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Viviendo Libia

Daritza Rodríguez Arroyo

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20 de diciembre de 2014

Las rotondas de Bengasi


A pesar del tiempo que llevo aquí, me sigo impresionando con la típica estampa bengasí de los cientos de hombres inmigrantes que a diario, entre horas de la mañana y parte de la tarde, atestan los contornos de las rotondas en las principales vías de acceso a la ciudad, esperando que algún conductor detenga el auto para ofrecerles trabajo.

Suelen agruparse por nacionalidades y gremios, donde destacan los obreros de la construcción y pintores de oficio. Son hombres jóvenes, provenientes de países próximos como Egipto, Sudán, Chad y Níger; pero también de casi todos los países del centro y norte de África. La mayoría está de tránsito, esperando poder reunir el dinero necesario para embarcarse y tras cruzar el Mar Mediterráneo llegar a Italia, donde les espera el “vía crucis” que supone la inmigración ilegal en cualquier parte del mundo.

El mes pasado, estando de visita en el hogar de una familia amiga en el centro de Bengasi, conocimos a un refugiado palestino proveniente del Líbano, que  luego de haber pagado la travesía de la ruta ilegal hacia Italia, y estando ya en suelo libio tras cruzar la frontera con Sudan, había quedado varado y sumido en  la incertidumbre tras una desgraciada cadena de infortunios.

Contó el hombre –y yo resumo- que tras volcarse la camioneta atestada de inmigrantes en la que viajaba, dos mujeres perdieron la vida y otros sufrieron heridas graves, siendo así inmisericordemente abandonados en el desierto. Él agraciadamente pudo continuar la travesía a pesar de haberse quebrado un brazo pero, al llegar a la población de Ajdabiya, a unos 160 km al sur de Bengasi, fue detenido por soldados no identificados que lo despojaron a él y a sus compañeros de viaje del dinero y documentos que al momento poseían.

Este hombre tuvo la suerte de poder contactar familiares residentes en Libia, pero su caso es excepcional, la mayoría de inmigrantes pasan sus días apostados alrededor de las rotondas en las avenidas de cualquier ciudad libia, buscando trabajos temporales de paga miserable, corriendo el riesgo de ser acosados, detenidos o asesinados por cualquiera que vea en su vulnerable situación la oportunidad de sacar provecho o simplemente hacer daño.  

Libia cuenta con una extensión territorial de más de 4,000 kilómetros, hace frontera con seis países y según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), tiene una población de apenas 6 millones de habitantes con millón y medio de trabajadores inmigrantes.

Si antes, al transitar las rotondas de Bengasi y ver los cientos de inmigrantes en cuclillas, bajo el sol inclemente, esperando por una oportunidad de trabajo, era imposible el no impresionarme; ahora después de haber conocido la historia de este hombre, es inevitable conmoverse y entrar en reflexiones que crudamente van revelando el verdadero y más esencial valor de la experiencia de vida en este planeta.

Además, me queda claro que en este lado del mundo raras veces el “querer es poder” porque muchos crecen pudiendo muy poco y el querer se debe paliar a la realidad si es que se interesa seguir vivo, pues cuando lo único que se posee es la vida misma, la principal de las aspiraciones es tan simple como poder abrir los ojos y encontrase vivo cada día.

El sufrimiento humano se refleja en muchas caras y cuando lo hace en la de los inmigrantes, se puede percibir a distancia la devastación emocional que los sobrecoge y lo pesada de la cruz que cargan. Seamos compasivos con los inmigrantes en cualquier parte del mundo, porque más allá de las motivaciones o implicaciones políticas y económicas, es esencialmente  una causa humana. 

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