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Columnas

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17 de junio de 2012

Arcano

Por Francisco J. Vacas

Cuando en mi casa (y digo “mi casa” en el sentido de casa paterna, no del habitáculo que uno “okupa” como refugiado a perpetuidad y en la senectud recibe como graciosa dádiva del banco hipotecario), cuando, repito, en ese lugar con límites de la niñez, en ocasiones dispersas se materializaba de la nada aquella golosina inatrapable, a veces suministrada por cuentagotas con toda la liturgia de la excepcionalidad, a veces negada sin explicaciones, solía escuchar esta procelosa frase, que lo convertía a uno en estatua de sal: “Cuando seas padre, comerás huevo”.

De tal forma, mi tierna mente en formación, entreveía que llegar a ser padre era transformarse en el sátrapa que gobierna los favores, y que el huevo debía ser un arcano encerrado en un cascarón, pues no infería yo en que podría consistir el insinuado éxtasis de deglutirlo.

Décadas después, cuando el tiempo ha hecho su obra, cuando la paternidad ha atravesado todos los filtros y los espejos, todos los laberintos y las purificaciones, se da uno cuenta de que sí, de que el niño estaba en lo cierto en sus figuraciones a tientas sobre el padre y el huevo. Que la geología de las civilizaciones ha petrificado el fluido esencial del progenitor, ha cristalizado su esperma genésico, y así petrificado, lo ha convertido en el monolito reverencial de culturas y tribus, de ciudades y religiones, de mercados globalizados y de democracias falócratas.

De ahí, las biblias y los patriarcas con cetro. De ahí que en un principio haya sido el padre, como un tremebundo icono arborescente de cuyas ramas brotan las manzanas del poder y las uvas de la ira. De ahí, pues, que ser padre sea ser autoridad y esclavo, centro y vértice, una geometría imposible, una contradicción en términos, un arcano en forma de huevo. Esta contradicción que no entendemos nos ha vestido con una armadura esplendorosa que sólo es un disfraz, con el que simulamos amargamente lo que no quisiéramos significar. 

En este día de regocijos inflables, de emociones de foam y palmadas en la espalda de la condescendencia, confieso y declaro que, en lo que a mí me toca, he tratado de esquivar este arquetipo inhumano, este estigma indeleble, que jamás he pretendido pavimentar un camino para mis hijos e  inculcarles: “He aquí tu destino”. Que jamás he querido ser otra cosa que aquél que va delante en la espesura y repetidamente vuelve la cabeza para ver si alguno cayó en un hoyo. Porque, después de décadas y purificaciones, he discernido que no es cierto que la vida les llega a los hijos gracias a los padres, sino que gracias a los hijos los padres llegan a la vida.

El autor es periodista.




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