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Puerto Rico Hoy
8 de julio de 2012
 

Burros dándole vueltas a la noria

El Estado no entiende, o no quiere entender, cómo combatir el crimen

 
Los legisladores recurren a métodos inefectivos para atacar el crimen (ARCHIVO/ EL NUEVO DIA / DENNIS M. RIVERA PICHARDO)

Por Benjamín Torres Gotay / btorres@elnuevodia.com

Mire esto, pero no se asuste, que no es lo más grave: el nuevo Código Penal aprobado a rajatabla en la última sesión ordinaria de este cuatrienio dispone tres años fijos de cárcel para quien “cometa cualquier desorden” en presencia de un legislador nacional o municipal o perturbe trabajos legislativos.

Eso es, a fin de cuentas, solo una bufonada de esas a las que la triste estirpe de legisladores a los que les dimos un curul con nuestro voto nos tiene acostumbrados y, aunque estos señores han puesto en estrados judiciales a unos cuantos de su misma estirpe, sería insólito que, el día en que este chiste de mal gusto, si es convertido en ley por el gobernador Luis Fortuño, sea impugnado, no aparezca una sola mente racional en el mapa judicial que le dé su merecido mandándolo al basurero de la historia.

Lo más grave de este nuevo Código Penal es otra cosa.

Es la visceralidad con la cual se intenta afrontar la monumental crisis de crimen que vivimos, insistiendo en la metodología, tantas veces fracasada, de lo punitivo; si metodología, en realidad, puede llamársele a ese conjunto de reglas irracionales imponiendo más fuete, penas más largas y castigos más dementes a los que sean sorprendidos cometiendo crímenes. No se han enterado, pobres, que no importa cuán largas sean las penas, si, como pasa aquí, casi nadie que comete un crimen es atrapado.

Están, pues, como el burro dándole vueltas a la noria, quedándose siempre en el mismo sitio, incapaz de entender esa máxima universal que dice que no se obtendrán resultados distintos haciendo siempre las mismas cosas.

Los que conocen el nuevo Código Penal, por ejemplo, han dicho que carece de todo sentido el aumento de las penas a los que cometan delitos contra la propiedad, un crimen casi de dominio exclusivo de adictos a drogas, que son enfermos a los que, en vez del sistema penal, debería atenderlos el sistema de salud. Nadie se equivoque. El que comete un crimen tiene que pagarlo. Pero hay diferentes maneras de pagarlo y, en algunos casos, como los de los adictos, almacenarlos en cárceles que son, de paso, las mejores escuelas de crimen del mundo, no es ni lo más efectivo ni lo más humano.

El crimen, ese minotauro insaciable mirándonos todo el tiempo a la cara con ese único ojo sanguinolento, es aterrador y puede parecernos invencible. Pero hay experiencias que demuestran que se le puede llevar a niveles tolerables: un sistema económico que nos dé igual participación a todos, educación de primera, no al servicio de la ideología de turno, atención integral a los que estén en riesgo de caer, solidaridad y respeto a todos los niveles y, no por último menos importante, un sistema de justicia criminal que sirva y que atrape a los que delinquen, que eso sí evita crímenes.

Para que se entienda bien: tal parece que los que mataron al joven de origen holandés Stefano Steenbakkers fueron atrapados, lo cual fue un gran golpe de suerte de las autoridades, pues casi nunca eso pasa. Pero si los atraparan más a menudo, los que lo hicieron, si las cosas fueron como se han contado hasta ahora, lo habrían pensado dos veces antes de darle cuatro tiros a un desconocido en plena calle.

Hay casos, aquí entre nosotros, no muy lejos, de comunidades que han logrado quitarse del rostro la verruga del crimen: el ejemplo mil veces citado, pero aún no entendido del todo, es Cantera, en Santurce, que fue una vez feudo de matones y perdonavidas, pero es ahora una comunidad vibrante, con sus problemas, como todas, pero mucho menos peligrosa que otras, gracias a que hace 20 años unos cuantos visionarios les metieron mano a sus problemas de manera integral, atendieron con precisión y calma las causas de lo que aquello era, y fuera de los perniciosos vaivenes políticos, lograron hacer el cambio.

Eso está ahí, pero no lo quieren ver por la más miserable de las razones: ese método de trabajo requiere tiempo que supera el diminuto ciclo electoral.

El nuevo Código Penal demuestra, en resumen, que las personas a quienes elegimos para que hagan cosas como estas, establecer el conjunto de reglas que rigen la sociedad, no entienden a la sociedad a la que dirigen o, peor aún, no les interesa entenderla.

Lo de las penas a los que, bendito, molesten a los legisladores cuando están en sus sagradas funciones, es un chiste, un chiste bruto, malo de verdad, pero que no perdurará. Lo que va a perdurar, si no acabamos de entenderla, es la pesadilla esta que vivimos todos los días a causa de la inmensa marejada criminal que lleva ya décadas ahogándonos.

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