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30 de enero de 2012
3:52 p.m.
 

Henry Cole y la voz de la batería

Con su primer disco en la calle y con una lista de colaboraciones premiadas, este músico se encuentra en el punto donde convergen experiencia y juventud

 
Henry Cole presentó en diciembre su primer álbum en Puerto Rico. (Alberto Bartolomei/Especial END)

Por Ana Teresa Toro/ ana.toro@elnuevodia.com

Henry Cole toca, se toca y te toca. Porque cuando está sentado frente a su batería verde brillante, toca el tambor, se toca por dentro, toca a quien lo escucha y se deja llevar por el viaje que a fin de cuentas siempre es la música cuando de verdad te habla.

Son las 6:00 p.m. y todavía está ahí el señor que vende helados de coco y parcha en El Morro. Se apaga el sol y van cayendo las chiringas. Por la orilla donde hay más pisadas de gatos que de gente, el músico monta la batería... pedal, tambor, silla, palitos. Hace rato que tenía ganas de tocar así, en un espacio abierto, con tierra en los pies. Al fondo, el agua y de lejos los curiosos.

El 2011 fue un año de mucha cosecha. En diciembre presentó en Puerto Rico su primer álbum, “Roots Before  Branches”; colaboró con Miguel Zenón en el disco “Alma adentro”, que se mantiene favorito entre los críticos y recibió una nominación al Grammy al mejor disco de jazz; figura en el último disco de Calle 13 que acaparó los Grammy Latinos y tras llevar su música  por Europa, Estados Unidos y Japón es considerado -sin temor a exagerar- uno de los mejores bateristas jóvenes a nivel internacional.

Lo más rico de todo fue completar el disco que es un encuentro de amigos, un testimonio de lo mucho que sintoniza con la herencia de Fela Kuti y el afrobeat y una obra musical boricua a lo bravo.

“Es música puertorriqueña, es un disco mestizo como somos nosotros”, dice Cole, cuyo tono de voz te desengaña muy rápido de la imagen de muchacho que se desprende de su físico. Sabe de lo que habla y se nota. A sus 32 años el suyo es el caso de, lo que se dice, un joven veterano.

Actualmente vive en Nueva York, pero nos visita mucho. De hecho, vino en diciembre a presentar el disco en un concierto en La Respuesta. “Había gente de la rumba, de la escena más indie rockanrollera, gente que le gusta el afrobeat, otros que vinieron por la batería, por el saxofón”, cuenta sobre el espíritu de mezcla  que se respira en el disco.

El balance y lo genuino

Que eso suceda en la -a veces- tan hermética escena del jazz no es decir poco. Pero es desde  ese espíritu inclusivo que parte su  propuesta. Si la música comercial o  masiva se asocia con la idea de que se trata de música fácil y digerida, y el jazz se presenta como música de músicos para músicos o de intelectuales que buscan teoría de bajo, piano, saxofón y batería, Cole invita a mirar ambas escenas.

“El músico educado debería exponerse a ese tipo de música, porque hacer música comercial también es un arte. Pero de la misma manera, el músico que toca rock en una banda debería educarse, exponerse, ver cuáles son sus herramientas con la música”, opina el artista que habla suavecito, como en bossa nova, balanceado contraste con los cantazos que le suelta a los tambores.

“Se subestima mucho a los públicos y se les educa mal. Si la gente no recibe algo que les rete, no sube el nivel”, dice quien  está convencido de que el conectar con la gente es una responsabilidad que recae en el artista.

“Los más grandes  sabios te pueden decir todo en tres palabras, aunque te tome todo el tiempo entender qué significan. La manera en que se presentan las cosas es la clave. El don más grande que puede tener un artista es llegar al punto donde lo que presente esté lleno de toda esa sabiduría y educación acumulada, pero que sea fácil, que la gente no sienta que está pasando una prueba de IQ”, elabora.    

De la escena “mainstream” también hay que aprender ese “yo no sé”, ese “qué se yo” que tienen muchos artistas populares que logran conectar con una masa humana. 

