Miguel Rodríguez Casellas
Fetichizar al pasado de manera selectiva ha sido tema recurrente en la cultura occidental. Desde la infatuación renacentista con la Roma imperial, el medioevo de fábula que afiebró a los románticos, hasta el coqueteo de la moda femenina con la Antigüedad clásica durante la expansión napoleónica, nuevas generaciones han revivido épocas compulsivamente.
Algún vacío llenarán estos préstamos culturales, que van y viene con la moda.
La segunda mitad de los sesenta miró a los años treinta, década a la que también regresarían los tardíos ochenta. La segunda mitad de los setenta, puerta a puerta con los ochenta, viajaría a los cuarenta, y así la cultura “disco” disfrazó al cuerpo de los años de la guerra. Los cincuenta dominaron gran parte de los ochenta. Los setenta a los noventa, y hoy, la primera mitad de los sesenta adelgaza trajes, corbatas y solapas a diestra y siniestra.
No vuelve una nueva generación a un pasado que extraña. De hecho, no regresa, pues nunca estuvo allí, ni vivió el tiempo que hoy re-empaca de vanguardia contemporánea. Esta falsa nostalgia de “hipster”, que no deja de ser escapista, responde a la velocidad del consumo rapaz, explotando por segunda y tercera vez productos olvidados para una nueva audiencia sedienta de significado.
La mayoría de los jóvenes que citan al pasado lo desconocen. El desgarbado modelo mira a la cámara del catálogo de Urban Outfitters sin saberse objeto pornográfico de un hambre ajena a su tiempo. Reproduce la rebeldía sin el coraje, pero con la seriedad del gesto, hueco por demás.
No interesa restituir la novedad contra la mímesis del pasado si el fin es saciar apetitos capitalistas. Comoquiera, dejará de ser una opción reciclar la ropa vieja, que apenas sobrevive al detergente.
Tampoco se vislumbra una aceleración de la demanda, pues como dice la socióloga Saskia Sassen, el capital ha encontrado maneras de reproducirse sin el consumo.
Es decir, que ya no sólo sobra la mano de obra; ahora resulta que sobran los consumidores, y así también sobrará la falsa nostalgia que glamouriza a los muertos.
Sólo quedará el presente, y habrá que mirarlo a los ojos, fijamente.
El autor es profesor en la Escuela de Arquitectura de la Politécnica.