Cada año juro que no asistiré a la fiesta familiar del Día de las Madres, pero siempre termino cediendo a las presiones de mi mamita querida. Es que no me da el corazón para decepcionarla. Ella es maravillosa y se merece que la complazca en todo.
Así que ante sus ruegos, me olvido de los sinsabores y procedo a preparar la consabida palangana de ensalada de papas que me toma la mañana. ¿Quién dijo que pelar 10 libras de papas es un bilí? Pero, la peladera es nada comparado con lo que tengo que enfrentarme en las dichosas reuniones.
Para empezar, no me queda de otra que hacer buche cada vez que mis tías Encarnación y Roberta -lo más parecido a Soledad y Solitaria, pero menos feítas- comienzan a preguntarme sobre mi vida “social”. Porque mira que son indiscretas. “Detalles, detalles”, suelen corear. Y en meses de sequía romántica, como los que vivo, pues no falta el comentario, “Nena agúzate, ponte las pilas, que se te va la guagua”.
Superada esta prueba, me enfrento a la madre de mi prima Lola, que no cesa en su empeño de recordarnos que nuestro reloj biológico sigue corriendo y que se nos está haciendo tarde para la “gran experiencia” de ser madres. “No entiendo cómo es que no acabas de sentar cabeza y te realizas como mujer. Nada como la maternidad para ser una mujer completa”, me dijo mientras esquivaba al nieto que pretendía secarse la nariz en su enagua.
Casi verde e hiperventilando le sometí al mojito que oportunamente me brindó mi primo Kiki. “Familia es familia... y cariño es cariño”... lo repito como un mantra.
No bien ya estaba entrando en calor y relajándome del cargado ambiente familiar cuando entre la multitud alcancé a ver la figura del tío Enrique de lo más campechano y de la mano de mi tía Susana. Solté un grito de terror. Mi madre al ver mi rostro desfigurado cayó a mi lado en menos de un segundo. “Cara, por favor, no me hagas pasar una vergüenza”, suplicó.
Sucede que el desvergonzado de Enrique abandonó a su familia, entiéndase a Susana y mis tres primos para vivir un tórrido romance con una mujer joven. Un buen día, llegó al hogar y sin encomendarse a nadie, agarró la libreta del banco, las llaves del carro, par de camisas, pantalones, corbatas, el frasco de Aramis, la cajetilla de cigarrillos y se marchó sin dar explicaciones. “Necesito espacio”, sentenció.
En medio de la habitación de la residencia recién adquirida, quedó mi tía. Sola, al cuidado de tres chicos que no sabían ni prepararse el desayuno. Y sola, echó hacia adelante la familia. Con dos trabajos a cuesta, sufriendo la mar de desventuras.
Ahora, al cabo de cinco años, apareció el canalla. Pidió perdón y volvió al hogar. Y nadie en la familia parece recordar el dolor y la angustia que provocó a Susana y a los chicos.
Allí estaba el sinvergüenza celebrando con todos, como soldado recién llegado de una trinchera. Y de su “hazaña” nadie comentaba. Hasta un brindis realizó mi tío por el susodicho.
Lo sentí, pero no pude aguantarme y le dije que era un descarado, que debía abochornarse. Cuento largo, corto... tuve que abandonar la fiesta. Todos se ofendieron. Incluyendo a la boba de Susana y a mi madre, por supuesto. Sorry!
Escribe a caramia@elnuevodia.com

Cara Mía es real. Es la vivencia de cientos de mujeres en y fuera de Puerto Rico. Igual da si tiene ...


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