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Mario Alegre Barrios

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22 de abril de 2014

García Márquez y la entrevista que nunca le hice

Este artículo fue publicado originalmente un domingo de marzo de 2007, en la desaparecida Revista Domingo de El Nuevo Día. Lo reproduzco íntegramente, aunque su final parezca confuso. Hace alusión a otro artículo publicado ese mismo día en esa revista.

Hace unos días Gabriel García Márquez debe haber recibido un correo electrónico desde el Caribe -desde Puerto Rico- con escala en Cartagena de Indias, uno más de los cientos o miles que periódicamente él -o Mercedes, su esposa- convierte en nada con un simple teclazo.

No quiero parecer pesimista, pero sospecho con bastante certidumbre que ese mensaje ha corrido la misma suerte: todas las partículas eléctricas con cargas positivas y negativas que habrían de ser heraldo del mensaje desde mi teclado en Guaynabo hasta el monitor de su computadora en la Ciudad de México han dejado de existir. Así de simple: se esfumaron, desaparecieron. Ya no son, en flagrante contradicción a esa vieja ley del francés que afirma que en el Universo nada se pierde, sino que todo se transforma.

Ahora que lo pienso, debo admitir la posibilidad de que en el fondo de todo esto haya un problema de fe. Para más precisión, debo decir de ausencia de fe: nunca tuve esa convicción ciega a la que nos aferramos los humanos cuando sabemos que lo que pretendemos parece imposible y, ciertamente, este intento por tener unas respuestas directas del escritor colombiano tuvo desde el principio la lapidaria advertencia de su sobrino Luis Carlos, quien trabaja en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano: “Es bien conocida la decisión de Gabriel García Márquez, nuestro fundador y presidente, de evitar en lo posible entrevistas o contestar inquietudes como la que ahora le pides a través de nosotros”, me escribió no hace mucho. “El razonamiento es que si contesta una debería contestarlas todas y no te imaginas la cantidad de solicitudes que recibimos de todas partes del mundo. Aquí te puedo ayudar en cualquier cosa que esté a mi alcance pero no te entusiasmo porque es muy difícil, por no decir que imposible, contactarlo. Cualquier otra cosa que se te ofrezca con gusto te ayudo”.

Los periodistas nos ganamos la vida no sólo contando historias, sino también insistiendo. E insistí.

“Luis Carlos”, le contesté al hijo de Luis Enrique García Márquez, “gracias mil por tu respuesta y la aprecio... pero nada pierdo con pedir: ¿crees que le podrías hacer llegar al Escritor 4 ó 5 preguntas que yo te envíe por este medio? No te imaginas lo que esto significaría para El Nuevo Día”.

“Hola Mario”, me respondió. “Yo no tengo ningún inconveniente en hacerle llegar las preguntas, lo que no te garantizo es que las conteste ni que me las envíe de vuelta”.

Hice caso omiso del tono sombrío y le escribí al Escritor, con una breve nota a mi emisario:

“Apreciado Luis Carlos: como te prometí -y a merced de la fortuna que puedas darme en esta gestión- a continuación (y también en un documento adjunto) te someto el mensaje del que te hablé para el señor Gabriel García Márquez, con la certeza de que harás lo posible por darle una señal que al menos lo invite a leerlo. Una vez suceda eso, sé que las respuestas llegarán si considera las preguntas dignas de ello. Independientemente de lo que suceda, te agradezco infinitamente tu gestión y me reitero a tus órdenes para lo que estimes pertinente...”.

Esta fue la misiva que el Escritor nunca leyó o, si lo hizo, la despachó al éter con un irrevocable teclazo:

San Juan, Puerto Rico

17 de febrero de 2007

Estimado Sr. Gabriel García Márquez:

Espero que este intento de alcanzarlo haya superado todas las razones que pudiesen existir para que no fuese así. Sé de su añeja e inflexible decisión de no conceder entrevistas y de mantenerse distante de todo intento de establecer contacto con usted, en especial cuando la iniciativa parte de un diario.

No obstante, no tengo más remedio que alimentar la esperanza -como si esta fuese obra de la voluntad- de que estas líneas lleguen al destino que les sirve de aliento, gracias a la generosa ayuda del señor Luis Carlos García-Márquez Morelli, de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.

