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Romeo Mareo

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31 de octubre de 2014

Engañado por las apariencias


Hace poco recibí este ‘emilio’ de parte de un lector que dijo llamarse “Eustaquio”, aunque sospecho que ese no es su nombre verdadero.

“Saludos, ilustre,

Soy un homo sapiens masculino de 38 años que se ha divorciado dos veces pero no aprendo y siempre estoy a la expectativa de que la tercera sea la definitiva. O la vencida. Como se diga.

Soy subgerente de un local de pizzas en el comedero de un importante centro comercial, puesto que me permite interactuar con nuestra clientela, especialmente la femenina, y eso no está mal.

Como usted se imaginará, tenemos muchas clientes frecuentes. En especial, muchas de ellas son también empleadas de otros de los negocios del mismo centro comercial. Y muchas de ellas, como también usted se imaginará, son chicas muy atractivas y amigables.

Pienso que nada fomenta más tono amigable que cuando la clienta fija es también colega de uno. Una compañera cercana, cobatalladora en la lucha diaria por obtener el pan de cada día.

.Una de ellas se llama Millie, y es una chica vivaracha, de pelo color aceituna -creo que se lo pinta- que lleva una especie de anillo incrustado en la punta de la nariz; una pieza de joyería que le queda de lo más bien, a decir verdad.

Aunque no me lo crea, es medio ‘punk’, y trabaja en una pequeña tienda de ropa ‘in’  para los jóvenes que queda al lado de comedero: una de esas tiendas con decorado sicodélico de la que escapa siempre un olor a incienso y una música de ‘reggae’,  junto a uno que otro grito de “policía, policía” cuando la cosa se pone pelúa.

La chica siempre venía con una amiga que trabajaba en la misma tienda -Annie- y, cada vez que venía, mientras ordenaba, nos poníamos a charlar un poco y como que coqueteaba un poco conmigo.

Tanto así, que hace tiempo me tenía intrigado y un día, cuando me topé con su amiga Annie a la salida del banco, aproveché para preguntarle, como quien no quiere la cosa, si Millie estaba en una relación con alguien.

Annie se echó a reír. “Si tú supieras”, me dijo, “que eres el tercer tipo que me hace esa pregunta esta semana. Pero no estamos ni cerca del récord, que es de cinco, impuesto  dos semanas atrás”.

“¿Y qué tú le has respondido a todo ese ejército de preguntones?”

“Que me parece que no, aunque en realidad no sé”, me respondió.

Entonces abundó: “Millie sale con uno un día, con otro al día siguiente. Y siempre la llevan a bailar”.

“Lo que yo creo es que, por arriba de todo, lo que ella le gusta es bailar, y todavía no ha encontrado al tipo que baile tanto o igual que ella”.

Le di las gracias por la información tan valiosa con la que había premiado mi recopilación de inteligencia de campo y la próxima vez que Millie visitó mi negocio, otra vez acompañada por Annie, no tardé en hacerle el ‘approach’.

“Esta noche es viernes y tengo ganas de irme a bailar. “¿Ustedes saben de alguien que me quiera acompañar?”

Millie, que siempre anda de broma, me preguntó: “No sé. ¿Prefieres que sea hombre o mujer?”

Una vez se aclaró todo, quedamos en que yo llevara un amigo y que nos encontraríamos con Millie y Annie en un elegante antro juvenil conocido como La Pocilga, ubicado en Río Piedras.

Para embromar, a quien invité fue a don Pancho, el señor calvo y algo regordete que maneja los hornos en nuestro local. Enseguida me dijo que sí y, para sorpresa mía, incluso me dijo que conocía el lugar.

En fin, los cuatro nos encontramos a la entrada de La Pocilga y, cuando vio a quién yo le traía de pareja, Annie demostró tener un gran sentido del humor, puesto que no protestó ni me dijo nada. Por el contrario, agarró por la mano a don Pancho y lo llevó corriendo al epicentro oscuro, humeante, ruidoso y lleno de gritos que yo tomé como la pista de baile, de donde a la larga yo emergí pocos minutos después sangrando por el codazo que alguien me había propinado en la frente y.sintiéndome como un veterano de Irak.

Lo último que vi allí dentro, sin embargo, fue a todos los muchachos haciendo un círculo y aplaudiendo mientras don Pancho y Annie brincoteaban a su antojo.

Más tarde, Pancho me contó que allá para los anos ochenta él había tocado güiro electrónico con La Campiña Incorprated, la banda que fundó el fracasado género del punk-jibaro, y que se había perfeccionado como bailarín punk a partir de entonces.

Resultado: ahora cuando pasan por mi negocio, Annie y Millie solo tienen ojos para mi cocinero.

¿Qué te parece, Romeo?”

---------------------------------

Eso te prueba, amigo, que no se debe juzgar por las apariencias. Toma mi caso: quien ve tan solo mi exterior desorejado, no se percata que en mi interior late un tierno corazoncito que llora estremecido al escuchar las canciones de Ednita. 

Romeomareo2@gmail.com

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