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Lourdes Ortiz

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13 de octubre de 2014

Me gusta el olor de la gente feliz


Huelen a esperanza… eso dice el refrán de algún desconocido autor, al menos por mí.  “Me gusta el olor de la gente feliz, huelen a esperanza”.  Ciertamente  he olfateado el olor de la gente feliz. Y ciertamente huelen ricamente a esperanza.  Un olor particular que provoca sensaciones corporales de seguridad y bienestar. Un olor que invita  a desear estar cerca de esas personas que son felices para contagiarse de su júbilo.

He aprendido a reconocerlas, quizás por el olor, quizás por la mirada o la postura corporal que refleja una libertad y soltura que invitan a uno a soltarse y liberarse.  Las personas felices son capaces de mirar a lo profundo de tus ojos  sin bajar la mirada, son capaces de sostener la mirada. Las personas felices son serenas y estables.  

Saben cuándo callar y cuándo hablar, pero la mayoría de las veces he visto que prefieren escuchar. Se alegran con las alegrías de los demás  y pueden estar cerca en los momentos de dolor. No suelen abandonar a los otros ni utilizarlos mezquinamente. Saben dar y recibir amor y construir relaciones que perduran a través del tiempo. 

Las personas felices logran trasmitir esperanza en medio de las dificultades de la vida cotidiana, no aspiran a un estado de jolgorio permanente pues tienen claro que eso no encierra la felicidad. No viven para los viernes, los quince y treinta de cada mes pues saben disfrutar cada momento aunque encierre dificultades. No permiten que las emociones de ira, rencor, coraje les roben la paz en medio de las tormentas. Las personas felices escogen que sentir y manejan sus estados emocionales en favor de sus objetivos de vida. Suelen trabajar  con sus áreas vulneradas y  potenciar  sus cualidades o talentos.

Pero sobre todo las personas felices destellan  confianza en sí mismas y en los demás.  Por sus poros sale un aroma que invita a lanzarse, a no temer, a sonreírle a la vida  no importa las circunstancias de la misma.

Pueden disfrutar de la mejor fiesta o viaje, pero también  sonríen y agradecen por un buen café y por los regalos cotidianos que la vida les ofrece en el encuentro con los otros, el aroma de las flores, los colores del cielo o del mar caribeño.

Las personas felices suelen aceptar su presente con un espíritu de transformación, conscientes que todo presente tienen luces dentro de sus sombras.  Los veo luchar afanosamente por cambiar aquello que deben mejorar de sí mismos y de su entorno.  Saben que todo cambio en la humanidad parte del cambio personal. No sienten que son el centro del universo y no dependen de los reconocimientos de otros para sentirse valiosos y capaces. Tienen una conexión con lo trascendente que va más allá de cultos e iglesias, aunque puedan  practicar una determinada religión. 

Gustan de las cosas sencillas y aman apasionadamente aquello que son y lo que  hacen. Aspiran a vivir cada día como si fuera el último y si tienen la oportunidad de jugar, cantar, bailar o de hacer aquello que disfrutan hacer,  lo hacen libremente.

Las personas felices están en todos lados, sería bueno detenernos a descubrirlas, a reconocerlas  por su aroma, por su mirada, por su sonrisa, pues es un privilegio estar cerca de una persona feliz. Su sola presencia nos llena de sana energía, nos contagia de su felicidad sin tener si quiera que emitir una palabra.

Pero mejor aún qué tal dedicar algún espacio de cada  día a cultivar nuestra propia felicidad. A descubrir que podemos vivir felices  y hacer felices  a los otros. Que en nosotros se encierran todas las posibilidades de una vida plena.  Qué tal dedicarnos a cultivar nuestro propio aroma de persona feliz, ese que impregna el aire de olor a esperanza. 

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Lourdes M. Ortiz Berríos es trabajadora social, graduada de bachillerato y maestría del Recinto de...

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