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Romeo Mareo

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14 de noviembre de 2014

La vida no es color de rosa


"Saludos, señor Romeo, 

Me llamo Amapola, como la flor, pero la verdad es que me siento con menos pétalos que nunca.

Mi dilema es el siguiente: desde hace siete años estoy casada con Eugenio, a quien conocí cuando ambos estábamos en la universidad: yo enseñaba filosofía y él era conserje, y como vio que yo ganaba casi tanto dinero como él, un día me propuso matrimonio para por lo menos poder tener televisión de cable.

Aunque no fue un ofrecimiento muy romántico, en especial porque me lo hizo al poner en ‘hold’ a la otra persona con la que estaba hablando por su celular, mi sueño de toda la vida había sido tener una familia y no dudé en darle en sí.

Fuimos intensamente felices, al menos durante esa primera semana y media. A partir de entonces, sin embargo, noté que Eugenio empezó a cambiar. Eran cambios sutiles, pero que una detecta con ese sexto sentido que tenemos las mujeres.

Lo primero fue cuando empezó a llegar más tarde de su trabajo: en vez de salir a las cuatro, como todos los empleados universitarios, él empezó a llegar frecuentemente después de la medianoche. Y lo peor es que se ponía evasivo cuando yo le inquiría al respecto: “¡Es que tú no viste cómo los estudiantes dejaron hoy el comedor!  ¡Hecho un asco!”, me dijo una vez.

Pero aunque me estaba raro que él tardara ocho horas adicionales en limpiar el comedor, se la dejé pasar.

Ya para el segundo año de nuestra relación, los cambios de Eugenio se volvieron más preocupantes: a menudo, por ejemplo, cuando los dos salíamos a trabajar en nuestros respectivos vehículos por la mañana (ahora yo era maestra de kinder en un colegio privado y a Eugenio lo habían ascendido a subayudante del conserje-jefe en la universidad), él llevaba consigo un maletín pequeño de lo más misterioso. Un día se lo abrí sin que él se diera cuenta, y vi que tenía dentro ropa interior, una botellita de perfume y un cepillo de dientes.

Cuando le pregunté al respecto, Eugenio me dijo que con los calores que estaban haciendo, él estaba sudando tanto al hacer sus habituales trabajos de limpieza que prefería darse un duchazo en el gimnasio antes de regresar a casa.

Claro, como tenía su lógica, se la dejé pasar también.

Creo que ya íbamos por nuestro cuarto año de matrimonio, cuando una de esas noches que él llegó a la casa pasadas las 11 y oloroso a jabón y a perfume barato, también me di cuenta de que tenía impresa en la mejilla la huella de unos labios untados de lápiz labial.

“¿Y eso?”, le pregunté.

Eugenio entonces se puso furioso… como nunca.

“¿Pero es que ahora tú me vas a estar cuestionando por todo?”, me preguntó. “¿Alguna vez te he dado alguna razón para que no confíes en mí?”

Entonces me dio una explicación que sonaba razonable: una jovencita universitaria lo había confundido con otro y le había dado ese beso de la mejilla al intereptarlo en uno de los pasillos de Humanidades.

“Si hubiera sido otra cosa, ¿no crees que soy lo suficientemente inteligente como para mirarme en un espejo del baño y limpiarme algo así?”, agregó.

Y lo cierto es que lo vi tan afectado que terminé pidiéndole perdón y jurándole que jamás volvería a dudar de él.

El año pasado, sin embargo, tuve mi prueba más grande: un día me sentí enferma en la escuela y, cuando regresé a casa a media mañana, me sorprendió no tan solo ver a la entrada del garaje el carro suyo, sino una van desconocida.

Y me sorpresa se hizo aún mayor cuando, al entrar en nuestro hogar, escuché una música ‘disco’ a todo volumen y, lo primero que vi fue a Eugenio sentado en el sofá de la sala con un trago en una mano y una sonrisa bobalicona en la cara, mientras que una muchacha de un cuerpo envidiable bailaba frente a él en panty y brassiere.

Al verme, Eugenio se mostró contrariado: “¿Pero por qué no me dijiste que ibas a venir más temprano?”, me preguntó.

Entonces me explic?ó que la muchacha era una vendedora ambulante de ‘lingerie’ y le estaba mostrando sus productos más recientes porque él quería darme una sorpresa de cumpleaños.

“Pero estamos en julio, mi vida”, le dije, “y yo no cumplo hasta febrero”.

Pero él me explicó que se trataba de una línea de ‘lingerie’  tan selecta que había que ordenar con muchos meses de adelanto.

Avergonzada, les pedí perdón por la interrupición y les pedí que siguieran con la exhibición, pero que yo me iba a tomar unas aspirinas y acostarme un rato porque no me sentía muy bien.

Pero mi sorpresa más grande ocurrió esta semana: Eugenio se me fue de la casa, llevándose la ropa en una maleta, y acaba de llegarme por correo un documento legal en la que se me pide el divorcio.

Cuando, llorando, logré conseguirlo en su celular para que me explicara la razón, Eugenio me dijo que se había dado cuenta de que yo no lo quería porque ya cualquier otra mujer hacía rato que le hubiera desbaratado una sartén en la cabeza,

¿Qué piensa usted, don Romeo?”"


-------------------------------------------

Lo único que puedo decirle, doña Amapola, es que me apena mucho su caso. Pero, recuerde… la vida no siempre es color de rosa.

Romeomareo2@gmail.com

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