Sergio C. Gutiérrez Negrón
Hace algún tiempo, en un juego de los Atlanta Braves conocí a Zeta (llamémoslo así), puertorriqueño. Yo iba acompañado por otro paisano, de Aibonito (el que escribe esto es de Caguas); Zeta, descubriríamos luego, de Washington Heights. Lo que lo identificó a lo lejos, e hizo que Aibonito lo alcanzase y le ofreciese asiento a nuestro lado, fue una bandera que blandió de la nada: tres rayas rojas, un triángulo azul celeste, etcétera.
No me acuerdo por qué, pero la situación me pareció inoportuna (creo que no quería compartir mis maníes en ese momento). Lo que sí recuerdo fue la destreza de Zeta, “second-generation puertorican”, para opinar de la situación política de la isla con un ahínco para mí impensable.
Me tomó rato percatarme de que la isla de la que hablaba comenzaba con mayúscula, y era más un cúmulo de situaciones teóricas, recibidas a través de mecanismos de memoria profunda (ésa que se hereda) e información adquirida por Internet, periódicos y Facebook. Zeta visitaba la isla concreta en los inviernos. Se quedaba muy cerca de donde mi familia, en el Caguas recóndito, y no salía de allí, me informó, con alegría: trullas, décimas y lechón asado. No obstante, el encuentro me dejó pensando en qué sucederá cuando más puertorriqueños americanos, allegados a puestos influyentes, quieran tender puentes entre la Isla con mayúscula y la isla-isla.
Dicho y hecho: algún tiempo después surgieron las intervenciones del representante del cuarto distrito de Illinois, Luis Gutiérrez. Descartando sus cuestionables motivaciones, tendríamos que hacer la pregunta de por qué le incomodó a tantas personas la repentina aparición; de por qué se cuestionó tanto y se sacó a colación que “no era de aquí”, si al mismo tiempo somos tan propensos a emocionarnos con la mera mención en la prensa americana, de apropiarnos de Marc Anthony, J-Lo y compañía; si, desde hace mucho, los municipios flotantes no son sólo Vieques y Culebra.
Un tipo se robó la base y llegué a la conclusión de que es inevitable que llegue el momento de que los hijos de Zeta se afanen a la construcción de puentes. ¿Cómo dialogaremos entonces, cuando no sea uno, buscando bulla, sino muchos, sinceramente interesados? Entretanto, aquel día terminó como temí: una bolsa de maníes vacía por mano ajena y los Bravos, predeciblemente, vencidos.

El individuo lo disfruta como si se tratara de un juego. Mira el vídeo