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Las cosas por su nombre

Benjamín Torres Gotay

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28 de septiembre de 2014

El refugio

Era la hora en que tenía que estar aprendiendo versos de Góngora, el contenido de las células o estudiando la correspondencia entre Martí y Betances. Estaba, en cambio, corriendo caballo por un barrio de Juncos, en compañía de un adulto con récord criminal con el que no tenía vínculo familiar.

Tenía que estar practicando la flauta, el saque del voleibol o la geometría.  Estaba, en cambio, siendo asesinado a balazos.

Eso es bien a grandes rasgos lo que le pasó el jueves a las 3:30 de la tarde a Yachiel Colón Caraballo.

Tenía 13 años, vivía junto a su madre y tres hermanos menores en el residencial Narciso Varona en Juncos, le gustaban los caballos, el dominó y los gallos y estaba en la calle porque había sido suspendido de la escuela Fulgencio Piñero Rodríguez, donde cursaba el sexto grado.

La sola mención de su nombre el viernes hacía llorar a algunos de sus compañeros de escuela, perfectas criaturas enfrentadas de súbito a la realidad insufrible de que crecen en un país en el que saber de alguien muerto a fuego y plomo es algo cotidiano. La sola mención de hechos así, de niños que son asesinados en la calle a horas en que debían estar en la escuela y de otros que empiezan a ver tales tragedias como algo normal, nos debería hacer llorar a todos.

Yachiel crecía en lo que los sociólogos denominan como “ambientes tóxicos”. Esto es, viven en un mundo en el que la violencia, la droga, el narcotráfico, la pobreza material y espiritual, la marginación y la muerte, son cosas cotidianas, son vistas como lo natural, lo normal.

La mayoría de nosotros, estaría meses llorando a un hijo de esa edad que nos maten. El jueves, cuando agentes de la Policía llegaron al hospital donde yacía el cadáver de Yachiel, no había nadie allí. 

Miles y miles de niños crecen hoy, bajo nuestras narices, ocultos bajo la costra de nuestros prejuicios, detrás de las altas paredes de los residenciales o en los laberintos inescrutables de barrios a los que no nos atrevemos entrar a menos que sea para capear, en ambientes así.

Nosotros, los que estamos acá, al otro lado de la verja, que vivimos en urbanizaciones seguras, que podemos enviar a nuestros hijos a buenas escuelas, no seríamos capaces de imaginar jamás cómo es la vida donde hay un punto de drogas en cada esquina y a fulano lo mataron la semana pasada, a mengano la anterior y perencejo hace tres.

 Hace un tiempo, este diario publicó un artículo estremecedor que pretendía dar una idea de esta monumental tragedia. Maestras de la escuela elemental del residencial Monte Hatillo en Río Piedras les pidieron a sus alumnos que expresaran por escrito sus inquietudes.

Lo que surgió de ese ejercicio podía quebrarle la voluntad a cualquiera.

“Apenas empiezan a vivir y ya están pensando en la muerte”, empezaba diciendo el artículo de la reportera Camile Roldán Soto, que pasaba entonces a relatar cómo los niños contaban de largas noche intentando dormir bajo sus camas por miedo a las balaceras que a toda hora se desataban en las afueras de sus apartamentos, el terror que sentían de que le mataran a un hermano, a mamá, a papá o a un primo y de cómo llegaban a la escuela cayéndose de sueño porque la noche antes “los guardias se la pasaron tumbando puertas”, entre muchas otras circunstancias así de insoportablemente dolorosas. 

Este problema surge de un enjambre de circunstancias sociales, económicas, políticas e históricas que no es posible discutir en esta columna. Lo importante es que comprendamos que existen mundos así, tan opresivos que quienes viven en ellos muchas veces no son capaces de imaginar ninguna otra forma de vida y que entendamos que, paso a paso, se puede solucionar.

El primer paso está ahí, a la vista de todo el que lo quiera ver.

En Puerto Rico, no hay muchos niños que no vayan a la escuela elemental. Para muchos, se sabe, es donde único ven orden. Es donde único alguien los escucha. Es donde único puede jugar sin miedo a una bala perdida. Es donde único comen caliente.

Más importante aún: es donde único se les puede transformar, mostrarles que hay vida más allá de la violencia y de la muerte, inculcarles el amor por el conocimiento y por la vida, hacerlos ciudadanos de bien.

Por cada uno que nos llegue a la escuela y devolvamos a la sociedad con una nueva idea de lo que se puede lograr en la vida, tendremos diez problemas menos después.

Por eso es tan importante transformar la educación pública. Por eso es que sin duda una de nuestras mayores tragedias es el acelerado deterioro de las escuelas públicas.

Por eso indigna y ofende las justificaciones de los que antes estuvieron a cargo y de los que están ahora también. Por eso da pena y tristeza que a esta hora, décadas después de que se empezara a derrumbar la educación pública, y a casi dos años de que el actual gobierno haya asumido el mando, no se vea ninguna mejoría y estén en la Legislatura y que “estudiando” el problema. Parecería que no vivían en Puerto Rico antes de ser electos.

Yachiel había fracasado algunos grados. Su padre había sido asesinado el 7 de mayo de 2003 en una de esas “masacres” que ya ni nos sobresaltan. Vivía en un semillero de crimen, muerte y pobreza. Es evidente que necesitaba atención especial, que con su familia posiblemente no se podía contar. Es evidente que suspenderlo, devolverlo al ambiente tóxico del que podía protegerse en la escuela, no era la opción correcta. No era la opción humana.

Las escuelas públicas pueden ser el refugio en el que recibamos en nuestros brazos a todas esas hermosas criaturas y los devolvamos a la sociedad convertidos en ciudadanos nuevos. Tenemos que transformarlas ya. Hoy, no mañana.

Sin más excusas. 

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay)

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