El diario con el que trabajo desde hace casi 20 años está preparando una edición especial en torno al cuadragésimo aniversario de la publicación de ‘Cien años de soledad’. No intentaré deslumbrarlo ni convencerlo con más argumentos: sé que en este simple enunciado está cifrada la inmensa trascendencia que reviste para nosotros -e infinidad de lectores- lo que usted tantas veces ha hecho a lo largo de su vida: regalar unas cuantas respuestas...

Don Gabriel, perdone si para nosotros significa tanto lo que quizá para usted pueda parecer tan poco...

Un abrazo desde este Caribe siempre incierto,

 Mario Alegre Barrios

Editor / CULTURA

El Nuevo Día

Durante casi una semana el intercambio epistolar cibernético con el sobrino trató de alimentar la esperanza...

2/21/2007 2:27 p.m.

Saludos Luis Carlos, sólo para saber si te llegó mi correo del sábado con el mensaje del que hablamos para el Escritor...

Gracias, gracias...

Mario Alegre Barrios

2/21/2007 5:22 p.m.

Efectivamente Mario, llegó un mensaje de asunto “en tus manos quedo”. Cuando tenga una respuesta te aviso.

Cordialmente,

Luis Carlos García-Márquez Morelli

2/26/2007 2:53 p.m.

Sé que poco o nada logro con preguntar, si acaso exasperarte, pero tengo que hacerlo: ¿hay alguna noticia del Escritor? ¿Crees que deba albergar alguna esperanza de que responda? Perdona mil veces la molestia...

Un abrazo,

Mario Alegre Barrios

2/26/2007 5:05 p.m.

Hola Mario, no te preocupes, no te voy a odiar. No me han dado respuesta, de lo contrario te la hubiera transmitido inmediatamente. La esperanza es lo último que se pierde pero si no estoy mal cuando hablamos las primeras veces te dije que era muy difícil. Exactamente, ¿qué es lo que estás haciendo ahora mismo referente a Gabo? ¿No te gustaría entrevistar a alguien que no sea él pero que pueda alimentar tu trabajo?

Cordialmente,

Luis Carlos García-Márquez Morelli

 2/26/2007 5:08 p.m.

Luis Carlos, gracias por tu respuesta... y por no odiarme. Si de algo estoy consciente es de tu advertencia sobre lo difícil de la empresa. Mira, lo que estamos trabajando es una edición especial en La Revista -que es el suplemento cultural dominical de El Nuevo Día- en la coyuntura de los 40 años de la publicación de ‘Cien años de soledad’ y obviamente pensamos que una entrevista con Gabriel sería vital para la dimensión que reviste el proyecto. Sin claudicar a la esperanza de una respuesta a mis preguntas, ¿qué otras alternativas me puedes sugerir?

Un abrazo,

Mario Alegre Barrios 

2/26/2007 7:58 p.m.

Pues no sé… tal vez que entrevistes a Jaime García Márquez, su hermano y también subdirector de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Ahora mismo se me pueden estar escapando de la mente otras formas de ayudarte, pero con seguridad te puedo colaborar en más.

Cordialmente,

Luis Carlos García-Márquez Morelli

 2/26/2007 9:07 p.m.

Sería interesante... ¿cuándo crees que me podría atender por teléfono por no más de 20 ó 30 minutos, para no abusar de su tiempo?... otra pregunta, ¿tú que parentesco tienes con Gabriel?

Saludos,

Mario Alegre Barrios

2/27/2007 12:07 p.m.

Sobrino, hijo de su hermano Luis Enrique. Déjame y consulto con Jaime cuándo te puede atender y te aviso. Perdón por la pregunta: ¿de qué país eres?

Cordialmente,

Luis Carlos García-Márquez Morelli

2/27/2007 12:13 p.m.

Gracias, gracias... cualquier cosa -y lo que estás haciendo no es precisamente “cualquier cosa”- vale un mundo... Soy mexicano, del D.F. Vivo en Puerto Rico desde hace 29 años -tengo 50- y desde hace 19 trabajo en El Nuevo Día, siempre como periodista en la sección de Cultura y, desde hace 5 años, como su editor... a tus órdenes para lo que necesites...

