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Columnas

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3 de abril de 2012

Reflexiones de Semana Santa

LUIS G. FORTUÑO

Esta semana conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Para los cristianos, la Semana Santa resume el misterio de la redención divina del género humano. La liturgia de la semana está enmarcada en la conmemoración de tres eventos principales: la aclamación de Jesús a su entrada en Jerusalén -que celebramos este pasado Domingo de Ramos- la Pasión y Muerte de Jesús -que celebramos desde el jueves en la noche, pero, sobre todo, el Viernes Santo- y la Resurrección, que celebraremos este próximo Domingo de Pascua.

Esta conmemoración nos invita a todos -incluso a los no cristianos- a profundas reflexiones sobre el sentido de nuestra vida y de cómo debemos vivirla. Y en esa reflexión, Jesús se presenta como el ejemplo por excelencia.

Todos tenemos una misión en la vida. Como madre o padre, como hijo o hija, tía, abuelo, trabajador, estudiante, profesional, ministro, líder comunitaria… lo que sea. Cada uno puede tener una misión distinta en la vida, pero el denominador común es que todos estamos llamados a cumplirla haciendo el bien a los demás y respetando nuestros valores. Jesús llevó a cabo su misión y nos invita a que nosotros hagamos lo mismo.

Tenemos que perseverar y llevar a cabo nuestra misión a pesar de las adversidades. A veces nos cansamos, nos desanimamos, nos desilusionamos ante la crítica de los demás. Pero Jesús nos enseña que tenemos que sobreponernos a las adversidades y seguir adelante. A veces aquellos a quienes más amamos no entienden, nos hieren o nos traicionan. Eso le pasó a Jesús: el Domingo de Ramos lo aclamaron y el Viernes Santo le crucificaron. Pero, ¿qué hizo Él? Perdonó a todos y siguió adelante con su misión. Jesús nos invita a que nosotros hagamos lo mismo.

Finalmente, si cumplimos nuestra misión obtendremos nuestra recompensa. Jesús cumplió su misión y con su Resurrección el Domingo de Pascua logró redimirnos a todos para la vida eterna.

El buen padre y la buena madre que cumplen su misión de educar bien a sus hijos reciben su recompensa cuando ven a esos hijos e hijas convertirse en hombres y mujeres de bien.

El buen estudiante recibe su recompensa cuando sale bien en sus estudios y echa adelante.

El buen trabajador recibe su recompensa no sólo con su jornal semanal sino con la contribución que hace a diario hacia a sus compañeros y en su lugar de trabajo.

El ministro o la líder comunitaria que cumplen su misión reciben su recompensa en la contribución que hacen a que todos vivamos en una mejor sociedad.

Todos, cristianos y no cristianos, bien sea en el templo o compartiendo en familia, podemos y debemos sacarle provecho a estas enseñanzas que hace dos mil años Jesús nos dejó de manera tan amorosa y sacrificada aquella primera Semana Santa.

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