibles de explicar.  Hemos logrado, así, la construcción de un pueblo sicótico que no sabe de dónde viene, a dónde va, ni dónde está parado ahora mismo.

Hay ocasionalmente llamados a la unidad de personas muy bien intencionadas que comprenden que solo uniéndonos podemos salir de este hoyo, hacernos oír afuera y hacer comprender que es una vergüenza para el mundo que en pleno Siglo XXI los puertorriqueños sigamos viviendo bajo un régimen colonial. Pero la clase política, que, como buitre, vive de la carroña de la división y de la narrativa de la crisis, le corta el paso a cualquier amago de entendimiento.

Lo que pasó con Cuba esta semana es una ocasión que se puede aprovechar para intentar deshacer el nudo que nos ahoga. Todo el análisis aquí se ha basado en el miedo de que, con una Cuba abierta, se nos haga aún más difícil salir del atolladero económico. Eso, sin duda, es un reto.  

Pero hay más. La revolución cubana afectó profundamente la vida aquí: el surgimiento de un estado comunista a tan poca distancia aquí provocó en Estados Unidos una esquizofrenia tal que se desató aquí una brutal oleada de represión contra independentistas cuyas reverberaciones aún son perceptibles. Más de 100,000 puertorriqueños fueron carpeteados, perseguidos, mancillados y vejados y se produjeron los asesinatos aún sin resolver del exiliado cubano Carlos Muñiz Varela y de Santiago Mari Pesquera, hijo del líder independentista Juan Mari Bras. 

La guerra fría entre Estados Unidos y Cuba fue aquí una guerra caliente que dejó heridas que aún no han cicatrizado. 

Si tuviéramos una clase política madura, responsable y con sentido de historia, sería, pues, un buen momento para ir juntos a Washington y recordarle a Estados Unidos que sus cuentas de la guerra fría en el Caribe no estarán saldas hasta que viabilice en Puerto Rico un proceso de autodeterminación genuino, autoejecutable, que nos permita dejar de ser la última colonia de América y una de las últimas del mundo.

Esa es una mancha que, a fin de cuentas, es más de ellos que de nosotros.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay)

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