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Romeo Mareo

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17 de octubre de 2014

El cuento de nunca acabar


Hay hombres que son altos, guapos, inteligentes y exitosos en los negocios y, aún así, no gozan de eso que los franceses creo que llaman “je ne petit pois” con las mujeres.

Es decir, confrontan grandes dificultades para atraer a las representantes del sexo opuesto.

¿Las razones? Puede haber muchas: mal olor, falta de caballerosidad, personalidad repugnante, demasiado apego a la bebida o al cigarillo…

En el caso de mi amigo Tommy (nombre ficticio), su principal detrimento solo era uno: la timidez.

Aunque en términos generales nunca había sido un individuo demasiado sociable, tenía la suerte de que, para su profesión como contable, no necesitaba serlo: solo necesitaba ser bueno con los números y las cuestiones económicas, y eso él lo tenía con creces.

La timidez tampoco era tanta como para que no compartiera con sus amistades yendo al cine o a alguna fiesta, jugara sóftbol con el equipo de la compañía, o incluso, cuando se daba unos tragos de más, encaramarse a la tarima de algún club con karaoke y ponerse a deleitar a la concurrencia con su versión, bastante personal, por cierto, del clásico romántico “Total Eclipse of the Heart”.

Pero con las mujeres Tommy no tenía solución: cada vez que una se le acercaba se ponía a temblar, tartamudeaba y un tic nervioso le ponía a aletear la oreja derecho a ritmo de samba.

Y cuando por algún milagro lograba concertar una cita, el nerviosismo le impedía desarrollar una conversación normal: o bien se ponía demasiado superficial y no dejaba de hablar del clima o de los últimos sucesos políticos, o entraba demasiado pronto en un plano más íntimo, preguntándole a ella, por ejemplo, que cuándo había sido la última vez que había tenido una relación duradera.

Desesperado, un día se inscribió en una página de citas parecida a Match.com., llenó el formulario que le hacía preguntas para tratar de definir su personalidad -color favorito, película favorita, música que escucha, etc.- y, a los pocos días, comenzó a recibir acercamientos de chicas que supuestamente compaginaban con él.

Ignoró a todas las que no incluían fotos -ese detalle en sí era significativo- y a muchas de las que las incluían las ignoró también a base de lo que decían: casi todas parecían haber leído el mismo manual o artículo de Cosmopolitan que las obligaban a responder lo mismo cuando se les pedía que describieran su cita perfecta: “Junto al mar al atardecer, con una copa de vino en la mano”.

Solo hubo una que le llamó la atención, una chica de ondulado pelo rojizo y pecosa que había escrito algo bastante enigmático: 

“Muchacha bonita, pero timida y con muchos lunares, busca hombre también timido para entablar una bonita amistad. PD: Debe ser bueno con los numeros”.

Tommy hizo los acercamientos de rigor y, a las noche siguiente, la llevó a cenar. La chica era fina, simpática y agradablemente tímida, y lo pasaron de lo mejor. Ella rio incluso cuando él le contaba las cosas graciosas que le habían pasado en su grisácea carrera como contable de una empresa privada, tema que por lo regular había sentenciado a muerte algunas de sus citas anteriores.

En determinado momento, cuando la conversación sufrió un bajón, él le dijo que le había llamado la atención lo de los lunares.

“La verdad es que no veo que tengas muchos”, le dijo. “Aparte de que los lunares me parecen bonitos”.

La chica, que se llamaba Anna, bajó la vista abochornada.

“La mayoría no se ven cuando estoy así, vestida”, dijo, “pero sí, son muchos”.

Entonces le contó a Tommy que una de las grandes frustraciones de su vida era no saber cuántos eran en total.

“Mi primer novio fue el primer en contármelos y me dijo que eran 41”, recordó. “Pero después, cuando me los volvió a contar, dijo que eran 79”.

Posteriormente, según parece, Anna había tenido otros novios, y a todos, tarde o temprano, les había pedido un conteo.

“El último fue el peor”, dijo. “Cada vez que me los contaba le daba un número distinto”.

“Esto lo trastornó tanto que pidió una sabática en su trabajo y se internó en un centro de rehabilitación y descanso”.

Y lo peor de todo, claro, era que para que se los contaran, ella tenía que desnudarse por completo.

“Por eso estoy buscando a alguien que supiera de números de verdad, que fuera metódico y no se fuera a equivocar”, agregó. 

Entonces miró a Tommy con ojos que brillaban con intensidad: “Así que tú eres contable, ¿no?”

La última vez que vi a Tommy fue a la hora de almuerzo en la cafetería que queda cerca de nuestros respectivas oficinas.

“Pana, estás desaparecido”, le digo. “¿Qué te cuentas?”

Entonces le vi una sonrisa que no le había conocido antes.

“No puedo decirte ahora”, me dijo. “Si te cuento, no acabo”.

Romeomareo2@gmail.com

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