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Las cosas por su nombre

Benjamín Torres Gotay

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17 de agosto de 2014

Un problema de poca importancia

Hay ocasiones en la vida en que lo obvio, de tanto estar ahí, se hace transparente y resulta necesario repetirlo para que vuelva a existir. El periodismo, después de todo, es, según el veterano editor de periódicos británico Harold Evans, una batalla constante contra la amnesia colectiva.

Vamos, pues, a dedicar este espacio hoy a repetir algunas cosas que, por obvias, se deslizan como agua entre los dedos hasta que dejamos de verlas y de reconocerles su importancia.

Esto, por ejemplo: las posibilidades de éxito en la vida de una persona crecen en la misma medida en que tenga una buena educación. Primero se aprende a leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir,  un segundo idioma, historia, cosas así. 

Más posibilidades de éxito habrá si, después de aprender lo antes mencionado, que es solo lo básico, se profundiza aún más y se adquiere un título, una profesión, un oficio, una especialidad, una destreza que muy pocos otros puedan hacer igual a uno.

Las personas y los países se parecen más de lo que se ve a simple vista y esto de la educación es quizás el mejor ejemplo. Una buena educación es la plataforma desde la cual las personas despegan hacia mejores oportunidades en la vida; los buenos sistemas educativos son la zapata desde la cual se construyen sociedades ordenadas y  solidarias. La educación le da a la persona las herramientas para entenderse y avanzar en la vida. Los buenos sistemas educativos preparan a los países para afrontar los inmensos retos del presente y del futuro.

No es casualidad que múltiples encuestas a nivel mundial establezcan que los países con las economías más robustas tengan también los mejores sistemas educativos. Con ligeras diferencias, los países generalmente señalados como que tienen los mejores sistemas educativos son Corea del Sur, Japón, Singapur, Hong Kong, Finlandia, Reino Unido, Canadá, Holanda, Irlanda y Polonia.

Puerto Rico no aparece en esas listas por ser una colonia de Estados Unidos que no tiene personalidad internacional propia. Pero nadie tiene que decirnos que nuestro sistema educativo es, como casi todo lo que tiene que ver con gobierno aquí, un desastre.

Nadie tiene que decírnoslo porque, los que no somos ciegos, los que  consideramos un crimen sin nombre lo que se perpetra a diario contra nuestro futuro desde la oficialidad, lo vemos tan claro como el agua.

Hiere lo más profundo del alma de nuestro país las insólitas dificultades que enfrentan los padres y madres de niños de educación especial para acceder a servicios; insulta cómo niños son mantenidos meses en el ocio porque no se ha nombrado un maestro que los atienda; golpea cada vez que se sabe que la inmensa mayoría de nuestras escuelas no cumplen con los estándares mínimos de calidad; maltratar ver el estado en que están las plantas físicas de nuestros planteles. 

Ofende ver al secretario de Educación, Rafael Román, cuyo lema, según él mismo reveló esta semana, es “los ha habido peores”,  tratar de tapar el cielo con la mano  y querer justificarlo todo con la insultante excusa de que en la mayoría no hay problemas, cosa que, cuando todo esté dicho y hecho, también hay que poner en duda. 

Este es un problema grave y viejo al que nunca se le ha dado la prioridad que merece porque es el problema de los que no tienen el derecho a tener prioridades. Más claro: es un problema de los pobres, porque aquí todo el que puede, de clase alta, de clase media y a veces hasta menos, pone a sus hijos en escuela privada y la crisis en la educación pública pasa entonces a ser un problema de otros, de los menesterosos y desamparados, de los que no tienen más remedio que batallar contra esa bestia mitológica que es el Departamento de Educación. 

La crisis en la educación pública, si se fija, no ha salido nunca en The Wall Street Journal, ni Barrons, ni hay congresistas interesados agitando desde el norte para que se haga algo, ni su colapso amenaza ningún fondo de inversiones, ni causará la degradación de ninguna deuda, ni ha sido objeto de los análisiss que, de cuando en vez, de un tiempo a esta parte, nos obsequian entidades como la Casa Blanca y la Reserva Federal.

A nadie, por lo tanto, parece importarle, solo a las   madres y padres que se amarran a portones para que los oigan o a los desdichados que sacan a sus hijos en sillas de ruedas a coger sol en un piquete para llamar la atención, aunque sea por un rato, de la prensa o del político de ocasión.

Es un problema que solo nos ocupa cada agosto, mientras el resto del año el sistema sigue resquebrajándose, lejos del ojo de los que se llenan la boca hablando de revolución educativa o de que los niños son  primero.

A nadie le importa, pues sus hijos reciben, en un nivel de calidad proporcional a lo que se pueda pagar, una educación apropiada en escuelas privadas.

Si algo va a sacar al país del atolladero histórico en que se encuentra, es una  educación pública de calidad, que es de donde parte todo. Un país mejor educado es menos violento, más creativo y emprendedor. Incluso, vota mejor.

Por la manera en que todos los que nos han gobernado tratan este tema,  parecería que lo que quieren es precisamente todo lo contrario.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay)

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