Por Francisco J. Vacas
Cuando en mi casa (y digo “mi casa” en el sentido de
casa paterna, no del habitáculo que uno “okupa” como refugiado a perpetuidad y
en la senectud recibe como graciosa dádiva del banco hipotecario), cuando,
repito, en ese lugar con límites de la niñez, en ocasiones dispersas se
materializaba de la nada aquella golosina inatrapable, a veces suministrada por
cuentagotas con toda la liturgia de la excepcionalidad, a veces negada sin
explicaciones, solía escuchar esta procelosa frase, que lo convertía a uno en
estatua de sal: “Cuando seas padre, comerás huevo”.
De tal forma, mi tierna mente en formación, entreveía que
llegar a ser padre era transformarse en el sátrapa que gobierna los favores, y que el huevo debía ser un arcano
encerrado en un cascarón, pues no infería yo en que podría consistir el
insinuado éxtasis de deglutirlo.
Décadas después, cuando el tiempo ha hecho su obra,
cuando la paternidad ha atravesado todos los filtros y los espejos, todos
los laberintos y las purificaciones, se da uno cuenta de que sí, de que el niño
estaba en lo cierto en sus figuraciones a tientas sobre el padre y el huevo.
Que la geología de las civilizaciones ha petrificado el fluido esencial del
progenitor, ha cristalizado su esperma genésico, y así petrificado, lo ha
convertido en el monolito reverencial de culturas y tribus, de ciudades y
religiones, de mercados globalizados y de democracias falócratas.
De ahí, las biblias y los patriarcas con cetro. De ahí
que en un principio haya sido el padre, como
un tremebundo icono arborescente de cuyas ramas brotan las manzanas del poder y
las uvas de la ira. De ahí, pues, que ser padre sea ser
autoridad y esclavo, centro y vértice, una geometría imposible, una
contradicción en términos, un arcano en forma de huevo. Esta contradicción que
no entendemos nos ha vestido con una armadura esplendorosa
que sólo es un disfraz, con el que simulamos
amargamente lo que no quisiéramos significar.
En este día de regocijos inflables, de emociones de foam
y palmadas en la espalda de la condescendencia, confieso y declaro que, en lo
que a mí me toca, he tratado de esquivar
este arquetipo inhumano, este estigma
indeleble, que jamás he pretendido pavimentar un camino para mis
hijos e inculcarles: “He aquí tu destino”. Que jamás he querido ser otra
cosa que aquél que va delante en la espesura y repetidamente vuelve la
cabeza para ver si alguno cayó en un hoyo. Porque,
después de décadas y purificaciones, he
discernido que no es cierto que la vida les
llega a los hijos gracias a los padres, sino que gracias a los hijos los
padres llegan a la vida.
El
autor es periodista.