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Antes que llegue el lunes

Mayra Montero

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3 de agosto de 2014

Epidemias

Me maravillo del silencio de todos esos artistas que presumen de su fervor por la niñez, pero que no han dicho una palabra sobre la muerte de cientos de niños palestinos en la sobrepoblada Franja de Gaza, un lugar donde estalla un petardo y ya se mueren cinco, porque viven todos hacinados.

Con la excepción del actor Javier Bardem, que publicó un texto magnífico y que, después de todo, nunca se las ha dado de defensor de los niños, ninguno de esos famosos ha tenido un gesto. En estos momentos, Gaza no tiene luz eléctrica y decenas de miles de niños y sus familias, casi dos millones de seres humanos, viven en la oscuridad y carecen de agua potable. Y un niño herido de muerte, o ya cadáver, es más irrescatable que un niño desnutrido o sin educación. Un niño muerto ya no tiene posibilidad de pasar hambre o ser analfabeto. Habría que empezar por salvarles la vida, me parece, pero los famosos defensores de la niñez han enmudecido.

Por otro lado, y ese era el tema original de esta columna, han pasado cuarenta años desde que se documentó el primer caso de ébola en la República Democrática del Congo, que entonces se llamaba Zaire. En cuarenta años, ¿no han podido las farmacéuticas y los gobiernos de los países ricos dedicar tiempo y recursos a la búsqueda de una vacuna o algún antiviral que mitigue la virulencia de la enfermedad?

No. No han podido. ¿Cómo iban a poder si solo se morían los negros africanos?

Ahora se desata la mayor epidemia de ébola en la historia. Con miles de casos en Guinea, Sierra Leona y Liberia. Se informa que ya se han registrado algunos en Nigeria (los enfermos a menudo se esconden para que no los aíslen), y esta semana se han celebrado cónclaves urgentes en varios países europeos que tienen vuelos regulares y turistas en las zonas infectadas.

La muerte de Sheik Umar Khan, un médico de 39 años que, con los pobres medios que tenía, trató a más pacientes que nadie, y era el jefe de un grupo sanitario que se encarga de los enfermos de ébola en Sierra Leona, da una idea de la magnitud del contagio. 

Se dice que este médico era en extremo escrupuloso para protegerse del virus, que se transmite por contacto directo con la sangre o los fluidos corporales de personas o animales infectados. Tomó todas las precauciones posibles para no contagiarse y seguir batallando contra la enfermedad en los otros, y sin embargo cayó. Duró una semana. Otros dos médicos, uno estadounidense y otro de Liberia, han muerto en estos días. Son los héroes de una lucha que no ha tenido apoyo de estructuras poderosas o centros investigativos. Al igual que en el caso de Gaza, en este asunto del ébola los que han tenido que hablar, se han dado punto en boca.

Y, de buenas a primera, estalla el mayor brote de la historia, inquietante para los que han estado indiferentes. ¿Cuánto tardará en aparecer en los países europeos, que no pueden cancelar todos los vuelos a África ni evitar el intercambio de pasajeros?

Con el ébola se han vivido varios picos, ninguno como este. Puede remitir el brote en unos cuantos meses, pero según las fluctuaciones de estas epidemias, el próximo podría ser peor. 

Desde que se infecta una persona hasta que aparece la enfermedad, transcurren días o hasta varias semanas. En ese tiempo, los contagiados viajan, se mezclan con otros seres humanos, estornudan o tosen, es una plaga como de película. El ébola mata al 90 por ciento de las personas que lo contraen. El diagnóstico del virus, al presente, es casi una condena a muerte. Lo sabía ese médico de Sierra Leona, que era uno de los expertos en el virus, y de los pocos en atreverse a examinar a los enfermos.

Sé que el Congo, Sierra Leona, Liberia o Nigeria, son países que nos quedan muy lejos. Pero el chikungunya vino de por allá, de Tanzania y de Mozabimque, y cundió primero en las islas francesas, donde se infectaron miles, para luego caer sobre el resto de las Antillas.

En el caso del ébola, organizaciones y gobiernos se han desentendido. Los fabricantes de medicinas no han tenido interés en experimentar con la vacuna, ni en fabricar remedios que alivien a los que se enferman, porque ellos son los más pobres entre todos los pobres. ¿Con qué van a pagar pastillas o inyecciones?

Tendría que llegar el virus al corazón de los países ricos para que hagan algo.

Y será demasiado tarde para la mayoría de los contagiados.

Algunas de las grandes tragedias de la humanidad suelen comenzar por colosales silencios. Lo digo por el ébola. Pero lo digo por Gaza.

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