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Estilos de vida

Mi bienestar
30 de julio de 2012
 

Causa y efecto

Cada acción ejecutada desencadena consecuencias, la forma correcta de afrontarlas es un proceso que comienza desde la infancia

 

Por Camile Roldán Soto / croldan@elnuevodia.com

La última vez que te equivocaste, ¿reconociste tu error o culpaste a otro? ¿Aceptaste las consecuencias o permitiste que alguien más pagara tu error?

En un mundo imperfecto, es vital que todos aprendamos a asumir responsabilidades. Sin embargo, lo contrario ocurre todos los días en el ambiente de trabajo, la calle y el hogar.

Encender el noticiario es una muestra accesible de cuan arraigada es la tendencia de echar culpas en lugar de ofrecer la merecida disculpa, asumir consecuencias y remediar lo dañado. Es entonces cuando escuchamos ese “yo no fui”, “no es mi culpa”, “llama a Fulano”, “a mí no me vengas con eso”. A veces, hasta las palabras sobran ante el levantamiento de cejas, los labios sellados o los hombros levantados.

¿Qué provoca esa aversión a responsabilizarnos por nuestros actos?

“La responsabilidad es un valor que se debe enseñar en el hogar. Por medio del modelaje de los padres o de figuras significativas para los menores se logra enfatizar en la importancia de ser responsable”, explica la sicóloga clínica Libna Sanjurjo.

A consecuencia, sostiene, aquellos que no aprenden a ser responsables desde temprano tenderán a culpar al ambiente o a otros por el resultado de sus acciones y decisiones, explica.

Incluso sin darnos cuenta podemos sembrar la semilla de la irresponsabilidad en los niños. Así ocurre cuando, por ejemplo, se golpean con una puerta y tu reacción es afirmar: “¡puerta, mala!”.

La realidad es que la puerta siempre estuvo en el mismo sitio y el menor se golpeo porque no estaba pendiente, afirma la sicóloga industrial Yarizel Rodriguez. Por eso propone un acercamiento diferente que consiste de aprovechar momentos así para -dulcemente- hacer consciente al niño de que su deber es estar alerta. Solo entonces aumentará la posibilidad de evitar otro accidente.

Las bases de esa conciencia también se fortalecen desde temprano cuando creamos un ambiente en el cual el menor tiene que asumir las consecuencias de sus actos. Si le dijiste que tenía que limpiar su cuarto antes de ir al cine o que debía comerse la comida para disfrutar de un postre, es preciso que cumplas.

Un menor que aprende que sus acciones pasan sin pena ni gloria y al final logra lo que quiere, con toda probabilidad continúe repitiendo ese patrón en la adultez.

Efecto dominó

Y eso ¿que consecuencias tiene? Además de ser desagradable y pesada, la actitud de no asumir responsabilidad afecta tanto a quien la exhibe como a los que le rodean. Tomemos como ejemplo el ambiente de trabajo.

“Quien no asume responsabilidades impacta a su equipo, aparte de que a nadie le gusta trabajar con alguien así”, comenta Rodríguez,

Aunque la salida más fácil cuando hay problemas es echarle la culpa al otro, hay que tener en cuenta que al hacerlo provocamos actitudes y sentimientos en terceros. Rodríguez destaca que quienes asumen la conducta podrían notar un estancamiento en sus relaciones laborales y sentir que no cuenta con personas de confianza o que le ofrezcan apoyo.

“Cuando somos responsables logramos que los demás nos vean como personas en las cuales se puede confiar. Nos destacamos en nuestros ambientes sociales y nos damos a respetar”, subraya Sanjurjo.

Una actitud contraria logra lo opuesto. Pero además, puede abrumar a los allegados al irresponsable (sea en el ambiente laboral, social o de pareja) pues tiene que asumir tareas adicionales. Esta falta de cumplimiento, a su vez, es potencial fuente de conflictos capaces de afectar la estabilidad económica, familiar, emocional y física del individuo o la familia propia.

