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Romeo Mareo

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4 de diciembre de 2014

Un rayo no cae dos veces


Hay consejos maternales que uno escucha desde niño y luego obedece toda la vida al pie de la letra, sin saber si resultan ser correctos o meras supersticiones. 

Cuando yo era niño, mi mamá me bombardeó con muchos de ellos: “No te pongas a correr o a hacer ejercicios fuertes acabado de comer porque te puede dar una embolia”, “no tomes agua fría cuando estés todo sudado por el corre corre porque te puede dar una embolia”, y “no te metas al agua (en la playa) acabado de comer porque te puede dar una embolia”.

Como se puede ver, mi mamá tenía una idea fija con eso de las embolias.

Pero también había advertencias fatídicas de otra índole: si me ponía a embromar haciendo ojos de bizco, ella me aseguraba que si una mosca me pasaba por el frente me quedaría así para siempre.

Pero, más que nada, me advertía -como a todos todos en la casa- de los peligros que nos acechaban cuando empezaba a tronar con rayos y todo.

Ahí teníamos que correr a apagar el televisor, el estéreo o cualquier otro equipo eléctrico que tuviésemos en funcionamiento, porque ella aseguraba que “la electricidad atrae a los rayos”.

Y cuidadito con que a alguien de la familia se le ocurriera aprovechar precisamente ese momento para darse una ducha: según ella, el agua también atraía a los rayos.

En fin, todos la obedecíamos con una mezcla de ciego respeto y pavor, incluyendo a mi padre. Quien único escapaba de su control era Lucy, sobrina de una amiga de la niñez de mi madre, quien a veces venía a pasarse algunas semanas de vacaciones con nosotros y de la que yo creía estar enamorado con uno de esos enamoramientos secretos que son cosa de niños pero que no dejan de ser muy serios.

Esta, que era muy bonita y alegre y estudiaba en una universidad de los Estados Unidos, conocía bien a mi madre y las mil advertencias de todo tipo que ella siempre estaba barajando. Y Lucy también sabía cómo molestarla hasta la máxima potencia.

Así, cuando empezaba a tronar era cuando se le ocurría darse una ducha a esta muchacha que no debía tener entonces más de 25 años. Recuerdo una vez en particular en la que, tan pronto los fogonazos de los rayos empezaron a hacer parpadear las paredes de nuestra casa, ella se echó toalla al hombro y enfiló al baño canturreando alegremente una cancióncilla cuyo nombre escapa de mi memoria, aunque su coro se me quedó impregnado para siempre: “¡Cucurrucucú, palooooma!”

Aún debajo de la ducha, Lucy siguió entonando la alegre melodía, que a veces quedaba opacada por completo cuando se disparaba otro de los truenos, pero luego reaparecía a todo pulmón.

“¡Cucurrucucú….”

De momento, en pleno 'Cucu', un chorro de luz blanca iluminó el interior de la casa. Medio segundo después, sonó una explosión que hizo temblar las paredes.

Instantes más tarde, el olor a humo inundó la casa entera.

Al principio creíamos que había explotado el transformador de electricidad que estaba encaramado en un poste que se erigía frente a nuestra residencia. Pero entonces escuchamos un grito desgarrador: la puerta del baño se abrió de golpe y, del interior Lucy emanó a gran velocidad, desnuda, chorreando agua y tratando de taparse con manos temblorosas las partes  estratégicas de su cuerpo como mejor podía.

Fue a mí a quien tocó llevarle una toalla, y créanme que me tomé mi tiempo.

En fin, cuando nos atrevimos a mirar dentro del baño después que se desvaneciera el humo, vimos el roto enorme que el rayo había abierto en el techo, justo encima de donde estaba la ducha.

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Al terminar este relato, el amigo Juano tomó un gran sorbo de la cerveza que él se había sentado a tomar junto a mí y otros parroquianos en el ‘sports bar’ que yo frecuento en espera de que terminara el aguacero con tronadas que seguía cayendo afuera.

Depositó la lata vacía sobre la mesa de la barra y volvió a agarrar con las dos manos los binoculares de explorador que tanto nos habían intrigado a todos, y que habían provocado que Juano tuviera que contarnos toda esta historia para explicarnos su presencia.

“Ya ven por qué los saco siempre cuando está tronando”, dijo.

“¿Para qué?” le pregunté sin entenderlo muy bien.

“¿Por qué va a ser?” preguntó, riendo. “Por si vuelve a aparecer Lucy, a quien no he vuelto a ver desde entonces”.

Romeomareo2@gmail.com

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