Los aspectos legales de la decisión de un juez que reconoce el derecho de los Testigos de Jehová a llevar su mensaje a las urbanizaciones cerradas, han sido discutidos hasta la saciedad. No voy a entrar en eso.
Pero debo decir que una parte de mí, la más mezquina, se alegra en el alma de esa decisión. Mientras los residentes de las urbanizaciones de lujo han vivido su vida sin tener que levantarse al amanecer de dios, en esos sábados de gloria en que a la mayoría de los mortales les apetece quedarse un rato más en la cama, muchos ciudadanos residentes en comunidades abiertas despertamos sobresaltados, furiosos por el concierto de perros, timbres repicando y los ¡buenos días! que enervan y taladran oídos.
Ya es hora de que los residentes de las urbanizaciones con control de acceso se sacrifiquen un poquito y los reciban también. Además, como ahora los Testigos de Jehová tienen la oportunidad de cubrir un territorio mucho más extenso, tocamos a menos. En lo que van a las urbanizaciones de copete y despiertan a las bellas durmientes, los proletarios dormimos a pata suelta. Es cuestión de balance y de hacer la sociedad más igualitaria.
Prevengo, sin embargo, a los Testigos, de que están cogiendo una mala prensa que para qué. Y hay un punto que me parece muy elemental: ¿cuál es el propósito de su insistencia en cubrir a la fuerza unos lugares donde no los quieren y donde se han echado a todo el mundo en contra?
Se me dirá que su misión consiste en eso, en entrar a todas partes aunque en teoría no vayan a conseguir nada. Pero una cosa es entrar en territorio neutral, donde la gente a lo mejor se molesta un poco porque la despiertan, pero igual los escucha, y otra es abrirse paso en una selva rencorosa, hostil, donde nadie les abrirá la puerta, y hasta pueden que les griten insultos.
El principal problema con esta decisión no es religioso. Dejémonos de ingenuidades. Una vez más, el problema con esta decisión es de bolsillo (les va a costar dinero a los más acomodados, y todito te lo consiento), más el asunto típico de la exclusión, que tampoco tiene que ver con la fe. La mayoría de los Testigos procede de capas humildes de la población. Mucha gente encumbrada, en tantas urbanizaciones que conozco, no ven ni verán con buenos ojos que estos hombres y mujeres con sus sombrillitas deambulen por sus calles, se acerquen a sus marquesinas, se paseen libremente por su sagrado reino.
No estoy con esto defendiendo las matraquillosas visitas. Me molestan como a casi todo el mundo. Con el tiempo -llevo décadas padeciéndolas- he tratado de llegar a un acuerdo con los visitantes. Les propongo un trato: yo los escucho durante cinco minutos, ¡cinco!, si ellos se comprometen a escucharme a mí. Si no aceptan, les doy con la puerta en las narices. Si aceptan, como ha pasado varias veces, oigo con atención lo que tengan que decirme. Cuando llega mi turno, les hablo de mis propias creencias, de mis convicciones políticas, de lo que representa el marco de injusticia y de desigualdad en que ellos mismos se mueven.
Les pongo ejemplos claros. La decisión del Tribunal Federal ya fue objeto de conversación el pasado 12 de mayo. Ese día, dos jóvenes testigos de Jehová llamaron a mi puerta. No recuerdo el nombre del muchacho, pero ella, bellísima, se llamaba Bianca. Me entregó la revista, ¡Despertad! o Nueva Vida, algo así. Un espanto de publicación; una antigualla mal hecha y mal diseñada, con las mismas horrendas ilustraciones que vienen utilizando desde hace décadas. Se los digo de buena fe: ¿a dónde piensan llegar con ese obtuso folletín?
Siempre me pregunto cuánto duran esos jóvenes en las actividades proselitistas. Supongo que algunos se quedan para siempre en las filas de la iglesia, pero debe haber un buen número de desertores. Les exigen mucho, y ahora, con las visitas a las urbanizaciones cerradas, les exigirán más.
Para los Testigos de Jehová ganar esa batalla por el acceso a todos los rincones del País, aunque luego no vayan a todos, era también un asunto de supervivencia económica y de imagen. El alto número de congregaciones evangélicas que han florecido durante las últimas décadas en Puerto Rico, tiene que haberles hecho mella y de algún modo buscarán resarcirse. Con apoyo internacional, presumo, pues aquí no hay para eso, se echaron encima el pleito de lograr acceso a las urbanizaciones cerradas y reafirmarse en su caballo de batalla, que es el proselitismo de puerta en puerta. Lograron lo que querían, pero ¿a costa de qué? Ahora tendrán que negociar horarios y enfrentarse a las juntas vecinales que ya diseñan estrategias para repelerlos. Bueno es subrayar que en algunas de esas juntas puede que se topen con líderes fundamentalistas, astutos como ellos solos, que viven en urbanizaciones caras y no desean intrusos.
Ya se habla de imprimir y colocar letreros en las casas para que los Testigos no toquen. El proselitismo se limitará a una especie de paseo sabatino por los jardines del Edén. Pero si eso los satisface, adelante: ábranse paso por los ariscos paraísos.

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