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Romeo Mareo

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18 de diciembre de 2014

Hechos el uno para el otro


Estaba yo sentado frente a la pantalla de mi escritorio, listo para iniciar mi siestecita de las dos de la tarde, cuando de pronto la rotunda silueta de Arnaldo se dibujó ante mí.

“¿Puedo preguntarte una cosa?” me preguntó.

“Bueno, ya lo estás haciendo”.

“¿Cómo?”

“Van dos”.

A la larga me zumbó la pregunta que realmente  me quería hacer: “Dime con honestidad: ¿Tú me consideras un tipo guapo?”

La pregunta me sacó de balance. Tan así que, de pronto, se me evaporó todo el sueño que tenía.

Entre los dos millones de cosas que nos diferencian de las mujeres, pienso, se encuentra el hecho de que raras veces un hombre celebra con elogios la facha de otro. Es decir, no solemos ir por ahí diciendo “oye, fulano, dónde te compraste esa camisa, te queda de lo más linda”, ni mucho menos “oye, ese peinado de queda bárbaro”.

En fin, cuando me vio titubear, Arnaldo llegó a sus propias conclusiones.

“Ya sabía yo”, me dijo. “Esa Sally me está cogiendo de zángano otra vez”.

Para quien no lo sepa, Sally es una compañera de trabajo cuyo escritorio colinda con el de Arnaldo.

“¿Tú sabes lo que ella me dijo horita, Romeo? Que yo le recordaba a un actor de cine”, agregó él.

“Bueno, actores de cine hay muchos”, le dije. “Hasta Rin Tin Tin era actor de cine, acuérdate”.

Arnaldo soltó una risita desganada.

“Muy gracioso”, dijo, utilizando una frase que repetía precisamente cada vez que algo no le hacía gracia.

“Pero Sally hasta me dijo su nombre. ¿Has oído hablar de Danny DeVito?”

Miré bien a Arnaldo: en efecto, el parecido era asombroso.

“¿Lo conoces?” me preguntó.

“Bueno, no personalmente”.

“Muy gracioso. Quiero decir, ¿has visto alguna de sus películas?”

“Pues sí”.

Arnaldo se permitió entonces una sonrisita de placidez. Era de los hombres que no estaba acostumbrado a que lo piropeara una chica, en especial una chica bastante atractiva, como Sally.

“¿Es guapo, eh?”

“No es mi tipo”, le dije finalmente.

Supongo que, a la larga, Arnaldo tuvo que haber visto una foto de Danny DeVito -hay otros usos para el internet, aparte de para pasarse uno el día chateando sandeces- porque, al otro día, fue Sally quien se materializó junto a mí, arruinándome otra siestecita.

“Dime una cosa, Romeo o como te llames”, me dijo, “¿qué pasa con mis orejas?”

Creí o por lo menos fingí no haber oído bien.

“Mis orejas”, repitió ella con impaciencia. “¿Qué? ¿Son muy grandes? ¿Tú dirías que parezco un Volkswagon con las dos puertas abiertas?”

Le hice el favor de auscultarle bien las orejas. Le dije que no veía ninguna anormalidad, salvo que, naturalmente, una era mucho más grande que la otra.

“¿Cómo?”

“Es una broma”.

“Muy gracioso”, me contestó ella, haciéndome recordar vagamente a otra persona.

A fin de cuentas, me confió que “un tipo bien pesao” le había dicho que ella hubiese sido una chica bonita de no haber sido -y aquí cito textualmente- “por esas dos aletas” que ella tenía por orejas.

Solté una risita de cortesía y le dije que no le hiciera caso a Arnaldo, ya que, probablemente, él sólo se estaba desquitando con ella, por haberle dicho que él se parecía a Danny DeVito,

Esto pareció confundirla.

“¿Y por qué va a querer desquitarse por eso? Es que a mí me encanta Danny DeVito”.

Ahí caí en cuenta de lo que estaba ocurriendo. 

No me tomó desprevenido, por consiguiente, el eventual anuncio de que Sally y Arnaldo se habían comprometido y que habían fijado la fecha de la boda para principios del año próximo.

A pesar de que ofrecí mis servicios, los novios no me aceptaron como padrino. Pero que nadie me coja pena:: eso quiere decir que, de ese modo, el día de la boda podré refugiarme en uno de los últimos bancos de la iglesia y aprovechar para echarme otra siestecita.

romeomareo2@gmail.com


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