“A veces en el jazz se carece del tacto que conecta al público con la  música y hacen que el género no sea tan llamativo o popular. Claro, los grandes artistas de jazz saben eso y hacen la diferencia”, añade Cole, para quien lo que no es interesante es sacrificar el conocimiento o el talento para crear música con la excusa de que sea accesible.

Una vez más, un asunto de balances. Y es que si nos movemos al plano de la pura percepción, para él la música suelta dos grandes energías: la femenina y la masculina.

“Tienes grupos como Los Muñequitos de Matanza o Puya, que te dan una energía muy masculina y de pronto tienes a Radio Head o a Bjork que te dan un aire más femenino y está bien, porque es su lenguaje, pero siento que no todo puede ser una cosa ni la otra. Para mí cuando combinas las dos eso es el equivalente a Stevie Wonder, Led Zeppelin, Jimi Hendrix, Miles Davis, Bob Marley”, describe.

Por esos rumbos también radica la búsqueda de lo genuino. No es que esta o aquella sea buena o mala música, es ver desde dónde se crea: desde el corazón o desde la estrategia de mercadeo.

“Lo genuino es una percepción, una corazonada, un sentimiento que se crea cuando escuchas algo que sientes. A alguien como Polito Huertas tu lo escuchas y sabes que es genuino; entonces vas a un concierto, pagas setenta pesos por ver a Yanni y sabes que no es genuino, es corporativo, es una cosa creada. En artistas pop se da mucho porque los ponen a hacer versiones y colaboraciones en bachata o en reguetón y no funciona porque ese artista no es eso. Ahora, escuchas a Voltio a Tego y sabes que es genuino”, reflexiona.

Eso. Una corazonada.

El niño y el pianito

Antes de todo eso, Henry Cole era un chamaquito mayagüezano que tocaba la marcha nupcial en las bodas en la iglesia de Añasco, tal y como lo hacía su padre. Aprendió de oído a los cuatro años y era el niño del pianito que tocaba en cuanto evento escolar acontecía. Es nieto de ese mítico hombre que fue alcalde de Mayagüez durante décadas, Benjamín Cole. “Le decían el último cacique”, cuenta. Ya de adulto indagó sobre su vida para “henderme mejor”. También hurgó en el pasado de su abuela, que tocaba en los teatros cuando las películas no tenían sonido.

A los 9 años, poco después de que su madre falleciera, entró a la escuela de música luego de escuchar algo de rock. “Oí la batería y supe que ahí estaba toda la energía que quería botar”, recuerda.

Pero no se trataba de una flauta dulce que cuesta diez dólares. Después de llorar como tres años y tras ingresar a una banda con algunos amigos, finalmente le compraron la batería.

“Me mantuve siempre practicando. Era un espacio de libertad, un escape, cualquier cosa que fue, fue positivo”, afirma Cole, para quien tocar la batería es casi como hacer un ejercicio de arqueología interior. “Yo sabía que tenía unos sentimientos dentro y quería volver a encontrarlos tocando”.

“El ruido es la voz de la batería, es la naturaleza del instrumento, es un tambor, es cuero, es ritmo, es tierra, es pulso. Me gusta que se sepa que es duro, que la batería   crezca. Pero también cuando la tocas de una manera más musical, más delicada, la gente lo agradece. Eso sí, no te puedes ir sin tocar duro y rápido”, anota.

Es que la batería tiene un espíritu de rebelde noble, de caricia torpe. Ahí ha encontrado “una libertad disciplinada”. “Puedo jugar con la gente, gritar, hablar bajito, decir mucho, no decir nada. Claro hay una disciplina y es esa disciplina la que te da la libertad”.

*ACLARACIÓN

En la edición impresa de El Nuevo Día del domingo 29 de enero de 2012 se identificó erróneamente en esta entrevista a Benjamín Cole como alcalde de Cabo Rojo. En esta versión se corrige el error y se identifica correctamente como alcalde de Mayagüez.

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