“Si no asumimos la responsabilidad de nuestras acciones, otro tendrá que hacerlo, lo que se convierte en un acto de injusticia. Tanto la injusticia como el daño cometido en una persona generan emociones como el coraje, la indignación, resentimiento, entre otras emociones. Este malestar podría ser a su vez el detonante para conflictos futuros en nuestras relaciones interpersonales”, precisa Sanjurjo.

Más que pedir perdón

Puede prestarse a confusiones, pero aunque valioso, disculparnos no es lo único que podemos hacer para demostrar responsabilidad. Se necesita una dosis de humildad para aceptar el error cometido, reconocer nuestras fortalezas y áreas a mejorar. Es importante, además, identificar qué consecuencias hubo para buscar la forma de remediarlas en el mayor grado posible con acciones específicas.

Así las cosas, hacernos responsables es un proceso que nunca se detiene y requiere constante introspección.

“Una persona necesita mirar que cosas está haciendo bien, que cosas está haciendo mal, que cosas le están funcionando y cuales no”, añade Rodríguez.

Mantener esta práctica ofrece gran libertad, coinciden las entrevistadas, pues permite reconocer nuestro poder individual de tomar decisiones y aceptar lo que conlleva cada rol que libremente decidimos asumir.

“De lo contrario, la alternativa es darle poder al tapón, al clima, a los compañeros de trabajo...”, apunta Rodríguez.

¿Se puede aprender?

El que quiere, puede, señalan las sicólogas.

“Necesita voluntad de cambio, aprender a reconocer sus errores, desarrollar humildad, fortalecer su sentido de identidad como ser humano imperfecto, pero con la capacidad de mejorar”, explica Sanjurjo.

También, precisa la doctora, se trata de aprender destrezas para lidiar con las emociones de manera saludable, identificar y definir obligaciones en el contexto que sea (laboral, personal). Tener este panorama claro facilita el compromiso de cumplir con la meta establecida aunque no necesariamente sea lo más cómodo de inmediato.

Más tarde, la recompensa llega al experimentar las mejorías tanto en las relaciones interpersonales como en la vida personal.

Reconócelos

1. No aceptan sus obligaciones y las evitan.

2. Permiten que otros realicen lo que es obligación de ellos.

3. Hacen lo que sienten hacer sin tomar en consideración el impacto de sus decisiones en los demás y en ellos mismos.

4. Le adjudican la culpa a los demás de sus decisiones.

5. No reconocen sus errores.

Fuente: Dra. Libna Sanjurjo, sicóloga clínica (787-587-4130).

Para hablar con quien no asume responsabilidades

•Enfócate en tu propia conducta e identifica cómo la conducta del otro te afecta.

•Comunícate asertivamente. En lugar de decir: “eres un irresponsable” di “cuando no llegas a tiempo me siento...”.

•Utiliza 'y' en lugar de 'pero' al construir las oraciones. Por ejemplo: “no entregaste el trabajo a tiempo y eso afecta el flujo de trabajo”.

•Evita señalar. En otras palabras, enfócate en la conducta que te afecta de la persona y no en la persona. No utilices amenazas.

•Adquiere destrezas para manejar conflictos. Escoge el momento apropiado para hacer el acercamiento en lugar de estallar repentinamente.

•Pregúntale a la persona ¿podemos hablar de esto?. Esta simple oración disminuye la confrontación. Evita que la otra parte reaccione a la defensiva.

•Utiliza un tono amable y ve al punto.

•Fomenta responsabilidad en esa otra persona dándole tareas que pueda realizar, reconociendo y celebrando cuando realice la conducta deseada.

Fuentes: Dra. Libna Sanjurjo, sicóloga clínica y Dra. Yarisel Rodríguez, psicóloga industrial organizacional en H.E.L.P., Inc. (tel: 787-647-8738)

Sobre el tema:

Taller: El Desafío de la Supervisión

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