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Francisco Javier Díaz

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24 de abril de 2013

Beber + guiar = combinación letal

No debe existir una persona en Puerto Rico que no haya tenido algún familiar, amigo o conocido que haya muerto en un accidente automotriz.

Es impresionante cómo se nos quedan grabados por siempre momentos impactantes en nuestra memoria. Todavía recuerdo las palabras de mi madre cuando, hace 20 años, me levantó para ir a la escuela un viernes en la mañana: “Anoche pasó una tragedia en la urbanización”. Su voz sonaba entrecortada y llorosa. Conociendo lo fuerte que siempre fue ella (madre de tres varones), me sorprendió mucho. Lo primero que me pasó por la mente fue si mis dos hermanos mayores se encontraban bien. Luego de ver que había captado mi atención y de que yo le preguntara soñoliento qué había pasado, ella mencionó: “Juan y Luis chocaron anoche, aquí dentro de la urbanización, y los dos murieron”.

Resultó ser que Juan, de 19 años y Luis, de 21 años, (nombres ficticios) eran vecinos nuestros desde pequeños y muy amigos de mis hermanos. Ellos venían de estar comiendo y bebiendo ese jueves por la noche, igual que lo hacían habitualmente. Por suerte, ninguno de mis hermanos los acompañó esa noche.

Luis manejaba una pequeña guagua Suzuki Sidekick, mientras que Juan iba en el asiento del pasajero. Ambos entraron a la urbanización, seguidos por un auto de otro de los vecinos que los acompañó esa noche. Aparentemente, los dos vehículos comenzaron a “cuadrar” (correr entre sí) por la calle principal de la urbanización. Era cerca de la medianoche, por lo que no había carros transitando por la calle. En una recta bastante larga, llena de badenes, ambos carros se mantuvieron acelerando en lo que sería un momento muy divertido para ambos, hasta que llegaron al penúltimo badén de la calle. Momento en que Víctor perdió el control de su carro y fueron a parar a toda velocidad contra un árbol. El auto se viró e impactó el árbol con la capota. Luis murió al instante, mientras que Juan estuvo varios minutos con vida, hasta que no pudo más.

El recuerdo del accidente, así como la muerte, el velorio y la ausencia marcaron mi vida para siempre, al igual que a todos los vecinos y, en especial, a los familiares de Juan y Luis. De hecho, el evento sirvió como el inicio o el fin, como se quiera ver, de una etapa dentro de la comunidad en la cual la tristeza y la calma sobresalieron por sobre cualquier otro estado de ánimo. La urbanización nunca volvió a ser igual. Al momento de los hechos, yo tenía 17 años y, a pesar de que ambos no eran de mi generación, sí había compartido con ellos, en especial con Juan, a quien le tenía mucha simpatía y aprecio.

A estas alturas de mi vida, me pasa con mucha frecuencia que al entrar por el portón de la urbanización donde todavía viven mis padres me transporto a esa noche fatídica y recreo cómo debió haber sido el inicio del fin para esos vecinos tan jóvenes. Además pienso en cómo se pudo haber evitado aquella tragedia.

Como mencioné, y aunque no se supo a ciencia cierta cuál fue la causa del accidente, siempre pensé que el alcohol pudo haber tenido mucho que ver en el asunto. Fue por eso que por un tiempo, cada vez que salía por las noches con mis amigos, tenía el evento dentro de mi cabeza, por lo que me controlaba al momento de tomar alcohol.

Al igual que Juan y Luis, en Puerto Rico, y en todas partes de mundo, son miles las personas que han muerto en accidentes de autos que pudieron ser evitados y que, de alguna manera u otra, están ligados al consumo del alcohol. Es por eso que, mientras más se pueda evitar, no guíes si has bebido de más o si no te sientes apto para hacerlo. Tú serás la persona que menos sufrirá en el accidente. Los más perjudicados de todo y los que la pasarán peor son tus familiares cercanos y tus amigos. De seguro que la vida de ellos ya no será igual sin ti.

Anotación final: Justo hace algunas semanas mi hija mayor, de 9 años, completó un trabajo especial en la escuela en donde tenían que escribir una frase que sirviera de consejo a los demás. Casualmente, y sin haberle hablado de este incidente, el consejo fue: “Si bebes, no guíes”. Todavía lo tengo pegado en la cocina de la casa como recordatorio de que en cualquier momento, mi vida y la de mi familia, puede cambiar por cualquier error que cometa en la carretera.

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