Esto ya lo he contado antes. Hoy, su muerte me devuelve a la memoria.
Una tarde de 1990 sonó el teléfono de mi escritorio en esta Redacción. Cuando la voz al otro lado de la línea se identificó, pensé que se trataba de una broma: era el mismísimo Carlos Fuentes. El escritor mexicano. Mi paisano. El autor de “La región más transparente”. El que acaba de morir. Estaba en Puerto Rico, en el hotel Normandie, y me preguntó cortesmente si podía ir a verlo a la brevedad posible.
Nunca supe con certeza por qué me llamó precisamente a mí. Jamás nos habíamos visto y, aunque yo había leído varios de sus libros, no creo que alguna vez él hubiese hecho lo mismo con una sola de mis notas de prensa.
Fuentes había venido a San Juan en busca de escenarios para la filmación de la tercera parte de la miniserie de la BBC de Londres “The Buried Mirror”, de la que él era escritor, presentador y narrador.
Necesitaba que le ayudara a identificar posibles lugares para rodar varias escenas de ese capítulo que se tituló “The Age of Gold” y que finalmente se grabó en El Morro, el Fuerte San Cristóbal y algunas playas y cañaverales de la Isla.
Al día siguiente de ese encuentro -en uno de los recesos de la filmación en El Morro y quizás en agradecimiento a mi inmediata comparecencia en el Normandie - Fuentes conversó largamente conmigo, de cara al Atlántico y con el viento jugando con su ya entrecana cabellera.
Ramón “Cuqui” Korff fue el fotógrafo.
Aquella entrevista -que la candidez propia de la inexperiencia me hizo percibir como épica- fue de alguna manera el parteaguas en mi carrera periodística -a.F. y d.F.- y en un referente anecdótico para las conversaciones que posteriormente pude sostener con este carismático escritor con quien habría de pasar -poco más de una década después- una semana en Sevilla, España, junto a José Saramago, Arturo Pérez Reverte, Luce López Baralt, Antonio Martorell y Antonio Skármeta, en la filmación de uno de los capítulos de la serie “Las rutas del Quijote”, el proyecto de Caridad Sorondo.
Con la reverente curiosidad con la que todos los lectores nos acercamos a la obra de los escritores que admiramos, siempre seguí la de Fuentes a la distancia, subrayada esporádicamente por las ocasionales oportunidades en las que nuestros caminos se volvieron a cruzar.
A través del tiempo -a través de lo que escribió y de lo que habló- descubrí que, más allá del aire serenamente académico que lo caracterizaba, no sólo como un halo perpetuo, sino también como rúbrica del personaje que creó de sí mismo, Carlos Fuentes escribió siempre desde el dolor, desde la pérdida, desde la certeza que le reveló más allá de toda duda la tragedia que entraña siempre el fin de la vida.
“Qué injusta, qué maldita, qué cabrona es la muerte que no nos mata a nosotros, sino a los que amamos”, escribió en las páginas de “En esto creo” (Seix Barral, 2002) y esa lapidaria reflexión siempre tuvo una dolorosa y recurrente vigencia a lo largo de su vida.
Maestro de la palabra, Fuentes siempre supo usarla con deslumbrante precisión, aun en los momentos más inesperados: cuentan que en una ocasión, mientras ofrecía una charla en alguna universidad de México, uno de los asistentes intentaba interrumpirlo constantemente para ofrecer su propio punto de vista del tema en cuestión, molestia que el escritor ignoró hasta que la paciencia se le agotó. “Por favor amigo, espere, no sea pendejo”, lo atajó con voz firme. “Señor Fuentes -le reclamó el impertinente- no me insulte”. “No amigo, tranquilo, no lo insulto, lo defino”, sentenció Fuentes de manera categórica.
Como siempre sucede, la muerte acabó con su presencia física, nunca con sus palabras.
“La Tierra existiría sin nosotros, porque es realidad física. El mundo, no, porque es creación verbal. Y el mundo no sería mundo sin palabras”, escribió.
Al final, con eso nos quedamos. Con las palabras.

Mario Alegre Barrios, oriundo de la Ciudad de México y residente en Puerto Rico desde 1977. Periodis...


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