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Columnas

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26 de enero de 2013

Que cuatro años no es nada

CARMEN DOLORES HERNÁNDEZ

Si veinte años no son nada, como dice el tango, ¿cuánto menos serán cuatro? Ése es el escaso tiempo que tiene esta Administración para una tarea titánica: darle la vuelta a la bancarrota moral y material en que se encuentra este pueblo.

Irreconocible ya en la violencia cotidiana, en la falta de espíritu de trabajo, en la inhabilidad de vivir en comunidad, los puertorriqueños tendríamos que hacer un esfuerzo sobrehumano para recuperar un espíritu de laboriosidad, respeto y responsabilidad. Hacer dinero fácil -y gastarlo de igual manera- se ha convertido en el único norte de un número alarmante de compatriotas, mientras que la única salida para muchos de los más educados está en marcharse de la Isla.

Toda nueva administración empieza con un reto; ésta se enfrenta a un cataclismo. En la eficacia de su gestión nos va nuestra supervivencia como sociedad civilizada y culta. “El éxito de este gobierno”, me dijo un economista político, “será nuestro éxito. Su fracaso sería nuestro fracaso”.

Para superar nuestra situación actual necesitamos luchar unidos por el país. Es difícil vislumbrar la posibilidad de que, en el actual clima de bipartidismo encarnizado, eso suceda y, sin embargo, resultaría imprescindible. ¿De qué le sirve a cualquier puertorriqueño, no importa su ideología, un pueblo desmoralizado, servilmente dependiente, dividido y anárquico? ¿Un “ghetto” que vive al margen de la ley, el orden y la esperanza?

Pero si bien resulta necesaria la colaboración de los contrarios -que puede incluir una disidencia honrada- aún más necesaria es la colaboración de los correligionarios. No está, en este momento, el horno para panes ni la situación política propicia para entablar luchas internas desgastadoras que debieron haberse dilucidado antes de las elecciones. El espectáculo con que los legisladores de la mayoría iniciaron el cuatrienio -titubeando respecto al cumplimiento de las promesas de campaña relativas a la Legislatura- fue descorazonador. Confirmó, de entrada, lo que muchos sienten: unos y otros, aunque de diferente color, actúan de igual manera. Unos y otros sólo buscan en la política su propio provecho y el de los suyos.

Si de nuevo tenemos una Legislatura más atenta a sus propias prerrogativas y privilegios, soslayando el bien del país, podemos despedirnos de cualquier esperanza de mejoría. El debate sobre el legislador ciudadano vs. el legislador a tiempo completo ya se dio. Si se pasó de lo primero a lo segundo sólo para caer en algo peor, se impone ahora regresar a lo menos malo, instaurando las salvaguardas necesarias.

Todos estamos hartos de una legislatura conformada por personas arrogantes, insensatas y codiciosas que viven -y trabajan- como reyes mientras que el resto del país tiene que sacrificarse para mantener su nivel de vida. Estamos hartos de que -con todos sus ayudantes y asesores- produzcan leyes demagógicas diseñadas, en último término, para ganar votos y de que se tiren la toalla constantemente unos a otros.

Es hora de que se oiga el clamor del país. Sacar del poder a la administración pasada fue sólo el comienzo de una lucha que debe continuar. Mientras el privilegio esté institucionalizado en una Legislatura mediocre y aprovechada será muy difícil -imposible- acabar con el clima de desmoralización que vive el país. El Gobierno debe ser espejo de honradez y laboriosidad para los gobernados, que se miran en él buscando pautas para su propia conducta. La esperanza que trajo el cambio de gobierno no debe verse frustrada por las ambiciones de poder y lucro de quienes están llamados al sacrificio personal en aras del pueblo que gobiernan. Tendrían que poner manos a la obra, inmediata y transparentemente, sin tapujos y ni titubeos que todos consideramos como maniobras para sacar ventajas.

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