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Romeo Mareo

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26 de septiembre de 2014

Bella por fuera, terrible por dentro


Un señor llamado Anónimo, que ya me ha escrito varias veces, me hizo llegar este escrito que habla por sí solo.

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Señor Romeo,

Ya alguien dijo -quizá fue usted- que no hay amor más ciego que el amor a primera vista. 

Pues eso lo vengo comprobando en carne propia desde hace varios meses, cuando entablé mi relación con Sandy.

Físicamente, Sandy es una mujer espectacular. A pesar de su apodo, tiene el pelo negro azabache y tan brilloso como la cola de un caballo bien acicalada. También es alta, viste con suma elegancia y se desplaza con el porte y la confianza de una leona que cruza la selva en busca de una presa apetecible.

Como subgerente de una sucursal bancaria en El Condado, el momento cumbre de mi semana eran esos viernes a las 9 a.m., cuando ella llegaba a depositar las ganancias de la ‘boutique’ en la que trabajaba a la vuelta de la esquina.

Así fue pasando el tiempo, yo mirándola y admirándola y ella ignorando hasta los más íntimos entretelones de mi existencia, cuando un día aproveché un pequeño incidente para abordarla: sucedió que tuve que salir del banco justo al mismo tiempo que ella lo hacía tras hacer su depósito, y justo a la entrada se encontraba un pobre deambulante que alargaba su mano pidiendo limosna. La muchacha se arqueó asqueada, levantando ambas manos, y gritó: “¡Huuuy1!”

“Permítame”, le dije, haciéndola delicadamente a un lado, y procedí a darle un peso al pobre menesteroso.

Ella me  lo agradeció con la mirada, pero me lo censuró con la palabra.

“¿Cómo es posible que usted le dé dinero a un tipo como ese, que seguro que se lo va a gastar despues en droga?”, me preguntó.

“Si me acepta que la invite a un café, estoy dispuesta a explicárselo con mucho gusto”, le respondí con un atrevimiento inusitado en mí, pero que se vio recompensado de inmediato cuando, riendo, ella me aceptó la invitación, tal vez impresionada por mi galantería… o acaso porque en realidad estaba loca por tomarse un café.

En fin, la cosa avanzó con bastante rapidez y ya esa noche nos juramos amor eterno y dimos los primeros pasos biológicos para iniciar una familia. Luego intercambiamos telefonos y resolvimos seguir viéndonos más de una vez a la semana.

El caso es que, en efecto, Mía -su nombre ficticio, claro- es una mujer hermosa y ultra refinada, pero muy pronto comencé a tener problemas con su trato a los demás.

Un día, temprano en la relación, le presenté a una tía que es adoración commigo y quien fue la persona que nos crió a mí y a mis hermanos. Pero no pude dejar de notar el gesto de asco que se dibujó en el rostro de Mía cuando mi tía la abrazaba: poco después me pidió que no se la acercara más nunca.

“Yo entiendo que tú la quieras y todo eso”, me dijo, “pero esa pobre mujer usa un perfume que huele a desinfectante”.

En los restaurantes, se pasaba criticándome por el monto de la propina que yo dejaba y a veces hasta me instaba a no dejar nada si, a su juicio, la atención recibida no era demasiado esmerada.

“Le estás haciendo un daño”, me decía retirando parte del dinero que yo había dejado a la mesera o el mesero, “porque se va a creer que esa es la manera en que debe hacer su trabajo”.

Y era igual de implacable con sus amistades: “Chica, ¿cuándo vas a dejar a ese novio que tienes ahora? El pobre, si ahora hasta parece que lo recortaron con una máquina de cortar la grama”, le oí una vez cuando hablaba por celular.

“Además, siempre anda con esos mismos zapatos andrajosos: búscate uno que por lo menos tenga chavos para llevarte al cine de vez en cuando”.

Lo peor fue la vez que la vi pegándole con su cartera al perro guía de un ciego que se acercó a olfatearla en la acera.

A mí, hasta el momento, no me ha tratado mal, pero me pregunto si eso no cambiará si dejo de llevarla a comer langosta y a tomar champaña o a los clubes nocturnos más caros.

De hecho, a veces pienso en dejarla… pero no hago más que verla caminando hacia mí con esos zapatos de tacones tan altos y esa arrogancia de modelo de ‘high fashion’  y me digo que me conviene esperar un poquito más.

¿Qué me recomienda, Romeo?

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Le entiendo perfectamente, querido amigo. Cuando le dé el primer carterazo, sin embargo, tómelo como un indicio de que la relación puede estar llegando a su fin.

Romeomareo2@gmail.com

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