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Ragui Vega Curry

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21 de abril de 2014

Cheo, la entrevista que no fue

Cada vez que leo una de esas entrevistas en las que el entrevistador pregunta, “¿qué cambiarías de tu vida si pudieras hacerlo?” y el entrevistado responde imperturbable y con algo de jactancia, “la volvería a vivir exactamente de la misma manera” me vienen dos pensamientos a la mente. O el entrevistado no ha aprendido absolutamente nada en todos sus años de vida o, sencillamente, miente.

Hay varias cosas que yo cambiaría con gusto de mi pasado, pero solo voy a hablar aquí de una de ellas. En mis años como periodista cultural, he tenido el gusto de conocer a varios escritores y músicos a quienes admiro. He tenido la dicha de entrevistar a algunos de mis ídolos salseros, como Ray Barretto, Rubén Blades, Ismael Miranda o Ricardo Ray y Bobby Cruz. Fue un deleite, además, conversar con pilares del jazz como McCoy Tyner o Dee Dee Bridgewater o con el recordado Paco de Lucía.

En mayo de 2012, Blades y Cheo Feliciano publicaron, tras una demora de varios años, un álbum que grabaron en conjunto y que titularon “Eba Say Ajá” –término que nunca explicaron pero que a mí me parece una deformación de la expresión “amesiajá” con la que Bobby Cruz le daba un impulso vocal/rítmico a la música en ciertos momentos claves de la interpretación y que luego Blades incorporó a su propio léxico-. En aquel entonces se me ocurrió hacerle una buena entrevista a Cheo, a partir del estreno de esa grabación. Hubiera sido un placer personal, más que profesional, hacer esa entrevista.

De algún modo, Cheo Feliciano siempre estuvo presente en mi vida. Cuando yo era un niño, hasta la casa de mis padres en la vía 17 de Villa Fontana –donde crecí- llegaban clara e insistentemente los sonidos de “Anacaona”, “Pa’ que afinquen’’ y otras de sus canciones, cortesía del vecino de la casa de enfrente, que no veía razón alguna para limitar el volumen de su estéreo a la hora de escuchar su música favorita. Así descubrí a Cheo: desde la otra acera.

Mi segundo encuentro fue en la desaparecida emisora Radio Voz, que para aquel entonces estaba situada en una esquina de Villa Fontana Park, la urbanización vecina. Había que caminar un rato para llegar allí, pero mi hermano Jaime y yo –así como un par de amigos- nos tirábamos para allá los sábados en la tarde, cuando sabíamos que, al final de un programa de entrevistas que realizaban a esa hora, podríamos obtener los autógrafos de los músicos que admirábamos. Y así fue: con su sonrisa generosa, Cheo firmó el LP homónimo que mi hermano le presentó, el primero que Jaime compró en su vida.

Los encuentros posteriores –más allá de las presentaciones y conciertos en los que lo oí cantar- fueron más repentinos, más casuales: varias veces lo vi en una “granja” –un colmadito de pueblo- en Cupey, al lado de la escuela Montessori donde estudiaron mis hijas, conversando alegremente con conocidos o admiradores. Hasta lo llegué a ver una vez haciendo una llamada desde un teléfono público en una avenida de Cupey. Siempre con una sonrisa para quien lo reconociera y saludara.

Tristemente –y volviendo a 2012- “Eba Say Ajá”, el disco que hubiese sido el impulso directo para entrevistarlo, no me gustó, o, por lo menos, no me gustó en la medida en que pensé que me gustaría. Sentí que no estaba a la altura de lo que estos dos titanes de la música eran capaces de hacer… y un poco desilusionado e incómodo, dejé para otro momento la idea de la entrevista.

Qué grave error.

Hoy, cuando esta figura central de la salsa y el bolero nos ha dejado inesperadamente, cuando al aquilatar su legado surge con más fuerza que nunca la certeza de que ha sido uno de los más grandes artistas de Puerto Rico y de Latinoamérica, cuando reconocemos que su voz fue parte esencial del “soundtrack” de la vida puertorriqueña durante las últimas cuatro décadas, ya no hay tiempo para sus respuestas. Solo me quedan las preguntas. Que son muchas, pero que podrían resumirse en una sola: ¿cómo se sintió? ¿qué emociones experimentó el ser humano tras el artista?

Así que, como mi pequeño homenaje personal al genio del sentimiento, al cantante querido, admirado e irrepetible, reproduzco aquí las preguntas de la entrevista que nunca fue y que, en cierto modo, trazan la trayectoria de su vida y su carrera.

• ¿Qué significó para ti convertirte en cantante, luego de tus comienzos como percusionista? ¿Fue una mejor manera de expresar todo lo que llevabas dentro?

• ¿Por qué estuviste tan poco tiempo con la orquesta de Eddie Palmieri?

• ¿Cómo fue tu lucha personal hasta vencer el vicio de las drogas? ¿Recuerdas el día a día?

• ¿Cómo fue tu primer encuentro con Tite Curet Alonso? ¿Qué pensaste inicialmente de él?

• ¿Esperabas que tu primer disco, “Cheo”, te convirtiera en estrella?

• ¿Imaginabas, mientras viajabas el mundo con las Estrellas de Fania, que estaban creando un legado imperecedero?

• ¿Qué significó para ti tener prácticamente a todas las Estrellas de Fania en la orquesta que te acompañó en “Felicidades”, tu clásico disco de Navidad?

• ¿Qué sentiste en tu resurgimiento en los años 80  con éxitos como “Los entierros” y “Amada mía”?

• ¿Cómo fue la vida después de la Fania?

• ¿Qué sentiste con el gran recibimiento que te dio el pueblo de Cuba cuando viajaste allá en los 90?

• ¿Soñaste de niño con la vida que has tenido?

• ¿Imaginaste alguna vez que te llegaríamos a querer tanto?

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