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Ragui Vega Curry

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26 de noviembre de 2014

Un boricua en el Carnegie Hall

Puerto Rico no es solo desigualdad y violencia; es mucho más que crispación social y economía en crisis. Es también lucha y trabajo, creatividad y esfuerzo, y múltiples motivos para estar orgullosos.

Un buen ejemplo lo ofrece esta semana el saxofonista (y multiinstrumentista) Edgar Abraham, quien presentará este viernes 28 de noviembre su concierto “Unique: A Musical Journey” en el Carnegie Hall de Nueva York.

Abraham, quien comenzó en el mundo de la música cuando era un niño y es reconocido como un virtuoso del saxofón, se convierte así en uno de los pocos puertorriqueños que se ha presentado en la prestigiosa sala. En el concierto tocará tanto saxo como piano y estará acompañado por el percusionista Charlie Pizarro y el contrabajista Ariel Robles, en un repertorio de 10 composiciones originales que abarcan todas sus influencias, desde la música clásica hasta el seis chorreao, sin dejar de lado la música latinoamericana y el jazz.

“Mis composiciones se inspiran en experiencias de vida y en influencias multiculturales que trato de reseñar en mi música, porque busco siempre contar historias que toquen el corazón de la gente”, dice el músico de 33 años. “Cada composición describe un lugar o un sentimiento. El concierto llevará al público a las montañas de Puerto Rico, a Galicia, España, hasta la orilla del mar Caribe. Contará además la historia de un romance entre una gitana y un matador, en una pieza que estrenaré esa noche”.

Pero el concierto representa además una afirmación del artista. “Vamos al Carnegie Hall a mostrar las cosas positivas de Puerto Rico, a pesar de los titulares negativos. Con humildad, es una oportunidad de mostrar el espíritu emprendedor y la creatividad de los puertorriqueños. Queremos mostrar la riqueza de nuestra cultura y el sabor que hace que nuestra música sea única”.


Disciplinado y totalmente comprometido con su trabajo, Abraham dice que su energía para estar tocando y componiendo constantemente “nace del corazón, de mi compromiso de hacer buena música. Tengo disciplina, no fumo ni bebo -una copa tal vez en despedida de año- me levanto bien temprano, escribo todos los días y practico todos los días, sobre todo el saxofón. Lo alterno con practicar piano, para tener fortaleza en las manos. Practicar la percusión también me ayuda a tener más agilidad en las manos”.

“La mañana es la mejor hora para componer, uno está fresco y tranquilo”, comenta el artista. “Me gusta siempre comenzar practicando la música de Bach en piano y saxo para calentar. Desde el punto de vista de las armonías y los intervalos, Bach es muy completo para calentar”.

Abraham comenzó a tocar violín a los tres años de edad, de la mano de su padre Edgar Marrero Cotté, veterano músico clásico de la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico. “Desde los 9 años comencé a tocar saxofón y desde entonces nunca he parado”, dice sonriente. “En mi casa se escuchaba todo tipo de música y mi padre me apoyaba siempre. Era un maestro estricto, que me exigía aprender piezas de memoria en un solo día. Las tenía que tener grabadas en una casetera para cuando él regresara a casa de su ensayo”.

Graduado de la Escuela Libre de Música y Magna Cum Laude del Conservatorio de Música de Puerto Rico a los 19 años, Abraham comenta que sus primeras influencias en el jazz fueron las de los saxofonistas Charlie Parker, Cannonball Adderley, Stan Getz y Gerry Mulligan. “Practicaba 8 horas diarias los solos de Parker y algunos de Miles Davis también. En términos de composición, Chick Corea, Weather Report y Jaco Pastorius, así como Astor Piazzolla” fueron sus principales influencias.

Sin embargo, según comenta, su formación tuvo un enfoque realmente universal, pues también calaron hondo en él la danza, el seis y la guaracha jíbara; la música latinoamericana, específicamente los valses peruanos, el huapango y el joropo; y la música clásica, de la mano de compositores como Debussy, Paganini y el ruso Alexander Glazunov, cuyo “Concierto para saxofón en do mayor” fue la pieza con la que Abraham debutó con la Orquesta Sinfónica, a los 14 años.

Aunque practicó el boxeo durante unos meses en el gimnasio de Cataño y por su crianza en Levittown, frente a la playa, gustaba de practicar la natación, “lo primero era la música, aunque siempre hubiera tiempo para otras cosas”.

Con 16 producciones discográficas a su haber, dos nominaciones a los Premios Emmy por su especial de televisión “Edgar Abraham en el Heineken Jazzfest 2004” y dos premios Grammy por sus composiciones y arreglos para Calle 13, Abraham considera su presentación en el Carnegie Hall como “el comienzo de una nueva etapa, el  proceso de internacionalizar mi música. Sigo enfocado en la composición y me interesa muchísimo hacer música de cine”. Entre otras plazas, tiene planes para presentarse próximamente en Japón, “donde respetan mucho nuestra puertorriqueñidad y caribeñidad”.

“Creo que nosotros debemos llevar un mensaje de positivismo, de que en Puerto Rico hacemos cosas importantes en la cultura y el arte, de que aquí hay gente comprometida con esto”, enfatiza el músico. “Demostrar que no todo es violencia, que tenemos la mejor intención de hacer las cosas con ímpetu y positivismo. No todo es malo. Y de las situaciones más difíciles salen buenas ideas y buena música”.

“Queremos exhortar a la comunidad puertorriqueña en general a que apoyen este evento, que se celebra en el Mes de la Herencia Puertorriqueña en Nueva York”, agrega Abraham. “Nosotros tres somos egresados de la Escuela Libre de Música. Somos producto de este país y queremos abrir puertas para que otros puertorriqueños se lancen en sus propios proyectos en pro de la música y, a su vez, motiven a otros”.

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