El horror nos sacudió a todos. Parecía el sádico argumento de una película de terror de bajo presupuesto pero resultó real la espeluznante historia de un monstruo oculto bajo la imagen de un inocente salsero boricua que mantuvo cautivas como esclavas sexuales a tres jovencitas por toda una década en Cleveland, Ohio.
Ariel Castro, el cincuentón yaucano de sangre fría y corazón de alambre de púas, engañó a medio mundo. Sus vecinos no sospechaban de este chofer escolar y músico. Su familia nunca imaginó sus andanzas y el tipo fue tan cara de lata que hasta tuvo el cinismo de ayudar a los padres de una de sus víctimas, Gina de Jesús, a repartir hojas sueltas que pedían cooperación ciudadana para hallar a la jovencita de 14 años, también boricua, que él había secuestrado en el 2004.
Junto a Gina mantuvo en angustioso cautiverio a Amanda Berry, a quien Castro secuestró a los 16 años en 2003, y a Michelle Knight, capturada a la edad de 21 años en 2002. A todas les robó preciosos años de juventud para mantenerlas a veces amordazadas y amarradas tanto con cadenas como con sogas, según ha trascendido. Es impensable el infierno que vivieron estas chicas día tras día, en esa casa llena de cerraduras, sin ver la luz del sol, asándose de calor en los veranos pues el maldito mantenía las ventanas siempre cerradas y algunas clausuradas con paneles.

Eran literalmente esclavas sexuales. No eran precisamente víctimas del llamado síndrome de Estocolmo, como se conoce a la condición en la cual personas secuestradas se identifican con el secuestrador. Encadenadas, no tenían opción de escapar aunque ya se sabe que lo intentaron y en ocasiones se escuchaban sus gritos desesperados. Una de las jóvenes, precisamente Amanda Berry, la que logró a grito limpio que un vecino la ayudara a romper una puerta para liberarla, tenía una niña de seis años. Algunos medios han indicado que, de acuerdo a las primeras entrevistas policiacas a las jóvenes, que hubo otros embarazos en esta casa del horror pero Castro las hizo abortar a golpes.
Ahora, tras la liberación de las jóvenes, trascienden hechos que apuntan a negligencia policiaca en la calle Seymour de Cleveland. Algunos vecinos de repente recuerdan incidentes extraños. Se llamó a la policia en varias ocasiones porque se escuchaban gritos ocasionales. Una de las veces lo que reportó una vecina fue haber visto a una joven desnuda que gateaba en el patio y a quien el tipo metió a golpes al interior de la casa. La policía tocó a la puerta, nadie respondió y ahí lo dejaron. ¿Eso fue todo? ¿En una calle de un sector donde había secuestros? ¿Ni siquiera les estaba curiosa la casa clausurada? Para colmo, Ariel Castro tenía expediente de violencia doméstica contra su ex esposa Grimilda Figueroa, a quien en 2005 (tres años después del primer secuestro) en una pelea le había roto la nariz, las costillas y los dientes. Igualmente había intentado secuestrar a sus hijas, pero finalmente no terminó en prisión por esos incidentes. Y no pasó nada con Ariel, hasta ahora ¡ocho años después!
Este monstruo desgraciadamente colocó una bandera de Puerto Rico en su casa, lo que ha indignado a todos los boricuas vecinos, así como a los puertorriqueños en nuestra Isla y allende los mares, tan prestos a ese asunto (tal vez puro complejo de autoestima colectiva) de “poner nuestra bandera en alto”. En realidad, estos seres despreciables como Ariel que cometen actos atroces no tienen patria y pueden nacer en cualquier país. No tienen por qué manchar a Puerto Rico, así como los criminales de tantas otras naciones no tienen que vincularse a su lugar de origen.

A Castro ya lo acusaron y está por verse si sus hermanos Pedro y Onil, descritos como dos borrachones, también son vinculados a estos crímenes, como se dijo inicialmente pero aún no se halló evidencia para poder ser acusados. El testimonio de las jóvenes será clave para radicarles cargos obviamente. Ariel, de quien un compañero de orquesta dijo que “como músico era un hombre alegre y feliz”, tendrá largos años en la cárcel para experimentar lo que es cautiverio pero su crimen fue tan espeluznante que mucha gente le ha deseado toda clase de castigos y torturas.
Lo único bueno de este caso es que las jóvenes ya se liberaron, al menos de las cadenas físicas. ¿Podrán sanar las heridas del alma, aunque es difícil no concluir que quedarán para siempre cicatrices? Sus familiares hoy pudieron celebrar con globos, flores y aplausos el casi increíble regreso a casa de las hijas perdidas.
Nancy Ruiz, la madre de Gina, quien siempre confió que su hija estaba viva y nunca cesó la campaña para encontrarla, planteó que aún todo le parecía un sueño. “La alegría es tan grande. Y no solamente por mi hija, si no por las tres”, le dijo al periodista de El Nuevo Día, José Delgado.
Ahora queda en manos de estas familias, de los amigos y de los sicólogos que sin duda les ofrecerán urgentes terapias, lograr con amor y paciencia que Gina, Michelle, Amanda y su pequeña hija puedan recobrar sus vidas. Así el tiempo dirá si, como todos deseamos, este pésimo cuento de horror al menos pueda tener para cada una su final feliz.
Si deseas comunicarte con Nelson Gabriel Berríos, puedes escribirle a nberrios@elnuevodia.com

Nelson Gabriel Berríos es un veterano periodista ponceño que labora como Editor de la Edición Domini...


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