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De Viaje

17 de junio de 2012
 

Burbujeante el Épernay

Exquisito viaje a la tierra del champagne, al noreste de París.

 
Vista en la Bodega Moët&Chandon, Francia.

Por Ana Marie Díaz / Especial para De Viaje

El más fino champagne, ése que despierta los sentidos y recorre la garganta con sabor exquisito, tiene su cuna en Épernay, un hermoso y tranquilo poblado de Francia, al noreste de París. En compañía de algunos colegas y amigos, emprendimos vuelo hacia el histórico lugar conocido como la Capitale du Champagne.

Nuestra aventura comenzó en Madrid, a donde llegamos directo desde Puerto Rico para hacer un cambio de avión que nos llevaría hacia la romántica París. Tan pronto pisamos suelo francés, sentimos la energía de la emblemática ciudad que tantas historias de amor ha inspirado. Un recorrido en taxi hasta el hotel donde pasaríamos la noche nos bastó para disfrutar de la urbe, el frío, la rica historia, las edificaciones. Todo, en perfecta sintonía, nos preparaba para nuestra llegada, al próximo día, a Épernay.


Llegamos en tren. A nuestro arribo, fuimos recibidos por representantes de Moët & Chandon y por quien fue nuestro guía durante los maravillosos días en Épernay, Pier Loui Philip. Sin tiempo que perder, nos transportaron por la Avenue de Champagne, un espectáculo de avenida que lleva a un recorrido por las prestigiosas casas champaneras de la región: Moët & Chandon, Perrier-Jouët, Mercier y De Castellane, entre otras. Todas con estructuras renacentistas, clásicas y propias del siglo 19, con estilos que capturan la mirada de cualquier turista.

Pero el verdadero espectáculo de Épernay está pegado a la tierra, en las bodegas. Y nuestra primera parada, por supuesto, fue en la impresionante casa Moët & Chandon. Mística, con olor a lujo, elegante, grandiosa. Muy gentilmente y con un conocimiento basto, Pier Loui nos explicó el significado del lugar. El edificio guarda la historia del señor Moët, regalos de amigos como Napoleón, y bellas esculturas. Su historia es rica, interesante y cautivadora. Tras caminar por la mansión y los anchos pasillos con cuadros en sus paredes, nos adentramos en un paseo por las bodegas donde se añeja el licor. Conocimos de primera mano el proceso de creación del champagne, y claro, brindamos.

Todos nuestros días en Épernay fueron una experiencia exquisita de degustación y deleite al paladar. Además de nuestra visita a Moët, conocimos las bodegas de Boizel, De Castellane, Mercier y Venoge, y la abadía de Dom Perignon.

En la abadía, pisamos, observamos y caminamos con particular regocijo el lugar en donde el monje Dom Perignon originó su exitosa receta. En el lugar todo es histórico, guardado con particular delicadeza. Estatuas del monje, sus notas, el huerto y cristalería son parte del encantador lugar. Sentados en uno de sus patios mirando hacia el río, ante un fascinante espectáculo de otoño y bajo un tibio sol, degustamos Dom Perignon. Catar el champagne en el lugar donde originó la receta transforma cualquier experiencia, de buena a fantástica. Experimentamos la misma sensación una y otra vez con cada visita a una nueva bodega, con cada recorrido por los viñedos.

Los residentes de Épernay conocen este alcance, por eso las visitas -incluso a los restaurantes- adquieren otro matiz cuando se abre el champagne. La comida servida va en perfecta armonía con las copas. Muestra de ello fue nuestra cena en La Briqueterie, donde nos sirvieron Tártara de langostinos con sabor cítrico y caviar, acompañado de una gran variedad de quesos. En las copas, Moët & Chandon. Una experiencia exquisita y educativa.


La Capital del Champagne, de 25,000 habitantes, es un lugar encantador, lleno de vida, con olor a uvas y un clima refrescante. Sus simpáticos habitantes sonríen, saludan y se muestran complacidos con las visitas de quienes acudimos a conocer su pasado.

Pisar el suelo de Épernay equivale a estar dentro de la región champanera de mayor abolengo histórico en el mundo. Cada uno de sus viñedos, de sus cavas y sus bodegas encierra un grato misterio, una leyenda que hoy viaja el mundo en botellas perfectamente empacadas, listas para las celebraciones. Una travesía por sus calles y recónditos lugares debe ser imperativo para quienes disfrutan, en cualquier parte del mundo, de un buen champagne.

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