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Columnas

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26 de enero de 2013

La construcción de la dignidad

JOSÉ JAIME RIVERA

Como tantas familias puertorriqueñas, la comunidad de la Universidad del Sagrado Corazón ha sufrido, durante los últimos meses, pérdidas desgarradoras y experiencias profundamente dolorosas y lamentables para nuestras familias y para el País, como resultado del clima de violencia que impera en nuestra sociedad.

Comprometidos con nuestra misión institucional, que nos convoca a todos a construir una sociedad puertorriqueña más auténticamente cristiana y una comunidad solidaria en la justicia y en la paz, esta coyuntura histórica para nuestro pueblo no puede ser momento para guardar silencio.

Es por ello que, fieles a nuestra misión y valores, convocamos a los habitantes de esta hermosa tierra borincana a iniciar este 2013 unidos y centrados en nuestras familias y en la comunidad, espacios donde debe imperar la paz y la armonía. Aunemos esfuerzos para hacer un cambio radical en el rumbo que lleva nuestra patria.

No hay razón, ni derecho alguno para privar de la vida a ningún ser humano. Esta máxima de nuestra fe aplica tanto a los individuos como al Estado. Debemos sentirnos todos convocados a transformar vigorosamente nuestra vida colectiva para que la convivencia esté menos marcada por la muerte y la violencia, y honre cada vez más la celebración y la dignidad de la vida, así como la capacidad creativa y no destructiva del ser humano.

Para que esto sea posible, sin embargo, todos debemos sentirnos llamados a aportar seriamente, con palabras y con actos, a la construcción de un proyecto de País en el que se trabaje responsablemente con la salud mental de nuestra población y se trabaje también para que nadie elija la violencia como instrumento para enfrentar diferencias o para desquitarse al haber sido violentado en sus posibilidades.

Las injusticias, la marginación, el maltrato, la desigualdad y el desprecio al ser humano, junto con la corrupción y el abuso del poder, son tristemente, prácticas cotidianas en muchas de nuestras familias, comunidades, instituciones y ciudades, todo lo cual tenemos que proponernos firmemente erradicar de nuestra vida colectiva. Y, para esto, tenemos que reconocer, sin temores, la complejidad de los problemas sociales que nos aquejan. No nos ayuda en nada la simplificación pueril de temas complejos. Esto sólo nos lleva a producir soluciones insuficientes, inadecuadas que suelen agravar los problemas.

Desde la Universidad del Sagrado Corazón, expresamos nuestro afecto y solidaridad a quienes han perdido de manera trágica a seres queridos a lo largo de estos años. Hacemos a todos un llamado a ser parte de una gestión que nos permita definir y articular respuestas efectivas y, así, iniciar la construcción de un país diferente.

La función del ciudadano en una sociedad que aspira a ser democrática y buscar el bien común y la justicia, va más allá de votar en elecciones o desfilar en marchas, por importantes y necesarias que sean ambas acciones. El próximo paso es la participación activa en las iniciativas que implementen soluciones, por parciales que sean. Todo ciudadano debe seleccionar dónde se siente capaz de aportar soluciones e identificar la población a la que quiere brindar su sentido solidario: niños, adolescentes, adultos, tercera edad, deambulantes, desempleados, confinados, exconfinados, madres solteras, enfermos, personas con impedimentos, víctimas de prejuicios, en fin, aquel grupo al que queramos dedicar nuestro afecto y solidaridad. El Estado no tiene, ni tendrá los recursos, o el peritaje para atender todo lo que nos aflige. De hecho, una dependencia excesiva en el Estado invita a que se desarrollen y entronicen estilos autoritarios o paternalistas que solo forjarán dependencia y corrupción.

No hay duda de que el futuro de la sociedad y de nuestro sistema democrático está ligado al futuro de la educación escolar, postsecundaria técnica y universitaria. Poseemos la capacidad para ofrecer a las nuevas generaciones la oportunidad de conocer y aplicar los saberes del pasado y de los nuevos hallazgos del presente para, creativa y responsablemente, construir puentes de solidaridad.

La universidad tiene, hoy más que nunca, la obligación de educar para vivir en armonía; para vivir y para aportar sus talentos al involucrarse en la vida social y enfrentar los retos de una democracia que se nos presenta cada vez más desgastada y deformada. Sólo la gestión de cada ciudadano comprometido y apoyado por la máxima educación que pueda alcanzar, puede reformarla y dignificarla.

A pesar de las nubes tan densas que vemos a nuestro alrededor, a pesar de un sin fin de situaciones que nos tocan de cerca hoy, no olvidemos que en la historia de la humanidad no hemos vivido un momento o una era donde hayamos tenido tantas posibilidades para hacer y para transformar nuestro entorno como el actual.

Para ejercer el rol ciudadano, como paso a la reconstrucción nacional, debemos asumir la responsabilidad de ser educadores de responsabilidad solidaria en nuestros hogares, comunidades, centros de trabajo y organizaciones a las que cada cual pertenece. Para forjar, vivir y modelar conducta que construya una sociedad justa y digna, hay que educar en las responsabilidades y los derechos, en la naturaleza de la convivencia y en la interdependencia que nos hace personas.

Muchos grupos y comunidades lo vienen haciendo. Unámonos. Todavía hay tiempo y no estamos solos. Que el miedo, la rabia y la tristeza se transformen en voluntad creadora y deseos de un renacer de esperanza.

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