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Columnas

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15 de enero de 2012

La calle al revés

EDGARDO RODRÍGUEZ JULIÁ











En una galería de arte la conserje encuentra un cenicero lleno de colillas y lo bota al zafacón. Las colillas y el cenicero no eran los residuos de la exposición de la noche anterior sino una magnífica obra de arte, “instalación” en este caso, obra maestra valorada en miles de dólares. La conserje, por supuesto, perdió su trabajo.

Quitándole las vestimentas del emperador al arte contemporáneo —lo mierda que es— la señora va a atener a las filas del desempleo. Esta mujer proletaria inadvertidamente nos muestra esa carencia de verdadero oficio en casi todo el arte actual: basta que a alguien se le ocurra una idea, o un “concepto” y, ¡eureka!, se trata de una obra de arte y un artista.

Es por eso que siempre pensé en la música como un antídoto contra el fraude. Primero es necesario dominar el solfeo, luego tener el don innato que llamamos oído, sólo entonces pasar horas frente a una partitura, ensayando ese talento que con el tiempo puede convertirse en destreza, oficio y, quizás, algún día, en genio.

Pero entonces ocurrió que los puertorriqueños inventamos el reguetón y, como siempre, cogimos el atrecho al Puerto Rico lo hace mejor, como ocurrió con el Estado Libre Asociado y ocurre con Calle 13. Somos país a medio hacer y creamos esta horrible música —el reguetón— a mitad de camino entre una predecible y machacona cantaleta y la rabia lumpen. O como decía Orwell en 1984 del “hate music”: “It had a savage barking rhythm which could not exactly be called music, but resembled the beating of a drum”.

La popularidad global de Calle 13 sólo es prueba de que el gusto actual está en el mero “anus mundi”.

Veo en YouTube la Sinfónica Juvenil de Venezuela —proyecto musical del maestro Abreu muy anterior a Chávez— bajo la batuta del genial joven director Gustavo Dudamel, acompañando a Calle 13 en un número que se titula “Latinoamérica”. Y frente a mí se contrasta el difícil camino de muchachos de barriada venezolana que dominaron el solfeo y chamacos frescos de la clase media puertorriqueña, versión Trujillo Alto, que asaltaron la fama de los nueve Grammys latinos. Dudamel dirige con bríos la orquesta juvenil mientras René —que nos sorprende con su inseguridad rítmica— intenta ser el solista de este “concierto” obviamente auspiciado por el autócrata de Chávez y su petróleo —sólo a René le faltó ponerse por el cuello el blin-blin o medallón de la República Bolivariana— en que nuestro reguetonero mayor le hace honor a esa simplista visión de Latinoamérica inaugurada por Eduardo Galeano y sus venas abiertas, y que más o menos puede resumirse así: miren lo que el maligno imperio yanqui nos ha hecho, que nos ha secuestrado hasta las nubes.

Nunca menciona Galeano, por supuesto, que miles de latinoamericanos prefieren el cautiverio en el Norte, en Babilonia, la emigración, a tener que lidiar con dictadores fanfarrones y bocones, la escandalosa distribución de la riqueza, los políticos corruptos, la violencia del narcoestado.

Entre esos latinoamericanos estamos los puertorriqueños. Esa cursilería izquierdizante que pasa por profundidad en el número “Latinoamérica” no sólo ha convencido al jurado de los Grammy sino también a los sabios del Ateneo Puertorriqueño, reforzados ahora, no por Orvil Miller sino por Luis Gutiérrez.

René y Calle 13, quien cuenta entre sus grandes virtudes patrióticas haber insultado a Fortuño e insinuado la afición al dulce de coco por el alcalde Santini, insinuación gratuita sólo superada por el propio Santini cuando acusó a García Padilla de gusto por la pornografía infantil, fue premiado por el Ateneo Puertorriqueño con el galardón Ramón Emeterio Betances, distinción instaurada para celebrar la develación de una estatua del padre de la patria nonata y honrar a Oscar López Rivera.

Oscar López Rivera es el preso político puertorriqueño que más años ha cumplido en cárceles federales. Treinta y dos años ha estado adentro: más que Albizu Campos, Rafael Cancel Miranda, Irving Flores, Lolita Lebrón, Andrés Figueroa Cordero y muchos otros.

Él es quien se merece la medalla Ramón Emeterio Betances y no René con Residente Calle 13. No resulta sorprendente este ventajero halago del Ateneo Puertorriqueño a la notoriedad y celebridad de los nueve Grammys.

Hay una grotesca frivolidad en esto, como si se le hubiese otorgado, después de la Segunda Guerra Mundial, la Legión de Honor francesa a Maurice Chevalier y no a la memoria de los jóvenes fusilados por los nazis en la Place de la Concorde.

Oscar López ha vivido en la cárcel quizás tanto como Betances en el destierro. Verifiquen en Google.

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