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Columnas

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30 de octubre de 2012

Hermano Orlando Cruz

ÁNGEL DARÍO CARRERO





Hace más de veinte años que decidí no ver televisión. Así como lo oyen. Que yo sepa, soy uno de los pocos abstemios de este género. Comprenderán que me pierdo maravillas: como los gestos dibujados por Luisito Vigoreaux mientras profería comentarios homofóbicos contra el boxeador olímpico Orlando Cruz.

Quiero suponer, antes de proseguir, que Vigoreaux es un talento de la televisión puertorriqueña que no vive a costa de su vigoroso apellido y que, por lo tanto, merece ser tomado en serio dentro de su campo de trabajo.

El humor es uno de los lugares favoritos donde solemos albergar los más serios prejuicios y los conflictos irresueltos de nuestra propia personalidad. Hay que estar alertas para no caer estúpidamente en sus jueguitos. El humor verdadero, es consciente y creativo, nunca cede ante lo soez y el prejuicio excluyente.

El comentario discriminatorio en cuestión -no lo repetiremos para no darle más publicidad- no es inteligente ni oportuno, carece de gracia, no entretiene (excepto a los enfermos). ¿Por qué lo dice? Porque conecta con la sombra del animal primitivo que todos llevamos dentro y, así, gana adeptos fáciles, fácilmente. Lo mediocre necesita, por lo general, publicidad barata. Humor facilón. Por el contrario, estimular el nivel más elevado del espíritu humano, requiere creatividad, laboriosidad y ética. Es el difícil arte que busca redimirnos, mediante la risa, del tedio, de cronos, de la utilidad, de la lógica, de lo esperado. Humor serio.

Buena hora para repasar el nivel de responsabilidad -por acción u omisión- de nuestros humoristas o pseudo-humoristas ante la violencia que continúa hermanándonos en la pérdida.

Pregunto de paso: ¿por qué tantos religiosos argumentan válidamente contra ciertas exigencias del mundo homosexual, pero no salen a defenderlos, con la misma vehemencia, cuando amerita? ¿Por qué no se les ve igualmente obsesionados en defender a la persona homosexual frente a la constante agresión y humillación pública? Es un capítulo pendiente de coherencia que les haría ganar en humanidad y en sabiduría espiritual.

Perdónenme el rigor de la letra, pero si el sol, la piedra, el fuego, la luna, las estrellas y hasta el lobo feroz pueden ser llamados, con propiedad, hermanos, ¿por qué no podemos decir con sinceridad de corazón: nuestros hermanos homosexuales?

Me adelanto, con osadía franciscana, a decirte: querido hermano, Orlando Cruz, perdónalo porque no sabe lo que dice.

Confieso que soy más tolerante a la televisión que al boxeo. Pero preferiría asomarme a la próxima pelea del púgil en cuestión a un solo minuto del comentarista en escena, sobre todo después de negarse a pedir disculpas, algo muy propio de la naturaleza del hombre.

El lector intuirá que no fui testigo del último debate. Díganme, ¿me perdí algo? ¿El color de las corbatas de nuestros candidatos? Seamos sinceros: ¿pretende la televisión que un debate haga cambiar de opinión, a la ciudadanía adulta, sobre el real desempeño que ha tenido un gobernante durante cuatro largos años? ¿Una iluminación de último minuto pretende modificar nuestra idea sobre el talante y el talento real del resto de los candidatos?

Esto ya no sería para hacernos reír, sino llorar. Sería como dejarnos guiar colectivamente por otro libreto inexcusable. Si así fuera, auguro que el País entero va a necesitar grandes dosis del caldo de gallina vieja de Doña Irma para recuperarse. Para colmo, no me gustan las sopas.

peregrinoyforastero@gmail.com

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