El Programa Koban hace de la mentoría su mejor estrategia para la prevención
Por Laura N. Pérez Sánchez / laura.perez@elnuevodia.com
A Kevin Villegas no le cuesta reconocer que, hasta hace solo un año, su vida estaba comandada por su “mal carácter”.
Y con la misma candidez que explica su mala actitud en la escuela y en la casa, este muchacho de 14 años admite que fue una tragedia como la que tantos otros jóvenes viven a lo largo y ancho del País la que lo rescató de un letargo que pudo llevar su vida por ese mismo camino.
“En enero del año pasado, yo estaba normal, y lo que a mí me hizo despertar fue la muerte del tío mío”, dice Villegas sobre el impacto que tuvo en él el asesinato de un familiar tan cercano.
A partir de entonces, Villegas comenzó un viaje que sorprendió a sus maestras -la mejoría en las calificaciones ha sido notable- y a su familia, pero no a sus compañeros y facilitadores del Programa Koban del Centro Sor Isolina Ferré (CSIF) en Caimito.
Mientras Villegas relata los pormenores de su transformación, cinco de sus compañeros lo escuchan con una mezcla de normalidad y empatía que revela cómo sus circunstancias les resultan familiares.
Como parte de Koban, producto de una alianza entre el CSIF, la Policía y la Fundación Eisenhower del Departamento de Justicia Federal, 25 adolescentes de Caimito participan cada tarde, de lunes a viernes, de actividades que refuerzan su autoestima y les demuestran cuán capaces son de constuir su propio futuro.
Pronto, se sumarán al grupo otros 50 niños de este barrio enclavado en la colindancia entre San Juan y Guaynabo que por los pasados años ha sufrido épocas de mucha violencia y donde los índices de abandono escolar son altos.
La educación es, precisamente, una de las vías a través de las cuales Koban se inserta en la vida de estos jóvenes y la de sus familias con la esperanza de conseguir un cambio que trascienda el aspecto académico.
“(Los padres de los participantes) están muy deseosos de que sus hijos echen pa’ lante y de que su historia no se repita con ellos”, aseguró Pablo Dumeng, el policía al que todos conocen como Michael y que, este año, además de visitar la escuela y dar apoyo a los niños, tiene la encomienda de propiciar un diálogo comunitario para buscar soluciones a los problemas del barrio.
Todos los días, a eso de las 3:30 de la tarde, llega a las nuevas instalaciones del CSIF de Caimito una guagua con los participantes de Koban a bordo y Michael al volante.
Desde ese momento, se forman varios grupos que parten a los salones de baile, arte, liderato y a la biblioteca, donde un facilitador se asegura de que cumplan con sus asignaciones y proyectos.
Por eso, cuando se les pregunta en qué les ha ayudado Koban, la primera respuesta de los participantes, que sale casi sin pensar y al unísono, es: “subir las notas”.
Fransheska Fontánez, de 14, confiesa que a ella siempre le ha gustado el “vacilón”, pero que, con la disciplina que recibe en Koban, ha aprendido que hay tiempo para todo. “Ahora vacilo cuando tengo que vacilar. Ya me aquieté un poquito... y me animo (al ver a) los demás haciendo las asignaciones”.
Keishlyann Ramos también identifica la mejoría en la escuela como el mayor beneficio, pero para ella el buen desempeño académico ha tenido consecuencias aún más gratificantes que las calificaciones.
“Yo sentía el rechazo de mi familia, y eso me hizo no creer en mí misma y creer lo que ellos querían... Ahora, me dicen que soy una muchacha inteligente”, afirma la quinceañera.