Un abrazo,

Mario Alegre Barrios

 Hasta aquí la certeza de haber hecho todo lo posible –y también lo apropiado, vamos, no se trata de caer en excesos más propios de los paparazzi- por conversar aunque fuese electrónicamente con el tío de Luis Carlos.

Mientras escribo esto trato de adivinar si el Escritor supo de mi gesto. Tal vez sí y en algún momento su mirada se posó por unos segundos en ese “Espero que este intento de alcanzarlo haya superado todas las razones…”, para luego murmurar: ‘¡Qué cursi el pendejo este… al carajo!’ y con una sonrisita huérfana de misericordia -sin que le temblara el pulso- apuntar con el ratón a esa línea nada menos que estúpida y enviar esas palabras al reino de nunca jamás con un leve movimiento del dedo índice de la mano derecha.

Quizá el mensaje nunca llegó, pero darle espacio a esta idea sería poner en tela de juicio la gestión de su sobrino y la verdad es que no soy tan miserable y malagradecido como para pagar así lo que sentí como genuino. Creo que hubiese bastado con que Luis Carlos respondiese de entrada mi petición con un “no jodas, no se puede” –con esa asertiva contundencia tan propia de los personajes garciamarquianos- para no haber alimentado ese -para mí esperanzador- intercambio ciberepistolar.

Por momentos -y con un optimismo fugaz- he pensado que el Escritor no sólo recibió mi mensaje, sino que lo leyó hasta llegar a las preguntas, alentado por un morbo retorcido, seducido quizá por la curiosidad de ver qué nuevos argumentos se inventan los periodistas para franquear el muro que lo protege y ganar su atención.

Al final me quedo con algunas dudas que convertí en interrogantes para el Escritor. De más está decir que el hecho de que yo no sepa las respuestas no quiere decir que no las haya contestado ya en alguna de las miles de entrevistas que le han hecho o en las líneas de algunas de sus novelas.

¿A cuál de todos sus personajes siente el Escritor que más se parece? Quizás a Florentino Ariza, el hombre de ‘El amor en los tiempos del cólera’ que esperó 51 años, nueve meses y cuatro días para estar con la mujer que amaba. ¿Por qué? No lo sé con certeza… tal vez porque Florentino es uno de los habitantes de ese mundo alucinante que más entrañablemente se abraza del alma del lector.

Sí, sí... ya sé que no se trata de lo que yo crea, pero siento que, después de lo que he relatado, resulta claro que intenté que fuese el Escritor quien nos dijese -aunque se repitiese- cosas como: ¿en cuál de todos sus libros le gustaría pasar la eternidad y por qué? ¿Cuál hubiese sido el libro que habría elegido escribir si la vida solamente le hubiera alcanzado para uno? ¿Qué tan agobiante ha sido para él la fama literaria? ¿Siente que ha sido demasiado alto el precio que ha tenido que pagar por la vida que ha tenido? ¿Qué diría si tuviese que resumir en un breve enunciado de no más de cinco palabras lo que significa para él ‘Cien años de soledad’? ¿Cuándo y cómo se dio cuenta de que había dejado de escribir desde la entraña? ¿Cómo se lleva consigo mismo y con Dios? ¿Qué lo ilusiona en esta etapa de su vida? ¿Con qué sueña con los ojos abiertos? ¿Qué respondería si la vida se le sentara al lado y le dijera: “Gabriel, creo que mereces que te conceda un deseo”?

He leído todos los libros del Escritor y nada de lo que en su obra es comunión de realidad y ficción me ayuda a saber con certeza -salvo estos balbuceantes ejemplos, fruto de la imaginación- lo que finalmente sucedió con mi mensaje luego de que el “enter” de mi teclado lo lanzó a la aventura.

Para terminar, un secreto que ahora deja de serlo: hay otro posible epílogo para esta entrevista que nunca fue, situación que realmente me aprieta al alma al pensar lo macondamente probable que puede ser: el Escritor sí recibió el mensaje, lo leyó y estuvo dispuesto a contestar las preguntas… hasta que recordó la promesa que le hizo a Luis López Nieves respecto a Puerto Rico como aldabonazo a la bizantina relación de amistad que ambos sostuvieron y de la que el autor de ‘El corazón de Voltaire’ da testimonio en estas mismas páginas.

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