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Editorial

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11 de julio de 2012

Castigo vs delito

San Juan

William Rodríguez

Llegó el momento de "disfrutar" de las opiniones minoritarias, "the usual suspects". He analizado la situación sobre delito versus lo apropiado del castigo desde mi humilde perspectiva y conocimiento. Como todo ser humano que se indigna ante crímenes viciosos, viene a mi mente la pena de muerte como el castigo merecido. Sin embargo, he sido testigo de casos en que el veredicto obtenido en un juicio cuyo castigo conlleva la pena capital, el jurado o juzgador se equivocó a base de la interpretación de los hechos y se ajustició a un inocente. Tal situación la llevaría en mi conciencia por siempre. Esto me ha hecho recapacitar y revaluar mi apoyo a la pena de muerte.

Hay diversidad de opiniones en cuanto a si la pena capital es verdaderamente un disuasivo para reprimir el impulso de asesinar. El delincuente habitual que no tiene posibilidad de reconciliarse con la sociedad ha perdido la capacidad de análisis entre lo que es correcto o no. Su vida es un infierno y muy adentro de su ser, ve la muerte como una solución a la vida azarosa que le ha tocado vivir, pero no tiene la voluntad de cometer un suicidio, entonces, permite que "esa sociedad que lo marginó y lo convirtió en el monstruo que es", disponga de su vida como si con esto le demostrara que esa sociedad que lo ajusticia también es culpable de asesinar sus oportunidades de disfrutar de una vida decente y sujeta a las reglas aceptables de comportamiento.

 Es como decir: "tú eres tan criminal como yo porque soy lo que tu has hecho de mí". Probablemente es una apreciación poética de mi parte, pero considerando que mi propia vida pende de un hilo, aunque por causas muy diferentes, no deja de estremecerme el hecho de quitarle la vida a otro ser humano cuando pienso que todos tenemos un poco de culpa de la conducta criminal del ser humano. Nada que ver con riqueza o pobreza.

Claro, hay situaciones en que nos enfrentamos a la disyuntiva de elegir entre matar o dejarse matar. Esto ocurre con nosotros los combatientes militares y los que se ven de frente con un arma apuntando a su cabeza en medio de un atraco. Obviamente la decisión a tomar es fácil: tu vida o la del que te amenaza.

 Por otro lado, ¿acaso estamos dándole al criminal un castigo suficiente y conmensurado a la gravedad de sus actos al privarlo de la libertad por el resto de su vida? El que está muerto ni siente ni padece y solo se expone a la justicia divina que de todos modos todos estaremos sujetos a ella. El asunto es que el criminal, aun privado de su libertad -tiene como dice la canción ropa, zapato, casa y comida. No tiene obligaciones, no paga renta, utilidades, no responde sino a sí mismo y las consecuencias de su conducta en prisión. Como si fuera poco, tiene derecho a que se le respeten los derechos que él nunca respetó pero que ahora reclama para sí e, irónicamente, cuenta con el voto para elegir a quien tomará decisiones que lo afectarán. 

Esto, en un país donde se puede ganar unas elecciones por un puñado de votos, es más que sorprendente... ¡vergonzoso!. Para completar el hecho de premiarlo con una "perpetua", cuentan con socios que lo apoyarán y velarán por su bienestar:  ACLU, Comisión de Derechos Civiles, Amnistía Internacional, Colegio de Abogados, Madres contra esto o contra lo otro y quién sabe que más. ¿Y el asesinado? Pudriéndose sin poder opinar y dejando atrás una estela de dolor y lágrimas.

Puede que la pena de muerte no solucione el problema de la criminalidad, pero ¿acaso la resuelve la cadena perpetua? La contestación es ¡no! En el pasado una mera sentencia de un mes de cárcel era un disuasivo suficiente como para pensarlo dos veces antes de delinquir. Claro, no estaban encarcelados en un hotel de cinco estrellas ni contaban con un "dossier" de derechos y beneficios a punto de reventar. No creo en el castigo "cruel e inusitado", pero tampoco puedo hacerle la vida fácil a quien no le fue difícil tomar una vida. 

Estamos, pues, ante el paradigma donde, por dondequiera que lo analicemos, llevamos la de perder. Nada es falso, nada es cierto, todo es falso todo es cierto - solo nos queda contar con cerebros que puedan descifrar el mapa de la psiquis humana y como "ajustarla" para el bien de la sociedad y examinar que es "suficiente y necesario" para modificar la conducta del criminal.

 ¿Acaso la respuesta está en un acercamiento desde el punto de vista químico/médico? El tiempo dirá. Mientras, ¡adelante con el nuevo código penal!.

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