Un caballero de verdad nunca se aprovecha de una dama cuando ésta no está sobria. Lo malo es que, según ocurre muchas veces, las damas no tienden a tener ese mismo nivel de ética con los hombres.
Antes de que me linchen o me tilden de machista, misógeno, fascista o fanático de los Yanquis de Nueva York, les copio aquí el escrito que me hiciera llegar hace poco un querido lector que dio el nombre de Anónimo, explicando que era su seudónimo.
--------------------------
Hace poco fue mi aniversario de bodas número 25 con mi esposa. Para celebrarlo en grande, le propuse una noche muy especial: una cena en un restorán seguida de una ida al cine, en la tanda tardía, para ver ‘The Avengers’, una película que, a decir verdad, me interesaba más a mí que a ella, que por lo regular prefiere los temas tiernos y llenos de amor. “Rambo” y cosas así.
Tal como esperaba, ella no se mostró furiosa cuando le hice la oferta, aunque me aguó un poco el panorama cuando me dijo: “¿Por qué no invitamos a Sari? Ella se siente tan sola”.
¿Que quién es Sari? La respuesta sencilla: su hermana menor. La más complicada: un terremoto con patas.
Pienso que es una historia común y corriente: hace años, al conocer a la familia de la que sería mi esposa, tuve la desdicha de conocer también a la tal Sari. No era tímida la muchacha: desde un primer momento me dejó saber dos cosas: que yo también le gustaba a ella y que, aunque yo estaba saliendo con su hermana, ella no tendría el menor reparo en conquistarme en sus propias narices.
Por suerte, su amenaza nunca llegó a peores porque al par de semanas de haberme hecho esta advertencia Sari se fugó de su casa con un sujeto que había venido a colocar un abanico de techo.
Cuando repareció, par de meses después, por suerte ya estaba bien cerca lo de mi boda con su hermana. A las pocas semanas, luego de una agitada luna de miel en Jayuya, nos fuimos a vivir en Buffalo, New York, donde yo, que estaba recién graduado de administración comercial, había tenido la buena suerte de conseguir trabajo como ascensorista de un edificio de de oficinas.
Eso fue hace muchos años. Después de muchas altas y bajas, a fines del 2011, ya ambos cuarentones “largos”, mi esposa y yo regresamos a vivir a Guaynabo, donde, casi de inmediato, comenzó a visitarnos con cierta regularidad Sari, quien se reponía de su último divorcio.
Y volvió a comenzar su asedio conmigo.
En fin, en el restorán el festejo fluyó sin contratiempos aunque, en el esfuerzo por aplacar un poco mis nervios, es posible que yo le haya dado más de la cuenta al vodka.
Tal vez por esa razón, al llegar al cine no supe reaccionar a tiempo cuando Sari se sentó junto a mí, en vez de al lado de su hermana, quien, como le sucedía en toda película de acción y violencia, se quedó dormida antes de que terminaran de pasar los créditos de apertura.
Por suerte, a pesar de la tentadora oscuridad, Sari no se propasó conmigo, limitándose tan solo a agarrarme una mano... Pero cuando la película empezaba ya a tirar sus últimos cartuchos, ella me tomó de la muñeca y, con su dedo indice, me dibujó en la palma de la mano, uno a uno, lo que supuse que eran los siete dígitos de su número de teléfono.
“Llámame”, me susurró al oído.
Dos semanas después, cuando volvió a visitarnos, Sari aprovechó un momento que mi esposa fue a ver si el perrito chihuahua, que era su adoración, estaba dormido en su camita para acercárseme y darme las gracias.
¿Por qué?
“Pues por no haberme llamado al número de teléfono que, en un momento de debilidad, yo escribí en tu mano. Tú no sabes cómo agradezco que no te hubieras aprovechado de mi pobre corazoncito cuando yo me sentía tan vulnerable”.
“De nada”, le respondí, “pero te voy a dar un consejo: para la próxima, mira a ver si escribes un poco más claro. El seis ese puede ser también un cinco, o hasta un cero...”.
Cuando regresó a la sala, mi esposa me preguntó: “¿Qué te pasó en la cara? ¿Te está chavando la muela otra vez?”.
Seguí sobándome la punta de la quijada: “Y tú no sabes cuánto”, le dije.
La ñapa
Tan pronto me enteré de que la calle Austria, de Puerto Nuevo, pasaría a ser ahora la calle Iris Chacón, en honor de la gran diosa boricua, me zumbé a toda velocidad en mi vehículo luego de llenarlo hasta el tope con 'coolant'. Pero -¡qué decepción!-, la calle es completamente recta cuando, para ser sinceros, debería estar llena de curvas.
romeomareo@elnuevodia.com

El nombre de Romeo Mareo es un seudónimo, pero eso no quiere decir que sea un personaje ficticio, a ...


Un caballero de verdad nunca se aprovecha de una dama cuando ésta no está sobria. Lo malo es que, según ocurre muchas veces, las damas no tienden a tener ese mismo nivel de ética con los hombres. Antes de que me linchen o me tilden de machista, misógeno, fascista o fanático de los Yanquis de Nu...
Estimado Mr. Romeo, Le escribo porque estoy al borde del precipicio, del colapso total... o, para decirlo en inglés, mi idioma materno y paterno también -puesto que tanto mi madre como mi padre son nacidos en los EE.UU.-, ‘out of my wits’. Este es el ‘issue’: mi nombre es Minnie. Aunque vivo en Ne...
Un amable lector que dijo llamarse Romito y que, por consiguiente, es medio tocayo mío, me hizo llegar no hace mucho esta comunicación en la que comparte una de las experiencias más devastadoras que podemos sufrir los hombres serios y respetuosos como nosotros: el síndrome de la muchacha que está ...
Aunque algunos de ustedes no lo crean, hay veces que me topo en algún lugar con alguna chica bien atractiva y, aunque me encantaría hacerle algún ‘approach’, de pronto la timidez me paraliza la bemba y no se me ocurre nada que decirle. Ya les dije que era posible que no lo creyeran. El proble...
Ernesto se enamoró de Margarita exactamente a las 3:15 de la tarde de 13 de febrero de 1984, en uno de los pasillos del primer nivel de San Patricio Plaza. Minutos antes, los dos -que no se veían desde que unos 10 años antes habían sido compañeros de clase en la Universidad- se habían encontr...
| Páginas: 1 |
